viernes, 20 de agosto de 2021

Reto #32 NO ERA AMALGATOFILIA

 NO ERA AMALGATOFILIA.

La desvistió con pasión contenida, pero no esperó que las luces rojiazules de la torreta de una patrulla lo congelaran de horror. Se quedó inmóvil deseando que su cuerpo se mimetizara con el cuerpo de ella. La densidad de la noche le oprimía más la ansiedad, cerró los ojos apretándolos tanto que al abrirlos una ligera capa blanquecina lo encegueció, tendría que esperar a que los globos oculares se relajaran de aquella presión a los que los sometió por lo que pensó que debía darse tiempo. Pero desafortunadamente aquella patrulla policiaca seguía merodeando. Era de esperarse, la falla eléctrica había afectado toda la zona.

       La calma que volvió a él le regaló una tibieza interior, hasta las manos que parecían haberse tensado por el frío que golpeaba toda la ciudad adquirieron la temperatura ideal para hacerse más ágiles. 

     El vestido era verde, y lo había bajado hasta la altura del pecho. Claramente  podía ver la curvatura pétrea del seno izquierdo. El asunto se le estaba complicando mucho, pero no renunciaría. El cuerpo de ella esta helado, se veía tan ajena a todo, tan indiferente al afán de él, y quizá, es que ella era consciente de su belleza con sus curvas bien delineadas; perfectas. Él se encontraba tan excitado que el sudor le había perlado la frente y un hilo glacial le bajó lentamente por la espalda; un repeluzno le erizó la piel. Se encontraba en una posición realmente incómoda. 

       La glorieta estaba desierta, por eso creyó que no sería tan complicado, pero se equivocó. Arrancar ese vestido verde le podía costar la libertad, o quizá la vida. La camisa la tenía pegada a la espalda por el sudor, el viento ululaba incesante y, ¡ahí estaba otra vez la maldita patrulla! Dio una vuelta a la glorieta y volvió a alejarse. Debía darse prisa. Era imperante quitarle el vestido a esa Diana de los mil demonios. Y ella tan fresca, que decir, fresca, toda ella era un maldito témpano. Pero tendría que ganar aquella apuesta: ¡eran dos mil dólares si lograba su cometido!

       En la oficina del ministerio público, el hombre con las manos esposadas, confesó que debía entregar ese vestido verde faltando un minuto antes de las cinco de la mañana. No revelaría el nombre de los que vistieron a la Diana Cazadora, rogó que por lo menos le devolvieran el vestido para que lo entregara a los que le pagarían lo de la apuesta, aún estaba a tiempo. Si le otorgaban ese permiso, del dinero obtenido pagaría la multa y hasta les daría un poco más. Pero la negativa fue contundente: quedaría detenido por daño al patrimonio cultural establecido en el artículo 52 de la Constitución, aparte de ser sospechoso de ser agalmatofílico, por lo que sería llevado a una institución para ser evaluado psiquiátricamente.

jueves, 19 de agosto de 2021

BIOGRAFÍA (del libro Sacrificios Humanos de María Fernanda Ampuero)

 Qué imprudente, qué loca, dirán, pero quisiera que me vieran sin documentos en un país extranjero contando y alisando los pocos billetes para poder pagar la habitación y comprar una barra de pan y un café solo. La desesperación e internet se juntan, se montan, paren crías monstruosas, barbaridades. En las páginas de búsqueda de empleo escribía todas las opciones de trabajo que le podían dar a alguien como yo. Limpiar, cuidar, cocinar, lavar, coser, vender, repartir, clasificar, recolectar, apilar, reponer, cultivar, atender, vigilar. Llamaban y preguntaban de inmediato por los papeles. –Estoy tramitando mi permiso de residencia. –Llámenos cuando lo tenga. –¿Papeles en regla? –Todavía no. –Aquí no empleamos ilegales. Así todos los días. La angustia me trepaba por el cogote como una criatura negra, helada, crujiente, con aguijón. ¿Conocen a ese animal? Es difícil explicar cómo hace su nido en tu espalda. Es como morir y quedar viva. Como intentar respirar debajo del agua. Como estar maldita. En estas circunstancias escribir es la cosa más inútil del mundo. Es un saber ridículo, un lastre, una fantochada. Escribana extranjera de un mundo que la odia. Una tarde después de no sé cuántos anuncios para ofrecerme como cuidadora, niñera, limpiadora, cocinera y escuchar que sin papeles no, que no empleaban ilegales, decidí publicar una ridiculez.

¿Crees que tu historia es digna de un libro pero no sabes cómo contarla? ¡Llámame! ¡Yo escribiré tu vida! No pensé que ese mensaje, con sus signos de exclamación, fuera a interesarle a nadie. A la hora sonó mi teléfono. Número desconocido. –Tengo una historia que el mundo debe conocer. Se llamaba Alberto. Dijo que vivía en un pueblo del norte, que pagaría lo que le pidiera, que no podía darme más detalles por teléfono y que tendría que viajar al día siguiente si me interesaba el trabajo. Después de un silencio que ninguno rompió, pedí mucho dinero porque esa voz me daba miedo, porque tendría que atravesar un país que no conocía y porque pensé que pagar esa cifra a una desconocida, a una extranjera desconocida, lo haría desistir. –En este momento te envío una parte. El que dejara de tratarme de usted me asustó. Esa familiaridad que a veces adoptan los hombres mayores y que no sabes si es porque te ven como a una hija boba, porque te quieren meter mano o por ambas cosas. Al poco de ser inmigrante, mi jefe en el locutorio, el que decía que yo le recordaba a su niña allá en su país, había intentado violarme en una de esas cabinas de teléfono donde otros y otras como yo lloraban a sus muertos o consolaban a sus vivos. Al ver que me resistía, me estrelló la cabeza contra un teléfono. Con la boca llena de sangre me giré, grité, le escupí. Salí corriendo semidesnuda por las calles recién lavadas y nadie llamó a la policía porque en ese barrio todos sabían que lo que de verdad castigaba la policía era estar sin papeles, no ser violador. Mi jefe tenía los papeles en regla y la que estaba en problemas era yo. Véanme, véanme. Corro calle abajo sin un zapato, la blusa abierta, el sostén roto, la falda arrebullada en la cadera.

Véanme, véanme. Grito como si hubiera escapado de una explosión, el fuego todavía prendido en el pelo, soltando al aire la chamusquina de la carne, los dientes tintados de sangre negra. Grito que me muero, que me matan. Vean a mis vecinos, callados, a los lados de la calle. La procesión de Nuestra Madre de las Extranjeras, virgencita sin pompa, la que importa una mierda. Lloré en la ducha con la sangre ensuciando el agua como en las películas y al día siguiente empecé a buscar otro trabajo. No cobré los días del locutorio. Cuando el tal Alberto me envió el adelanto, una fortuna para mí, quise gritar de alegría, pero algo me dijo que no lo hiciera. Las inmigrantes indocumentadas guardamos los billetes de colores desconocidos cerquita del pecho, los calentamos con el corazón como a hijitos. Así los hemos parido también, con un dolor que abre en dos, que el cuerpo no olvida. Pensé hasta que me dolió la cabeza en mis opciones. Le pregunté a la mujer que me alquilaba un espacio en su salón para dormir, mi única conocida en la ciudad, mi compatriota, y me dijo que sí, que era peligroso, de hecho peligrosísimo, pero que peor era dormir en la calle. –Vea mija, cuando se emigra uno sabe que va a lo peor, como a la guerra. Uno no emigra si va a andar con miedos. Apriete bien los dientes y apriete bien las piernas y haga lo que tenga que hacer: verá que ya mismo es primero de mes. Ese día, con lo que envió el tal Alberto, me sentí humana por unas horas. Mandé dinero a casa, hablé por teléfono con mis padres y les dije que besaran a mi niña por mí, entré a un supermercado y compré carne y fruta fresca, me tomé un café sentada en la terraza de un bar como cualquier mujer.

Después el miedo me manguereó con su agua de ácido. En casa comí asustada, como comen los perros callejeros. Por la noche me subí en un autobús rumbo al norte. En el camino, no sé a qué hora, me dormí. Soñé que un pavo se había colado en el cuarto de mi hija y le estaba picoteando la mollerita. Supe de inmediato que el pavo era un demonio y que los demonios se alimentan de los pensamientos puros de los bebés. Quise gritar, pero no tenía boca. Los gritos resonaban en mi cabeza, todo por dentro, como una maraca, haciendo que el corazón me creciera y me creciera hasta casi no poder respirar. No tenía piernas. Tampoco tenía brazos para agarrar a mi bebé y llevármela lejos del pavo. No era una persona, era un ojo, un ojo que lloraba leche sanguínea, de teta infectada, sobre mi hija. El pavo se dio la vuelta, me miró. Su cara era mi cara. Me gritó corre. –¡Corre! Me desperté con mi propio grito y la mujer de al lado me miró con rabia y se cambió de lugar. Extranjera, pensó. Son tan raras, pensó. Seguro que está enferma, pensó. Le di asco. Esperándome en la estación había un hombre que no era el tal Alberto, sino alguien que, dijo, era discípulo del maestro Alberto. Era anciano o lo parecía: no tenía dientes y me llegaba a los hombros. Llevaba pantalón y camisa negros y una especie de capa de paño con capucha que lo hacía ver extrañísimo entre tanta gente con chaquetas acolchadas. Se me pasó por la cabeza decir que iba al baño, comprar un boleto de regreso y olvidarme del asunto, pero la otra mitad del pago me hizo quedarme. ¿A qué he venido si no es a ganar dinero? ¿A qué he venido si no es a poner el pecho? ¿A qué he venido si no es a intentar sobrevivir a la paliza?

Las mujeres desesperadas somos la carne de la molienda. Las inmigrantes, además, somos el hueso que trituran para que coman los animales. El cartílago del mundo. El puro cartílago. La mollerita. Pensé en mis padres a miles de kilómetros esperando las transferencias para empezar a pagar la deuda de mi viaje y para dar de comer a mi niña. Por supuesto que sabíamos que los chulqueros son bestias peligrosas que facilitan todo hasta que estás en aprietos y entonces te devoran vivo, pero también sabíamos que quedarse en el país era aún más insensato. Nos dolarizamos, nos fuimos a la mierda: que cada familia sacrifique a su mejor cordero. Habíamos escuchado historias de emigrantes deudores a los que llamaban esas voces terroríficas a decirles que en ese instante estaban viendo a su hijita jugar en el parque y qué bonita es tu hijita con sus trencitas, ha de oler rico, ya está grandecita, ¿no? Parece una flor. Viajé con el anciano media hora en ese coche largo y negro. Yo estaba demasiado asustada para conversar y él parecía no estar ahí, como el conductor pintado en un carro de juguete. Dejamos atrás el pueblo, las estaciones de servicio, los polígonos industriales y avanzamos por una carretera secundaria abandonada hasta el final, el bosque. Ahí descubrí que mi teléfono no tenía señal. Ahí estaba la casa del tal Alberto. La casa era casi bonita, de piedra blanca con techo rojo y un montón de girasoles en la entrada. A un lado había jaulas de conejos y gallinas y un pozo. Tenía una chimenea de la que salía humo y una parrilla de ladrillo para hacer asados. Recordé a aquellos que se dejaron tentar con las ventanas de azúcar desde las que miraba, golosa, la caníbal.

Alberto salió a recibirme con un dóberman a cada lado. De niña yo había tenido una dóberman llamada Pacha a la que alimentaba con flores, hojas, cualquier cosa que encontrara. Era dócil y tierna hasta que un día no lo fue. Le arrebató a mi hermana bebé un pan de dulce y dos deditos de la mano derecha. Esa tarde mi papá amarró a la Pacha, le dio de comer, le acarició el lomo suave como seda negra y luego le disparó en la cabeza. Yo lo vi todo desde la ventana. Le pregunté a Alberto si los perros eran bravos y me dijo que sí. Cuando me di la vuelta para despedirme del anciano ya no estaba el carro, ni siquiera el polvo que debía haber levantado al arrancar. Durante unos segundos Alberto y yo nos miramos, nos reconocimos. Véanme, véanme. Frágil como cuello de pollo. Una mujer extranjera con una mochila a la espalda frente a un hombre desconocido con dos perros enormes y feroces en lo más remoto de una ciudad remota de un país remoto. Véanme, véanme. Poquita cosa para el mundo, sacrificio humano, nada. Aquí no me escucharán gritar. Aunque me estallen las cuerdas vocales, aunque grite hasta desgarrarme por dentro, no me escucharán. Nada más los árboles, el bello cielo de invierno, pero bajo los árboles y bajo los cielos más hermosos ocurren cosas espantosas y ellos siguen ahí, inconmovibles, ajenos, suyos. Las que se comieron las hormigas, las que ya no parecen niñas sino garabatos, las muñecas descoyuntadas, las negras de quemaduras, los puros huesos, las agujereadas, las decapitadas, las desnudas sin vello púbico, las despellejadas, las bebés con un solo zapatito blanco, las que se infartan del terror de lo que les están haciendo, las atadas con su propios calzones, las vaciadas, las violadas hasta la muerte, las aruñadas, las que paren gusanos y larvas, las mordidas por dientes humanos, las magulladas, las sin ojos, las evisceradas, las moradas, las rojas, las amarillas, las verdes, las grises, las degolladas, las ahogadas que se comieron los peces, las desangradas, las perforadas, las deshechas en ácido, las golpeadas hasta la desfiguración. Ellas, todas ellas, pidieron ayuda a dios, al hombre, a la naturaleza. Dios no ama, los hombres matan, la naturaleza hace llover agua limpia sobre los cuerpos ensangrentados, el sol blanquea los huesos, un árbol suelta una hoja o dos sobre la carita irreconocible de la hija de alguien, la tierra hace crecer girasoles robustos que se alimentan de la carne violeta de las desaparecidas. Si salgo corriendo Alberto soltará a los perros. ¿Quién les avisará a mis padres? ¿Me encontrará alguien algún día? ¿Crecerá mi hijita pensando que su madre la abandonó? ¿Perdonarán nuestra deuda los chulqueros? Véanme, véanme. Con miedo de demostrar miedo. Que Alberto me vea asustada puede ser el detonante, el fósforo, el cortocircuito: ¿por qué tan nerviosa? ¿Te asusto? Ahora verás, puta de mierda, lo que es miedo de verdad. Véanme, véanme. Finjo aplomo y sonrío. Él no me devuelve la sonrisa. Pregunté el nombre de los perros y murmuró algo que no escuché, pero no me atreví a preguntar de nuevo. Aprendí muy chica a no importunar al hombre enojado, al hombre bebido, al hombre desconocido, al hombre. Aprendí a no decir esta boca es mía porque nunca lo ha sido.

Entró a la casa y lo seguí. ¿Por qué? El corazón de un inmigrante es un pájaro entre dos manazas. Debo comer. Debo dar de comer. Debo ser comida. Cuando él cerró la puerta con pestillo se me erizó una parte del cuerpo y la otra se me volvió de plomo. El corazón se recogió como si lo estuvieran sellando al vacío. Los labios se me pegaron a las encías. Tragué vidrio molido. Casi no podía respirar. Véanme, véanme. Y óiganme. Me digo a mí misma: no pasa nada, boba, ya verás. Vas a escuchar la historia que este hombre te cuente y luego te llevará a la estación, te subirás al bus y dormirás delicioso. Tendrás dinero para mandar allá. La niña podrá estrenar un vestido, mamá podrá hacer cazuela de camarón, tú existirás con todo el cuerpo. Existirás, boba, existirás. La casa por dentro era oscura y olía a comida vieja, a algo con col que se cocinó hace mucho y se fermentó, a ventilación pobre, a desaseo, a vicio. Casi no había muebles ni cuadros ni espejos. Parecía una casa abandonada, una guarida. Le pedí a Alberto el teléfono y me contestó que no lo había pagado y lo habían cortado. También la electricidad. Sentí como si hubiera pisado una mina terrestre, escuché en mi cabeza el ruido del percutor, click. Me paré sobre la trampa, esa que hace que los animales del bosque se mastiquen la propia pata para huir y se desangren en el camino. Un fogonazo de terror me cegó unos segundos y, al abrir los ojos, lo miré buscando una compasión, una disculpa, una comprensión del terror de una extranjera sola quién sabe dónde quién sabe con quién. No había ninguna. Nada. ¿Cuánto tiempo hay que fingir que todo está bien hasta reconocer que estás infinitamente jodida y que lo sabes? ¿Cuánto debes esperar hasta inten

intentar alcanzar un cenicero, un atizador, un florero para estampárselo en la cabeza? ¿Cuánto de prudencia puede demostrar un animal amenazado? ¿Y una mujer? Véanme, véanme: mantengo mis modales ante las fauces abiertas de la bestia, caigo con gracia de princesa al abismo, me trago el vómito negro para decir ah ya, es que quería avisar que todo está bien. Mi voz de ratita me llenó de asco. Nos sentamos alrededor de una mesa de madera bruta, él en la cabecera. Saqué mi grabadora, mi cuaderno y, mientras hacía algo que interpreté como rezar: ojos muy cerrados, brazos abiertos, palmas al cielo, miré alrededor. Había pintadas en la pared. Gordos brochazos de pintura roja y brillante con palabras de la Biblia: ¡Arrepentíos! Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. ¡Hemos pecado! ¡Hemos obrado perversamente! ¡El fin está cerca! ¡Él volverá! Los ojos se me llenaron de lágrimas y, en lugar de correr, de gritar, de patalear, de decirle qué mierda es esto, puto loco, maldito psicópata, ahorita mismo me voy, saqué un paquete de pañuelos de papel y fingí sonarme la nariz. De pronto, sin previo aviso, sin levantar la cabeza, empezó a hablar como para sí mismo. Yo aplasté al apuro play y rec. Su voz sin inflexiones, plana como un conjuro, sonaba como lijar madera. Arrancó con su infancia pobre en la ciudad, con esa hambre tan enceguecedora que los obligaba a él y a su hermano gemelo a cazar ratas o palomas para masticar algo más que pura miseria, para callar al monstruo de la tripa, de los juegos con piedras y latas de cerveza vacías, de los sueños con helados, juguetes, fresas y nata dulce que terminaban al despertar en su catre inmundo, la pesadilla. Habló de la violencia, de su padre masacrando a su madre, su madre sangrando por todos lados, su madre renga, su madre devota, su madre sorda de un oído, su madre sin dientes. Su madre, la dolorosa. Él y su hermano se masturbaban el uno al otro para no sentir. Después se golpeaban con los puños el cuerpo, la cara, los genitales. Se asfixiaban con bolsas plásticas, se cortaban con cuchillas, se arrancaban las uñas, se rapaban las cabezas cortando cuero cabelludo, se hacían tatuajes chuecos y perversos con agujas y tinta, se quemaban la piel. Después encontraron el pegamento, los vicios, la prostitución. Contó que él y su hermano, cada día más grandes, cada día más hombres, cada día más siniestros, tomaron la decisión de matar al padre la siguiente vez que le diera una paliza a la madre. Hicieron puñales con latas y maderas afiladas y los guardaron bajo la cama. El padre no volvió a pegar a la madre porque no regresó nunca más. Él y su hermano terminaron la infancia ese día: los hombres de la casa no pueden soñar. Habló de que era un adicto en recuperación, que el amor de su vida habían sido las drogas y que por ellas se envileció más allá de lo que podía contar. Las había consumido todas hasta aquel incidente con su madre. La mujer estaba ya muy enferma cuando él y su hermano decidieron robarle, una vez más, los poquitos billetes que le daba la beneficencia y las medicinas que tomaba para el dolor. Compraron droga, bolsitas de una mierda asquerosa que calentaban en una cuchara y se inyectaban en los brazos ya casi sin venas. Se quedaron dormidos en una esquina con los otros yonquis. No soñaron. Esa noche, sola, sin medicación, en medio de unos dolores que le hacían dar alaridos de ultratumba, agitándose como poseída, masticándose la lengua, los ojos salidos de las órbitas, las manos crispadas como ramas, la madre murió. Ellos volvieron a casa surcando cielos púrpuras, goteando sangre de los brazos, cantando dulces nanas para niños muertos. Una vecina había llamado a los paramédicos. Al llegar en la ambulancia, les parecieron actores de una comedia de la tele. Todo les resultaba graciosísimo, sobre todo el gesto de la madre muerta con la mandíbula desencajada y los ojos abiertísimos. Mamá, qué graciosa, qué caras haces, mamá. Le dieron besos y abrazos. Cuando los paramédicos estaban por sacarla de la casa, decidieron encerrarse con llave. ¿Por qué se la quieren llevar esos payasos si ella está de lo más feliz? ¿Verdad mamaíta que estás más feliz que nunca? Mientras llegaba la policía a tirar la puerta abajo, la vistieron con un vestido de florecitas, bailaron con la madre muerta, le pusieron una flor de plástico en el pelo, le movieron los brazos para que danzara con coquetería, le dieron vino y cigarrillo. Es la última vez, mamaíta, le dijeron. Perdona por lo de las pastillas, no lo volveremos a hacer. Pero mira qué estupenda estás, si ya no las necesitas. Baila mamaíta, baila. Entonces la madre muerta les agarró los brazos con tal fuerza que les dejó unas marcas moradas por varias semanas. Alberto se apretó las muñecas como si aún le dolieran y después de un largo silencio le salió un hilo de voz. –Nos miró y nos dijo que si nos volvíamos a drogar vendría a matarnos. En ese instante los embistió la sobriedad y se dieron cuenta de que habían estado profanando el cuerpito decadente de la madre.

los otros yonquis. No soñaron. Esa noche, sola, sin medicación, en medio de unos dolores que le hacían dar alaridos de ultratumba, agitándose como poseída, masticándose la lengua, los ojos salidos de las órbitas, las manos crispadas como ramas, la madre murió. Ellos volvieron a casa surcando cielos púrpuras, goteando sangre de los brazos, cantando dulces nanas para niños muertos. Una vecina había llamado a los paramédicos. Al llegar en la ambulancia, les parecieron actores de una comedia de la tele. Todo les resultaba graciosísimo, sobre todo el gesto de la madre muerta con la mandíbula desencajada y los ojos abiertísimos. Mamá, qué graciosa, qué caras haces, mamá. Le dieron besos y abrazos. Cuando los paramédicos estaban por sacarla de la casa, decidieron encerrarse con llave. ¿Por qué se la quieren llevar esos payasos si ella está de lo más feliz? ¿Verdad mamaíta que estás más feliz que nunca? Mientras llegaba la policía a tirar la puerta abajo, la vistieron con un vestido de florecitas, bailaron con la madre muerta, le pusieron una flor de plástico en el pelo, le movieron los brazos para que danzara con coquetería, le dieron vino y cigarrillo. Es la última vez, mamaíta, le dijeron. Perdona por lo de las pastillas, no lo volveremos a hacer. Pero mira qué estupenda estás, si ya no las necesitas. Baila mamaíta, baila. Entonces la madre muerta les agarró los brazos con tal fuerza que les dejó unas marcas moradas por varias semanas. Alberto se apretó las muñecas como si aún le dolieran y después de un largo silencio le salió un hilo de voz. –Nos miró y nos dijo que si nos volvíamos a drogar vendría a matarnos. En ese instante los embistió la sobriedad y se dieron cuenta de que habían estado profanando el cuerpito decadente de la madre.

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Muy recomendable. 



viernes, 13 de agosto de 2021

RETO #31: TRATANDO DE ENCAJAR(nuevos verbos) aunque yo sí los he usado en mis relatos

 Ahí estaba, tratando de ribetear la bastilla deshilachada que dejó en su último empleo de donde fue despedido. Sonreía requintando los labios y mostrando los dientes sin sentir ninguna simpatía porque denostaba a toda esa gente en las nuevas oficinas donde hervía el elitismo disfrazado de inclusión aunque el esnobismo salpicara al de enfrente al hablar. Pretendía embaírlos de que él, era una persona "nice", se repetía: "sé nice Alberto, tienes que, por lo menos, parecer nice". Le crispaba el talante el hecho de fingir que entendía el idioma de todos ellos que en cada frase, vienese al caso o no, remataban con la palabra "wey". 

     -Yo le dije eso a mis chavos, wey, conmigo contarán siempre, wey, es que, los amo, wey, les compro todo lo que quieren, wey.

      Maldijo la hora en que desovaron a esos mequetrefes, y a su vez, atiborraron al mundo con más sabandijas que no solo remataban con la palabra "wey" sino que solían decir: "todes seremos contemplades para la beca, ricos o pobres, wey" ¡Cuánta iniquidad! ¿Pretendían arrebujarse haciendo un amasijo entre los de abajo y los de arriba? Aquello era la oda a la hipocresía, si no, ¿qué demonios hacía él ahí emulándolos y rubricando en cada frase la palabra "wey"?

     Necesitaba medrar en ese campo minado, y debía andarse con tiento no fueran a descubrir la impronta de su pasado; ladraría como ellos, miaría como ellos, si acaso en un momento dado, escamotearía su sentir con respiraciones relajantes a la vez que abjuraría por haberse atrevido  a intentar  mimetizarse con aquella basura que se solazaba en la poltrona de la mediocridad, pero así eran las reglas.

jueves, 5 de agosto de 2021

Reto #30 Entre el miedo y la huida (navegar)

 RETO #30

Entre el miedo y la huida.

Sucede siempre, la fuerza de los miedos que me poseen como violadores agazapados que saltan sobre mí, me jalan hacia un lado, en tanto, nunca faltan momentos que me inunda la fe y en un manto lleno de agua tibia descanso en un remanso de espiritualidad y me nace esa otra fuerza que me inclina del lado contrario, pero esta segunda fuerza es más flaca que la primera, es endeble, es una fuerza que no es fuerza, es un modo de llamarla así porque es un estado quebradizo; una oblea que se deshace en un légamo de miedo, de nuevo el miedo, el horror que se ha apostado a mi diestra y me hace navegar en una barco de telarañas donde siempre me parece que voy a encontrarme con el lado siniestro del fantasma de Hemigway, que lejos de darme soporte me empujará hacia los mares plagados de cavernas que susurran más ideas intoxicantes para seguir padeciendo.

Pero un día, un momento en el que menos lo esperaré yo misma, voy a treparme a una nube donde surcaremos los cielos ignotos de la dicha, la nube y yo, con la ayuda de algunas estrellas remaremos en la inmesidad de ese tiempo que no existe en este plano, y yo, arrullada con el ruido blanco relajante de una lluvia de cánticos celestiales, navegaré en círculos interminables, y si por aras de mi suerte desmadejada el curso de mi nube fuera desbaratada por una tormenta insidiosa, me convertiré en un relámpago que partirá en dos aquel plano donde no se me da la quietud. Prefiero navegar en el limbo, en el cieno de los sueños de los infortunados que no alcanzaron a nacer, en los pantanos oníricos de las almas  de los que duermen con esperanza, lo que sea, antes que atreverme a volver a temer.

miércoles, 4 de agosto de 2021

Reto #29 ALEBRIJES VS MARIONETAS

 ALEBRIJES CONTRA MARIONETAS.

Dentro del sueño profundo en el que cayó Juanito al beber accidentalmente una medicina que confundió con un jugo, presenció la batalla campal a la que se enfrentaron un centenar de Alebrijes contra unas Marionetas.


La reyerta se debió a que Juanito había dejado de crear alebrijes y empezó a mover marionetas.


El que iba a la cabeza de los Alebrijes era el Sandor, con este nombre lo identificó su creador. Y el comandante de las Marionetas era el Catrín. Ambos comandantes eran fuertes y poseían la garra para luchar encarnizadamente y ganar la complacencia de Juanito quien se inclinaría por el ganador.


Sandor envió a su primer combatiente a que enfrentara al que el Catrín impusiera y seleccionó a Torcuata. Tintín, el Alebrije se plantó con sus dos patas de pato, y aunque no tenía manos, sus colmillos eran sagaces y peligrosos. Su punto débil era su cuerpo esférico de donde le brotaban un hermoso par de alas de mariposa monarca. Torcuata era una Marioneta feroz, fue creada para representar a una chamana y poseía dotes para adormecer a su contrincante con sus filosas uñas.


Tintín se abalanzó sobre Torcuata y la hirió rompiéndole uno de sus collares, que le daban algo de fuerza. Torcuata esquivó certeramente un ataque más de Tintín quien se elevó para después dejarse caer sobre la cabeza de Torcuata a la que no pudo encajarle sus colmillos mortíferos. Torcuata aprovechó la falla de Tintín y le encajó una de sus uñas en un ala, Tintín desprendió el ala antes de que el efecto de adormecimiento lo invadiera por completo. Torcuata hizo chocar otra de sus uñas contra un colmillo de Tintín y no pasó nada; esos colmillos eran poderosos. Tintín dio dos pasos más para liquidar a su contrincante, y Torcuata, cerrando los ojos levantó sus uñas para tocar al azar lo que fuera y liquidó a Tintín cuando perforó su cuerpo.


Ahora el Sandor decidió enfrentar al Catrín frente a frente. Sandor tenía alas de murciélago, cabeza de jirafa y patas de cerdo. El Catrín usaba un traje elegante, corbata de moño y llevaba un bastón con cabeza de serpiente. 


El Catrín lanzó su bastón para que la cabeza de serpiente, en el aire cobrara vida, y mordiera a Sandor. El yerro del primer ataque del Catrín puso en alerta a Sandor. Se tragó la cabeza de serpiente y dejó al Catrín perplejo. Sandor intentó patear al Catrín y encajarle una de sus pezuñas, pero también erró. El Catrín, desde su corbata, le lanzó un líquido a Sandor y lo dejó atontado, agitaba sus alas de murciélago tratando de moverse para evitar que el Catrín lo ultimara, ignoraba con qué más, parecía que tenía muchas armas que parecían inocuas y eran de lo más peligrosas. Sandor  con la mirada turbia siguió en la contienda, sus alas de vampiro al rodear a su enemigo hacían que un vórtice envolviera con un aire mortífero a su víctima. El Catrín perdió la conciencia mientras Juanito despertaba en un hospital, con la boca seca y la acritud de aquella guerra absurda.


"Volveré a adentrarme a los videojuegos, los Alebrijes y las Marionetas perdieron la razón"


Aseguró Juanito.

sábado, 24 de julio de 2021

DE PRISA QUE YA NO AGUANTO EL MIEDO

 DE PRISA QUE YA NO AGUANTO EL MIEDO.

Entré a su casa, sabía que esa era su casa, había investigado bien. Mi pecho rebosaba de un sentimiento indescriptible, mi boca, acre y seca. De pronto pensé que me había metido a una trampa. Era yo más estúpido que una rata. Mientras el sudor me corría por las sienes me acordé de aquella trampa que le puse a las ratas: una cayó, y ahí la dejé. Y no volvió a caer ninguna otra. Me dijeron que las otras ratas habían visto a la primera y no eran tan estúpidas para pisar esa tablilla pegajosa: las maté a todas despanzurrándolas con palos, cuchillos y hasta con machete. No tuve piedad, eran ellas o yo. Así estaba yo, con otra impertinente gota de sudor que se me resbalaba por la espalda y me robaba la concentración.

¡Me valió! 

Si ya estaba ahí tendría que mantenerme firme en mi determinación. Mi respiración era agitada, me faltaba oxígeno, pero debía seguir. Oteé por los espacios iluminados débilmente. Ignoraba en dónde estaba ella en ese preciso instante. Podía matarme y argüir más tarde que me confundió con un ladrón, y sí, me introduje a su casa como un ladrón.

Ella estaba en la cocina. Me sentí más tranquilo. Me di tiempo para que mi respiración volviera a su ritmo. Con sigilo, me escurrí al interior con mis pasos gatunos. Ella se viró.

-¡Ah! ¡Tú! -me dijo, fingiéndo no estar sorprendida.

Mi mirada debió advertirle que no iba dispuesto a nada bueno. Le vi el miedo en la ígnea sonrisa que me lanzó. "Pobre pendeja", pensé. Creerá que la creo muy valiente. Nadie, por cabrón que se sienta, te puede sonreír cuando sabe perfectamente que alguien escapó de la cárcel.

Me escapé de esa prisión donde estuve por su culpa. Me traicionó. Los dos cometimos el delito. Ella, la muy "sapa" me delató.

Yo debía actuar con mucha cautela, ella siempre fue audaz, tenía habilidades para resbalarse de los nudos más peligrosos, por eso hacíamos magnífica pareja.

- ¡Tengo una hija! ¿La quieres conocer?

No entendí a qué venía eso de provocar que mi ira se encendiera más. A mí eso qué chingados debía importarme su pinche hija, al contrario, ella estaba preñada de otro y por eso me delató, para deshacerse de mí,  pero supe que ese otro la dejó con el paquete.

Con toda la cólera y hambre de venganza que me empujaron a aquella trampa viscosa, entre el olor de la leche agria que eructaba su engendro de niña, la mierda de los pañales en el bote de basura y la papilla que le preparaba cuando la sorprendí me lancé sobre su cuello. No debió extrañarme que de entre las cucharas ella sacara un cuchillo pequeño, con los que cortan los bisteces, e intentó clavarmelo en la espalda. No pudo. Apenas y chocó la punta en una de mis costillas y aproveché su confusión para, después de doblarme, tomar vuelo para sorrajarle mi mejor golpe. Debía darme prisa, porque tenía un miedo inefable, un terror profundo, el peor de los ataques de pánico de que, la policía que me venía pisando los talones, me impidiera descargar todo el rencor añejado en esos meses que pasé en la cárcel por su estúpida traición.

miércoles, 30 de junio de 2021

¿YO, RACISTA?

 

¿YO, RACISTA?

    

Fue en el tiempo que no entendía qué significaba ser racista cuando odié a Fermina. Mi mamá me regañó y dio por sentado que yo la detestaba porque era prieta, prietita dijo mi mamá, como si eso suavizara mi odio. ¡No fue por eso! Ni siquiera me había dado cuenta que tan morena era Fermina. El caso es que yo era la favorita, la consentida de mi profesor y llegó ella, tan sotaca, tan estúpida y tan zonza: hablaba con la lengua asomada entre los dientes y hacía zumbar la «s» y por ello parecía una bobalicona. Tuve que hacer un acto de contrición antes de confesarme con el cura y decirle que detestaba a Fermina, y hasta que hice tal acto, fue que me di cuenta por qué se me hacía insoportable. Yo era la única que tenía un mesa-banco para mí sola, me distinguía hasta en eso, yo solía decir el juramento a la bandera, yo me destacaba en los bailables los días festivos, pero la llegada de Fermina me quitó el favoritismo y la sentaron junto a mí. En lo demás no se destacó y fue la clásica burra a la que no se le podía tomar en cuenta para nada. Era bastante estúpida la niña esa. Y la que le agarró más ojeriza y le hizo mucho daño fue Alicia.

     Alicia era demasiado vieja, a mi parecer, para ir a la escuela con nosotros. Tenía muchos amigos, pero ella me prefería a mí, aunque se la pasaba mejor platicando con mi mamá cuando íbamos caminando de regreso a nuestras respectivas casas. Alicia nos invitaba refrescos. Quién sabe de dónde sacaba dinero, pero pagaba la cuenta de hasta diez refrescos helados que bebíamos con avidez para apaciguar el calor debido aquel sol de fuego que nos quemaba hasta el buen humor. Esa mujer, cuando se enojaba, le perdía el respeto hasta a los propios profesores y al director. No supe jamás por qué no la expulsaron, ella se fue, el día que se quiso ir, o, mejor dicho, el día que se tuvo que ir. Mientras, cuando algo no le parecía, echaba pestes y madres a grito vivo y nosotros nos carcajeábamos divertidos. Esa lengua, mis papás me habrían obligado a mordérmela y la boca me la habrían reventado de un madrazo si hubiese hablado como lo hacía Alicia. ¡Oh por Dios! Dije madrazo, tampoco podía decir madrazo, aún no puedo decir esa palabra deliberadamente. Cualquiera habría pensado que yo estimaba a Alicia como muchos, y tal vez sí, pero de lejitos, Alicia era demasiado rubia, el fino vello de sus brazos era tan rubicundo como toda ella, parecía un animal colorado cuando estaba un rato bajo aquel impiadoso y colérico sol que no nos dejaba descansar ni en invierno. Alicia me daba asco.

     Los veranos eran insoportables: caían lloviznas tan tiernas que parecía que lo que caían eran las alas de los insectos que más tarde nos acribillarían con sus punzones y, la piel se nos ponía pegajosa porque el agua se evaporaba y nos calcinaba: no nos dejaba vivir. En tiempos así, trataba de imaginarme cómo viviría Alicia en su jacal que tenía enfrente al mar. Sus padres trabajaban ahí y por consiguiente les daban esa pocilga para vivir. Era un cuadro hecho de tablas viejas y podridas, el piso era la arena y no había mucho más qué decir. En cambio, Fermina vivía en la misma colonia donde vivía yo y no estábamos tan cerca del mar, pero su casa era enorme. Parecía una paloma blanca en medio del pantanal. Nunca la odié por eso, ya dije antes por qué.

     Fueron tiempos que me dejaron muy confundida. Me confesé con el cura y le prometí a él, no a Dios, que sería amable y gentil con Fermina sin importarme su color porque así me dijo mi mamá que lo dijera y traté de cumplirlo en la medida de lo posible, pero creo que no lo logré. Estoy segura que Fermina llegó a serme indiferente. No tuve ninguna consideración con ella la vez que estuvimos jugando fútbol y le atravesé el pie para que se cayera, pero lo hice por defender al equipo en el que jugaba, y lo diría en confesión, le habría atravesado el pie a cualquiera que le hubiese advertido cierta ventaja y fuera con el balón dominado a punto de meter un gol. Mis compañeras estuvieron de acuerdo conmigo, pero no el árbitro y mucho menos mi mamá. La más enojada fue la güera, Alicia. Y desde ese entonces arremetió con la pobre Fermina.

     Una vez Alicia gritó que le habían robado un billete de veinte pesos. Nadie llevaba veinte pesos para gastar en el colegio, Alicia, sí, veinte o cincuenta. Eso nos constaba a todos. Ciertamente que si ella no hubiera hecho tanto alboroto yo me habría gastado ese dinero, y no lo habría compartido con nadie, pero conociéndola tan problemática y tan histérica se me hizo fácil dejar caer el billete en la mochila de Fermina.

     El maestro quiso hacer caso omiso a la queja de la güera, pero fue por demás. Alicia empezó a arrebatar las bolsas y mochilas de los compañeros, se fue sobre los varones y dejaba caer los útiles escolares dejando un estropicio de papeles, lápices y sacapuntas. Fue tanta la alharaca que entonces fue el maestro quien intervino y nos pidió a todo el grupo salir del salón. Él revisaría de manera ordenada las mochilas. Sucedió lo que yo sabía que iba a suceder. Fermina temblaba debido a la incredulidad y lloró y gritó su inocencia, aunque no había manera de no afirmar lo contrario: era una ladrona a todas luces. Nunca me imaginé que esta travesura mía se fuera tener consecuencias tan lamentables.

     Sucedió en el fin de semana. Aquella mañana de domingo mi mamá me sacudió para despertarme y no era para ir a misa, fue para notificarme que Fermina estaba muerta: la encontraron colgada en la rama de un árbol de almendro en el patio de su casa. Dejó una nota en un papelito que arrancó de su cuaderno: yo no fui.

     El hecho de haber encontrado el billete de veinte pesos en su mochila, y que tal billete perteneciera a la güera, hizo que sus padres le dieran una tunda que, dijeron, no olvidaría jamás. Y quizá no quiso recordarla o bien, no quiso vivir señalada como una ratera. No. No lo era, yo sabía que no lo era, pero tenía que ser muy valiente: no diría la verdad porque…, yo no me atrevería a colgarme de ningún árbol, es más, en mi casa ni siquiera hay espacio para tener árboles. Sufrí un impacto que me hizo tener un choque de nervios. No me dejaron ir al funeral ni al sepelio. Qué bueno porque estoy segura que no habría soportado aquel espectáculo funesto. ¡Maldita sea Fermina! ¡No cesaba de meterme en problemas emocionales!

     Me dijeron que Alicia lloró mucho en el entierro. Se presentó a la velación, pero la echaron sin misericordia y con el rencor en carne viva de que ella había sido culpable también de la decisión que tomara Fermina de suicidarse. También la señalaron como culpable y dijeron que Alicia sí se señalaba como culpable porque no debió escandalizar tanto por un mugroso billete de veinte pesos. No estuve de acuerdo, con un billete de veinte pesos yo pude haberme comprado una caja de veinticuatro lápices de colores y un cuaderno para dibujar. O si no, con ese dinero pude haberme comprado una muñeca que cerraba los ojos cuando la acostaban y hasta me alcanzaba para un juego de té y jugar a la comidita hasta con cinco niñas más. Así que, eso de que un billete de veinte pesos era una mugre, no lo era.

     Ya fueron pocos los días que la güera estuvo yendo a clases. Volvía el estómago a cada rato y mi asco por ella cada vez se me complicaba mucho más disimularlo, menos mal que dijo que se marchaba; estaba embarazada y ya no podría culminar sus estudios primarios. Menos mal. He seguido siendo afortunada y no sé hasta cuando la suerte seguirá de mi lado. Fermina ya no está y el banco es para mí sola otra vez, y la güera, (cada que me acuerdo lanzo un suspiro de descanso) ya no tengo que darle un beso de bienvenida o de despedida soportando la náusea que me provoca lo desteñido de su piel.

     Hace poco le comenté lo sucedido a una compañera que llegó de la capital; la inscribieron en sexto año. Obvio, le comenté sobre mi repudio al color de piel como el de Alicia, (lo que sucedió con Fermina, se enteró porque era vox pópuli: y esta era una nueva expresión aprendida) y la compañera nueva me dijo que yo era racista. No estoy de acuerdo. Los racistas son los que detestan a lo negros ¿O no?