jueves, 22 de abril de 2021

EL GATO NEGRO

 

El gato negro

E.A.P


No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: “¡Incendio!” Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras “¡extraño!, ¡curioso!” y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra…, ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: “Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano”.

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida… (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes… ¿ya se marchan ustedes, caballeros?… tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!


“The Black Cat”

Mi Raza Magazine, Estados Unidos 2016

domingo, 28 de febrero de 2021

YO CONOCÍ EN PERSONA AL ASESINO

 

YO CONOCÍ EN PERSONA AL ASESINO

 


 

     ¿No sabes quién fue ese hombre? −Preguntó la mujer gorda, insidiosa, chismosa, revoltosa… en fin, esa mujer, que ha sido uno de los peores seres humanos que he conocido. Y en cuanto al hombre, no. No sabía de quién se trataba.
     Quizá fue esa, una noche común. Nada extraordinario. Al menos para mí: clientes interesados únicamente en el placer sexual y una tremenda borrachera. Otros, los menos, apantallados por el glamour del lugar, las mujeres, y dispuestos a admirar las tremendas producciones artísticas. Ha quedado para la historia, incluso en documentales, que aquellas producciones tenían parangón con los espectáculos que se presentaban en Las Vegas. Y bien, yo nunca he ido a Las Vegas, y no tengo interés en ir. Pero por supuesto que sí creo en eso de que, aquellos espectáculos de cabaret, eran equiparables a algún show de Las Vegas.
     Yo, nunca produje nada así, pero participé. Obviamente, cuando han hecho referencia a Las Vegas, se habrán referido exclusivamente a la producción y no a las artistas coristas. Ahí sí, participábamos de distintas clases: con algunos kilos de más y yo, con muchos kilos menos, y eran menos porque los cánones establecidos de los años 80’s, señalaban que, la escualidez no era considerada belleza, muy diferente a los tiempos de hoy. Pero ahí estábamos, con las espalderas, los tocados, las capas, y todo eso forrado con cristales cortados, adoquinado de plumas de avestruz, marabú, pavo real y gallo. La mayoría de las vedetes, iban a Las Vegas a comprar el vestuario, de segunda mano, de cualquier producción que finalizara su temporada en Las Vegas.
     Aquella mujer gorda de quien no guardo buenos recuerdos, tuvo un cuerpo impresionante, bello y escultural en su juventud, y en sus inicios, tuvo que ser corista y también usó esos atavíos de segunda mano de los shows concluídos de algún lugar de Las Vegas. Algo sucedió después, su cuerpo cambió y no le afectó en su trabajo. Dijeron, había construido un buen nombre artístico, era buena cantante, la mejor, sin duda. Se desempeñaba como maestra de ceremonias, era comediante, y ya dije, un ser bastante ruin y cruel. Era tal la inquina de algunos que, cuando querían ofender a alguien, solo tenían que decir
    ¡Zaida Castillón, eres una Zaida Castillón!
     Y eso, era suficiente para que la afrenta fuera grande. Quizá hoy, que ese personaje o persona, ya murió, habrá quién guarde silencio, o simplemente, sus contemporáneos ya no existan tampoco, o quién sabe qué. He visto el nombre de ésta persona en algunas telenovelas, la he visto en películas viejas, y hasta en programas de revista del pasado. Y bien, esa persona sabía mucho más que yo, porque insistía
     −¿Realmente no sabes quién fue ese señor?
     Y yo no sabía de quién se trataba, y ni de qué, y no entendía por qué Zaida estaba verde de rabia. Esa mujer siempre tenía hambre, y, yo también. La gran diferencia es que ella sí comía, comía todo el tiempo, y yo no. No me alcanzaba el dinero para eso. Fui tonta, pero siempre le di prioridad a mi carrera que, como estaba iniciando, le ponía toda mi atención, mi esfuerzo y dinero. La comida después, y eso, me tenía en un estado patético. Estaba famélica y por lo mismo, cuando un mesero puso su brazo para que yo enganchara el mío, me dejé llevar como un cordero al matadero.
     − A ver si no amaneces muerta, chaparrita, pero el señor Cárdenas me pidió que te llevara con él.
     Pensé que se trataba de un cliente muy exclusivo. El mesero mencionó su nombre y eso, no era la costumbre. Tampoco era mi costumbre ir a donde los clientes me llamaban. Tampoco diré que eso sucediera muy a menudo, que los clientes me llamaran, pero si sucedía, no iba. Nunca me gustó eso, y no por presumir de decente ni nada por el estilo, no me gustaba. Me aburría horrores responder las mismas preguntas, hacer una plática a gritos, porque, la música de la orquesta seguía sonando, las compañeras cantando, o bailando, y en aquella espesa nube de nicotina haciendo vida social, y yo, tan intolerante al alcohol, a los borrachos, a las putas… ¡Huy no!
     Pero aquella vez, no entiendo qué pasó. Ni siquiera llegamos hasta la mesa del cliente el mesero y yo. El señor Cárdenas esperó en un pasillo. Le pidió al mesero que esperara, para que, me acompañara de nuevo, de regreso del lugar donde me trajo.
     Tenía varios billetes en la mano, y los puso en la mía, y me cerro el puño.
     − Este lugar no la merece niña, prométame que buscará algo mejor.
     − ¡Claro! – Le respondí con celeridad. – Este no es mi ambiente, pero sí es mi carrera.
     El mesero dijo
     − Es de lo mejor que tenemos, no tiene idea de cuánto la queremos aquí ¿Verdad?
     Y todos estábamos de buenas esa noche, por lo que dijo ese mesero, y porque yo asentí a la estupidez que dijo y le sonreí, sin más. Era uno de los meseros más jóvenes del equipo, no era un tipo vulgar que me cayera demasiado mal. Era guapo, sí, pero no me interesaba, y él, era tan petulante como yo. Alguna vez me dijo que, a él no le interesaban las mujerzuelas que trabajaban de noche, que él tenía una novia, una señorita de su casa, hija de familia…
     − ¡Hija de la chingada! – Gritó una compañera ebria de ira por lo que escuchó. Yo, me desternillé de risa, y me desembaracé de aquel asunto. Es que, yo era muy presumida, a mí, tampoco me interesaban esos tipejos que, más que meseros, eran rateros que, a la mínima oportunidad, robaban a los clientes que ya intoxicados por tanto alcoholes, no sabían ni de sus vidas mismas.
     Y todo cuadró aquella noche de la presencia del señor Cárdenas, elegantemente vestido, perfumado, con sus lentes y un bigote muy bien aliñado. Era Zaida la que lo miraba con insistencia, y el señor, le brindó una inclinación de cabeza en señal de respeto, y ella le dijo
     − Cómo está usted, señor, don Goyo Cárdenas.
     El mesero entonces se puso como nervioso, del brazo me conducía a mi camerino y Zaida, atrás de mí.
     La inquietud de estas dos personas, era, la de saber cuánto dinero me había regalado el señor, y qué me había dicho. El mesero siguió lleno de esperanza porque el tal Goyo Cárdenas no se fue, siguió en el establecimiento, con un par de amigos quizá, pero hubo quien dijo que, probablemente eran gente de su equipo de seguridad. Tanto Zaida como el mesero, esperaron en vano, porque el señor, no repartió más dinero a nadie. Estuvo acaso media hora más, pagó su cuenta y se marchó con sus acompañantes.
     Zaida rio a carcajadas cuando le pregunté si se trataba de algún político, y como si hubiese sido un zarpazo, con sus garras, en un santiamén, me quitó el rollo de billetes que tenía yo en la mano. Los barajó y dijo:
     − ¿Qué cenamos? Yo voy a ordenar medio pollo a la parrilla ¿Y tú?
      Chillé y pataleé de rabia. Yo no tenía hambre. Hacía un rato me había comido unas empanadas de chicharrón, que sabrá el buen Dios quién me las invitó. No iba a quitarme lo mío de nuevo. Todo el tiempo, cuando alguien me invitaba cosas de comer, entraba Zaida y me quitaba el plato con comida. Esta vez yo no quería que me quitara el dinero, como solía quitarme muchas cosas, esta vez, no estaba dispuesta a permitírselo. Siempre le tuve tanto miedo, porque era mala, era una mujer muy mala… El gerente se percató de lo sucedido e intervino. Zaida me devolvió el dinero no sin antes lanzarme sus amenazas de siempre. Y quizá las cumplió, no me acuerdo, lo que sí me acuerdo, es que, finalmente supe de quién se trataba ese hombre que, ante el resto de la clientela, las artistas, y el personal, pasó desapercibido. Lo supe, dos o tres días después. Era domingo, y con el dinero que generosamente me dio ese señor, me compré un coctel de camarones y ordené un filete sol. (filete de pescado capeado con huevo). Y me enteré que, Gregorio Cárdenas, más conocido como Goyo Cárdenas o el estrangulador de Tacuba, asesinó a cuatro mujeres menores de edad, entre agosto y septiembre de 1942. Sus víctimas fueron, una compañera de la carrera de ciencias químicas y tres prostitutas. Las prostitutas, primero tuvo relaciones sexuales y después, las ahorcó y enterró en el jardín de su casa. La que fue su compañera de estudios, la señorita Graciela Arias, tras asesinarla, estuvo violando el cuerpo en repetidas ocasiones, para luego, enterrarla también. Por este acto, fue señalado como necrófilo.
     No obstante, su calidad de asesino serial, fue indultado por el presidente Luis Echeverría Álvarez en 1976, y esto se dio porque, aparte de haberle encontrado un coeficiente intelectual elevado, se dijo que, era él, un ejemplo vivo de la readaptación social, porque durante su estancia en prisión, se aprendió el código penal y fue defensor de otros reos, que, como él, estuvieron en el llamado Palacio Negro de Lecumberri. Este lugar, ya no opera como prisión, pero, hay muchas historias, negras, profundamente negras de ese lugar.
     A pesar de lo miedosa que soy, no sentí temor al recordar la voz suave de éste señor, que fuera ovacionado de pie en la Cámara de Diputados, a petición del presidente en turno, para la indignación de tantos, incluso para mí, si me hubiese enterado en el momento que sucedió, pero eso, había acontecido quizá cinco años atrás de cuando lo vi en persona, y ni siquiera sabía que se trataba de una especie de personalidad. Este señor, quiso hacerme un espléndido regalo porque dijo que le había encantado mi forma de cantar, y por ello dijo «Éste lugar no la merece». Y de eso no sé si tuvo razón, pero me dijo algunas otras cosas como, que debía cuidarme, debía cuidarme mucho… Y vaya que sí debí hacerlo. Pasaron algunos meses y fui ultrajada sexualmente por un mesero.
     Con el paso del tiempo, se van creando mitos y leyendas alrededor de personas como éste Goyo Cárdenas, pero fue un asesino confeso, con severos problemas psiquiátricos. Se ha dicho, que padeció una encefalitis aguda a una temprana edad, y como consecuencia, le quedó una enfermedad llamada enuresis, y que, es probable que, debido a la falta de control de sus esfínteres, alguna prostituta se burló de él, al defecar mientras tenía sexo con ella, lo que lo llevó a asesinarla. Pero, nada justifica a un homicida de este calibre.
Y cuando digo que no tuve miedo de saber de este personaje, es que no lo tuve, pero la que habría mostrado incontinencia urinaria por horror, habría sido yo, si lo hubiese visto de nuevo en el cabaret donde cantaba. Por fortuna, yo, no volví a verlo en persona jamás, y no lo veré, porque Gregorio Cárdenas, falleció en la ciudad de Los Ángeles el 2 de agosto de 1999.
 
 
 
 
 
 

lunes, 22 de febrero de 2021

SIN VOLUNTAD NI INSPIRACIÓN

 SIN VOLUNTAD NI INSPIRACIÓN

Encendió su cigarro un martes, y lo apagó de inmediato. Usaría esa mano para sostener la pluma en vez del pitillo... fumaría, sí, hasta que le abrazara ese duende que le inspirase un final contundente a su escrito... y así sucedieron muchas semanas llenas de "martes" que, sumaron meses y poco más de un par de años, y no encontró cómo rematar ese relato que tituló: "Cómo hice para dejar de fumar".

domingo, 21 de febrero de 2021

Y la fragancia de juventud

      A duraznos maduros, le hacía creer que olía la belleza de una mujer joven -decían que bella- y que se decidió ser puta, por puro rencor y en venganza contra su familia, aunque esa venganza, se reviró en su contra, y se le pudrieron el alma y el cuerpo... bueno, esa  es otra historia; me acordé tan solo por el aroma de duraznos maduros... ¡Flores frescas! Un aire con hálito cítrico, o no sé qué, siempre me gustaron los perfumes. No cualquiera, pero, definitivamente, sí, un accesorio más al atavío, como un par de zarcillos bonitos, un collar, una diadema ¡y el perfume!

     En mi adolescencia, me era imposible adquirir uno para mí, en exclusiva... Después, algunos años después, sí. Como si fuese una coleccionista... y más tarde, selectiva. Los más clásicos. Siempre florales y cítricos. Nunca dulces o cargados de especias. Para relajar, hasta una lavanda clásica, o naranjos en flor y jazmines... y el aroma de la juventud, aún que ésta se haya escabullido en el tic tac de un tiempo desapercibido, no valorado, y se fué. Se perdió por un babélico camino polvoriento, donde en alguna estación a manera de oasis, emergían olores de comida grasosa, de carne de reptil asada, y agua vieja que no disipaba la sed. Se fue perdiendo, como lo vívido de un color se va muriendo con la luz de sol, como, sin darse cuenta, se va extinguiendo la fuerza de la mirada, y la opacidad nos hace fruncir los ojos.

     Cuando los tiempos de los caminos áridos y polvosos, el aroma que desprendía era amor, lo creo total y absolutamente. Aunque lo llegué a combinar con algo que sonaba a jardines del Caribe, aunque -por estar atada al amor- no me hube ocupado de conocer el Caribe. Encontraba placentero el olor del sudor, combinado con la brisa de las palmeras doradas por el calor, ese calor que, no afectaba mi talante... era feliz.

     Y cuando el tiempo hizo exangüe la mirada, ya vivía yo en una pequeña cajita blanca. Yo la he visto blanca por dentro, por fuera, no sé de color es... pero dentro, está llena de cosas asfixiantes, por lo abigarrado de tantas de esas cosas ¡son hermosas! Pero son tantas... ¡Oh por Dios! ¡Son tan hermosas! ¿Ya había dicho que eran hermosas? ¡Lo son! Pero son muchas... Demasiadas, pero es que también ha sido el tiempo. Como la vida se trata de colección de instantes, la cajita, tiene una colección inmensa, pero, bueno, sí se puede respirar... hoy, que son los tiempos en que todos apreciamos mucho eso de respirar... respirar profundo... ¡respirar!

    Y al aspirar, qué mejor que nos agarre por la nariz algo que, nos haga viajar al paraíso de nuestros sueños, al pasado repleto de añoranzas... pero sin sufrir... 

     Es quizá un buqué de flores, un aire de primavera, o no se qué es, pero la fragancia que me era imposible adquirir para mí, en mi adolescencia, hoy, es una baratija para muchos... lo importante es que, ha sido posible tenerla porque aún existe, debiera ser un clásico... Por fortuna no lo es y por ello, el precio es bajo... Escuché decir: "cuando pasó frente a mí, he sentido un hálito primaveral, y hasta escuché el trino de unos pájaros silvestres". 

     Cosquillas en el corazón, caricias al alma, eso es lo hace sentir el perfume de mi juventud, la que se ha escabullido en el tic tac de un tiempo desapercibido, no valorado. Se fue... 

sábado, 30 de enero de 2021

Primera parte (BC)

 .. Y ENTONCES, coléricos, nos desposeyeron, nos arrebataron lo que habíamos

atesorado: la palabra, que es el arca de la memoria. Desde aquellos días arden y se

consumen con el leño en la hoguera. Sube el humo en el viento y se deshace. Queda

la ceniza sin rostro. Para que puedas venir tú y el que es menor que tú y les baste un

soplo, solamente un soplo...

—No me cuentes ese cuento, nana.

—¿Acaso hablaba contigo? ¿Acaso se habla con los granos de anís?

No soy un grano de anís. Soy una niña y tengo sie te años. Los cinco dedos de la

mano derecha y dos de la izquierda. Y cuando me yergo puedo mirar de frente las

rodillas de mi padre. Más arriba no. Me imagino que sigue creciendo como un gran

árbol y que en su rama más alta está agazapado un tigre di minuto. Mi madre es

diferente. Sobre su pelo —tan negro, tan espeso, tan crespo— pasan los pájaros y les

gusta y se quedan. Me lo imagino nada más. Nun ca lo he visto. Miro lo que está a mi

nivel. Ciertos arbustos con las hojas carcomidas por los insectos; los pupitres

manchados de tinta; mi hermano. Y a mi hermano lo miro de arriba abajo. Porque

nació des pués de mí y, cuando nació, yo ya sabía muchas cosas que ahora le explico

minuciosamente. Por ejemplo ésta:

Colón descubrió la América.

Mario se queda viéndome como s¡ el mérito no me correspondiera y alza los

hombros con gesto de indi ferencia. La rabia me sofoca. Una vez más cae sobre mí

todo el peso de la injusticia.

—No te muevas tanto, niña. No puedo terminar de peinarte.

¿Sabe mi nana que la odio cuando me peina? No lo sabe. No sabe nada. Es india,

está descalza y no usa ninguna ropa debajo de la tela azul del tzec. No le da

vergüenza. Dice que la tierra no tiene ojos.

—Ya estás lista. Ahora el desayuno.

Pero si comer es horrible. Ante mí el plato mirán dome fijamente sin parpadear.

Luego la gran exten sión de la mesa. Y después... no sé. Me da miedo que del otro lado

haya un espejo.

—Acaba de beber la leche.

Todas las tardes, a las cinco, pasa haciendo sonar su esquila de estaño una vaca

suiza. (Le he explicado a Mario que suiza quiere decir gorda.) El dueño la lleva atada a

un cordelito, y en las esquinas se detie ne y la ordeña. Las criadas salen de las casas y

compran un vaso. Y los niños malcriados, como yo, ha cemos muecas y la tiramos

sobre el mantel.

—Te va a castigar Dios por el desperdicio —afir ma la nana.

—Quiero tomar café. Como tú. Como todos.

—Te vas a volver india.

Su amenaza me sobrecoge. Desde mañana la leche no se derramará

viernes, 8 de enero de 2021

INFIDENCIA ASESINA 1

 Tu traición, yo la llevo aquí en mi pecho, la llevo dentro de mi alma, dentro de mi corazón. Yo no sé, como pude resignarme, como pude yo aguantarme, lo que tú me hiciste a mí... Cornelio Reina. 

... Y ahora me dan risa aquellas que, se desgarran las vestiduras, cuando su pareja sentimental se echó "una canita al aire". Y ya quieren todo el show del abogado y el juicio y toda esa parafernalia, nada más porque han visto que eso, lo hacen los famosos. 

     Pero de no ser así entre famosos, lo clásico, lo ordinario, lo común pues, es que el uno hable del otro y se magnifiquen los defectos -que quizá en la reverberación de la borrachera amorosa- eran virtudes. Y me siguen dando risa, que con dos o tres gritos, la generación cristal, brinca, grita, aulla, pelea y rompe las promesas... Qué decir votos, ya casi nadie hace esos votos... Y es que, nadie dijo que el matrimonio era fácil.

    Hay que ceder en mucho, uno, viviendo solo, tiene sus costumbres, sus manías y, por amor (o soledad) aparentemente estás dispuesto a romper los antiguos hábitos.

     Una infidelidad, obvio, si es de parte del varón hacia una mujer, lo común, lo ordinario, es que se pasa por alto, y que "caquitas" aquellas que, simplemente no. Y no creo que sea amor propio ni nada de eso, ya dije, que son los tiempos de generación cristal, donde los amigos ya son "les amigues" por aquello de la inclusión y el exceso de tolerancia... Tolerancia ? No. Si hubiese tolerancia, no querrán pasar por alto la "canita al aire"

jueves, 7 de enero de 2021

Que quién soy ?

 ... Qué quién soy ? No lo sé... Lo que sí sé, es que fui la hija de la reina de los mares. Escúchame Rosario, hoy homogenizada con lo inmortal e inconcebible Universo, hoy, hecha toda energía y flotando en el mundillo de las letras y la cultura. Quizá no te conozcan las féminas feministas, estúpidas, ignorantes y violentas que, destruyen muchas cosas valiosas de nuestro país, pero si supieran de tí, serías el estandarte de éstas, e igual harían destrozos hasta sus propias entrañas.

    Rosario, y tu nombre irónico, porque habrás construido tu credo particular... Quizá lo hiciste, porque ser religiosa, va contra la equidad de género, pero de algún modo te debías llamar... 

    El eterno femenino, reconociendo la no funcional vida en pareja... Que la equidad no existe, es contranatura. 

    Yo, la hija de la reina de los mares, te quisiera erosionar el polvo de tu epidermis, para ver si me contagio de tu inteligencia.

    Gracias Rosario, que tu vida infantil me desgajó un caudal de lágrimas cuando me metí en la piel de tu puta madre... Quizá tú nunca lo pensaste así... Pero yo sí... Ay Rosario... La que ha podido hablar sin tapujos del riesgo mes a mes, de preñarte y quedar prisionera de por vida... 

    Querida Rosario... Que la tuberculosis te empujó a documentarte... Y crecer en tu sabiduría... 

    Rosario, que, te has ido por un choque de luz, y es que, hubo un choque de estrellas... Fue un accidente de la ciudad real.


 Así me lo dijo mi madre... La reina de los mares.