viernes, 3 de septiembre de 2021

SOLO MIS LÁGRIMAS REGARÁN SUS FLORES


SOLO MIS LÁGRIMAS REGARÁN SUS FLORES

No conocía muy bien a la señora Gloria, de hecho, no conocía a casi nadie. Estaba estrenando departamento, y también, de hecho, todos estábamos de estreno: el edificio era totalmente nuevo.

Quizá había algunos que como yo era nuestra primera vez en un condominio; estábamos de plácemes porque veníamos hartos de vivir en patios de vecindad, y soñamos con una vida diferente. Solo sucedieron unas semanas y se me disolvió aquella utopía. Las hablillas y los problemas de esa índole o de cualquier otro son inherentes a los humanos vivan en donde vivan.

Llegó la administradora del edificio a tocar la puerta de mi vivienda, ahogándose, tras la titánica labor de subir por los escalones hasta llegar a mi cuarto piso. En lo que se reponía, yo, apoyada en el vano de la puerta esperé con paciencia a que terminara de decirme que yo le parecía una excelente persona, y apelaba a esa buena impresión que le di para que la ayudara en un caso muy bochornoso, o bien, aclaró, penosísimo, y abrió la boca con desesperación para alcanzar oxígeno y soltó finalmente: «¡hay un muerto en esta torre!»

No me estaba invitando a una reunión social de carácter funesto, me imploró que me hiciera cómplice de la señora Gloria que se le murió el amante en la cama. Era menester sacarlo del edificio con sigilo para que el buen nombre de la concubina no anduviera enredado en las lenguas de los nuevos vecinos. No me lo pensé hasta que ya estaba involucrada y aprobé mi acto pensando que, en lo futuro, si yo llegase a necesitar de un favor –ojalá no de esa índole− contara con la ayuda de Gloria y de la administradora.

Mi labor fue sencilla: debía estar alerta a que los hijos de Gloria, si se despertaban por el trajín a la hora de sacar al muerto, decirles que permanecieran en sus camas. Su madre estaba haciendo unos arreglos en la sala. Por fortuna los niños durmieron como palomitas inocentes y ajenos a toda aquella apabullante situación. La administradora, enorme como una ballena, hizo pasar a unos paramédicos que estacionaron la ambulancia lejos del edificio, y en una camilla sacaron al sujeto infiel mimetizándose en la oscuridad que permeó el ámbito cuando se ordenó apagar las luces de los pasillos y las áreas comunes.

La administradora tenía amigos influyentes debido a que su esposo trabajaba en oficinas gubernamentales. Esto aventajó en mucho y no fue tan engorroso el asunto de evitar la autopsia, conseguirle un ataúd y una capilla ardiente donde en menos de dos horas ya estaba el muerto acicalado y listo para ser velado antes de hervir en su caldo de gusanos. También se le había dado aviso a su viuda legítima, la cual llegó unas horas después, con un luto cerrado y riguroso, no dudo que ni los calzones no fuesen negros, a juzgar por la precisión con que se fijó en los detalles de los aretes de perlas negras, una mantilla primorosa de las que se usaban en otros tiempos, y las medias y los zapatos, todo acorde al suceso.

Era obvio que la viuda hubiese llegado espetada de rabia, de humillación, de ira y, llevaba listo el dedo flamígero para señalar a la corrupta mujer que osó romper los hilos sacros de un matrimonio bendito desgarrando la cortina de la decencia, rompiendo los preceptos éticos y morales, trastocando la virtud de una esposa que sabía que su marido tenía un problema severo de salud y por lo tanto, no ignoraba que en cualquier momento podía presentarse su óbito, pero ella, la amante, la muy desvergonzada no lo convenció de que procurara mantenerse lejos de ella, no fuera a ser que sucediera lo que sucedió: ¡se murió en una cama clandestina!

La curiosidad me pellizcó tan fuerte como si me hubiera golpeado el dedo chiquito del pie. Aquella noche de mediados de noviembre el frío calaba hondo, congelaba las ideas y adormecía las buenas intenciones. El calor que me proporcionó un buche de café me empujó a llevarme a la viuda a un lugar de la capilla ardiente que le decían el descanso. El descanso de qué, me pregunté, si era un lugar más frío y patético que donde estaba el difunto que lucía más cálido por la iluminación de los bombillos eléctricos y las veladoras. Pero, en fin, ahí en el descanso dejé que la viuda vaciara todo el resentimiento que, comprensiblemente, tendría apretujado en el pecho. Yo misma no podía imaginar los abismos de dolor por una afrenta de esa envergadura, y la mujer explotó como una tubería de agua rota escaldándose con los recuerdos de los buenos tiempos –presumiblemente de eso hacía demasiado tiempo−, de los hijos que llegaron a coronarla como la mártir que se tragaba los mocos ruidosamente, y todo para qué, decía con histeria, para que se muriera en la cama de otra mujer.

Y esa era precisamente mi inquietud. Le dije que por supuesto que nos llevaríamos de ese lugar a Gloria la cual, tal y como la viuda aseveraba, no tenía derecho de llorar y velar abrazando aquella materia vestida con traje de gala y bigote encerado, ese bagazo inútil que ya no sufría, no amaba, no odiaba, era nada. Pero le insistí que me explicara por qué ella quería estar ahí, tiritando de rabia y soportando un escupitajo más que, como secuela, ese señor le había sorrajado al morirse en la cama de otra mujer. 

La viuda me respondió que primero, porque le asistía todo el derecho, y aunque yo le dije que no era su obligación ella aseveró que le urgía que sí fuera su obligación, porque aquel hombre nefasto que fue el padre de sus hijos, de todos, fue el único hombre que la vio desnuda, el único que penetró en ella hasta lo más recóndito de su intimidad y que el compromiso no era propiamente con él, sino con los votos que hizo a perpetuidad ante el Altísimo. Que haría mandas para que su alma no se fuera al infierno por haber cometido un pecado capital. Me dijo:

−Soy la mujer sin mácula que ni con el pensamiento le falté, sabe Dios, soy la pobre viuda que no vestirá otro color que no sea el negro hasta que Dios se encargue de llevarme de este mundo, en el que solo viviré para destrozarme los dedos con las cuentas del rosario rogando por la intercesión de los santos para que mi marido alcance el perdón.

Entre más hablaba esa vieja la acritud más me agriaba el paladar.

»Soy la legítima, la única que tiene derecho a llorar sobre sus restos. Yo cuidaré su tumba la que visitaré domingo a domingo y le sembraré flores, las cuales, solo podrán ser regadas con el caudal de mis lágrimas amargas.

La administradora, Gloria y yo veníamos camino a casa vencidas por el silencio. No sé qué pensaban ellas, pero yo pensaba qué habría hecho si mi esposo, el que se quedó dormido como una piedra y no se enteró de lo que hice aquella noche, me hiciera algo semejante a lo que hizo el desleal que seguía tieso dentro de su féretro. Ha pasado tanto tiempo de aquello y se me queda la pregunta hecha bola en la garganta. Mi esposo no me pregunta qué me pasa y mientras yo me sigo revolcando en la duda.

FIN.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

LOS EFLUVIOS DE UN TESORO MALDITO

 LAS JOYAS DEL PESCADOR 

Alguna nota de ese perfume removió los sedimentos dormidos de aquellas reminiscencias apagadas. Un anhelo le nació en el alma, como limo en una tierra donde se respira la humedad y la calidez de un pueblo tropical. Le habría encantado teletransportarse y al abrir los ojos descubrir el viejo mar que en la espumarada de sus olas semeja las barbas blancas de la senectud, pero aun así, seguiría vigoroso e infinito. 

     -¿Qué ha pasado durante mi ausencia, mi viejo mar?

     -¿Qué habría de pasar, mi sirena terrenal? pasó el tiempo, pasó la vida.

      Cierto. Pasó el tiempo y se le esquilmaron las fuerzas para correr por la arena sin fatigarse, pasó la vida y con ella se fue la vida de mucha gente. Tan solo le quedó el consuelo de aquellos vívidos recuerdos de cuando la Negra cantaba que la luz de los cocuyos bordaban de lentejuelas la oscuridad. Pero ella se tuvo que ir en un velero de ambiciones que encalló a medio camino en las arenas desérticas, y arribó a una ciudad de cristal que se quebró por el peso de sueños acumulados.

     -Pero he vuelto, mi viejo mar. ¿Crees que me puedas regalar alguna historia para hacer más placentera mi estadía en la soledad?

     -No, mi sirena descarriada. Yo no podré. Ve a donde las palmeras del norte y arranca los cuentos de los pescadores frustrados. Sumérgete en los intersticios de los que escuchan los susurros de los arrecifes de coral, yo te prometo que de ahí surgirán tales relatos que te harán levitar.

      Tuvo miedo, el salitre le resecó el cabello y le marchitó la piel, pero aquello no sería nada grave. Aspiró con vehemencia y anduvo tras la pista que dejaron las plantas de cadillos y se fue siguiendo las huellas del llanto de la viuda que fue la mujer del pescador de pulpos, el que su arpón tuvo el infortunio de chocar con una pieza sólida al errar el ataque del molusco. Aquella pieza era de oro, más la rémoras del tiempo bajo el mar la hacían parecer una barra vieja de metal, que no servía para gran cosa, pero el pulpero la guardó como solía guardar las cosas extrañas que le daban la impresión que tenían historia, y una jiribilla para tener amontonada con tantas cosas que aparecían bajo el agua. Quién habría de pensar que aquella pieza era de oro, y que erróneamente se llegó a precisar que era el tesoro de Moctezuma que nadie había podido encontrar, le costaría tantos días de horror y lágrimas ácidas. Y que sin saber nada del asunto, el hombre encontró más piezas, y otras más. Nunca sabremos si él las encontró al azar o aquel tesoro lo eligió a él para que fuera acusado de ladrón, de un hombre que le robó un gran tesoro a la nación nada más porque no sabía leer y escribir, y esas joyas, lo señalarían para siempre y lo harían infeliz y desgraciado. ¡Cuánta iniquidad, lamentos y desesperación vividos por culpa de las joyas del pescador! 

     Quién sabe por qué, cuando Raúl Hurtado murió, lleno de años y el resentimiento apretujado en el rescoldo de su ser, quiso que se llevaran sus restos en un bote al que él bautizó como: "el tonto siempre fui yo".

viernes, 27 de agosto de 2021

Reto #33 (índice)

 LA ANDRAJOSA

1. Quién es la criatura que puede vivir sin agua

2. Un mundo irresistible

3. De lo maravilloso y otras excentricidades

4. El primer ahogado

5. La sed no existe

6. La sed es moda antigua

7. No morimos ni envejecemos

8. Un pequeño inconveniente

9. Hasta aquí pudimos llegar ¿Aún quieres ser inmortal?

jueves, 26 de agosto de 2021

EL VENADITO Y EL GUAPO (1000 palabras)

 

EL VENADITO Y EL GUAPO

Entre el Guapo y el Venadito había una distancia abismal, aunque los dos eran mis abuelos. Ambos se conocieron hasta que alcanzaron más de ochenta años de edad y no pude percatarme si entre ellos hubo alguna química, lo que sí, es que tenían en común algo que les haría perdurar más allá de su ciclo en el mundo: yo.

El Guapo era un hombre sabio gracias a que, por ósmosis, el chorro de la luz del sol le trasmitió la sapiencia. Vivía labrando la tierra y lo que más amaba era pescar en el mar. Tenía tal habilidad en este campo que los peces se adormecían tras unas palabras que él les transmitía en un lenguaje ignoto; lo peces se dormían antes de ser sacados del agua y no sentían el espasmo de la muerte. Mi abuelo Bardo entendía el lenguaje de las flores que orlaban la vereda que conducía al río; obedecía las indicaciones del viento que le susurraba sus secretos y se ponía en alerta al ataque de los chaneques. Él se autonombró como el Guapo y cuando hubo algún temerario que lo cuestionó al respecto, mi abuelo siempre respondió lo mismo:

―Quién sabe por qué, pero siempre he sido muy guapo.

A mí me aconsejó que hiciera lo mismo y que cuidara mucho el no enredarme en las trampas de la vanidad o la petulancia. El Guapo aseveró que, si de un modo ineluctable nos pondrían un sobrenombre era mejor elegir por uno mismo uno que nos sentara bien. Y por eso él era el Guapo porque lucía galán bajo el sombrero sin importar que no anduviera vestido como un catrín. Calzaba huaraches y ropa repelente al calor. Su sonrisa le adornaba aún más su rostro tostado aunque solo se asomaran dos clavijas por dientes. Sabía tejer la palma y arreglar el tejado para que la casa no se lloviera, y mi abuela no llorara temiendo el grito de los huesos que sentía que se le llenaban de espuma.

Un día enfermó y no entendí por qué.

Con sus conocimientos bien pudo remediarse con la infinidad de yerbas que había en el campo y que él conocía a ciegas de entre tantas otras plantas que servían para dormir, para llorar, para reír o para sanar. Pero no las quiso usar, me dijo que había llegado su tiempo de irse un poco más allá del sol para ver cómo nacían las estrellas, para conversar con la luna y adquirir más conocimientos sobre las mareas que hacían picar a los peces que no estaban en veda. Y de allá del campo lo trajeron a la ciudad.

Acá conoció al Venadito. Se llamaba Pablo y tenía el eco de lo que fue su vida en el sombrero Tardan y el bastón con empuñadura de plata. El Venadito también se autonombró como tal porque dijo que de joven tenía la ligereza de estos hermosos animales astados. Él solo hablaba de bailes emblemáticos donde siempre resaltaba por el fulgor de su cabello tan negro como las noches sin luna, su camisa de seda y su pantalón de casimir, hechos particularmente para la ocasión. El Venadito sabía mucho de minerales. En el anular izquierdo lucía un diamante que parecía que tenía vida propia, él decía que era un gota de agua, carbono puro. A decir verdad, el Venadito no era tan cariñoso conmigo como lo era el Guapo. Pero los sigo amando a los dos.

Le pedí al Venadito que ayudara al Guapo a salir de su apuro, aunque mi abuelo Bardo me asegurara que no tenía ningún problema, y yo le creía, pero también sabía que el Guapo se iba a ir y yo lo quería seguir teniendo aquí.

El Venadito me dijo que consultaría a su amigo Víctor Hugues.

Lo conoció cuando él venía huyendo de España de la persecución del franquismo y el terror al fascismo. Vio al señor Hugues en un barco hecho de telarañas que lo saludó con mucha cortesía.

―Je suis Victor Hugues, et je serai ton ami pour toujours.

Dice el Venadito que así le dijo. El guapo y yo le preguntamos qué significaba eso que nos dijo arrastrando la «r» de modo cómico y él nos explicó que le habló en francés y le prometió que sería su amigo por siempre. Esto me invadió de esperanza y le imploré a mi abuelo Pablo que le dijera a su amigo que nos considerara por esta vez, que yo le estaría por siempre agradecido. Me convertiría en el grumete de su embarcación que andaba por el océano de la eternidad que se sostenía mágicamente con sus velas hechas por arácnidos, pero que convenciera a los duendes que pretendían emboscar al Guapo para que no se lo llevaran. Vi cuando mi abuelo Bardo le guiñó un ojo al Venadito. Sé que querían tomarme el pelo y no iba a ser tan fácil, yo ya era grande, tenía doce años e iba a seguir los pasos del Guapo, iba camino a la sabiduría más que las empuñaduras metálicas y los pedazos de carbón del Venadito.

Una mañana mi abuelo Pablo no despertó. Yo lo sacudí frenéticamente y le reclamé que se hubiera ido sin antes hablar con don Víctor Hugues. El guapo me sacó de mi error. Me informó con su juicio correcto que no había despertado precisamente porque se había internado en la densa penumbra del lado oscuro del espejo de su armario para hablar con el señor Hugues. Y volví a creerle al Guapo que también se quedó dormido para siempre unos días después del Venadito.

Algún día creceré y podré viajar en un cohete de sueños hasta donde hoy habitan mis abuelos; son un par de estrellas brillantes que titilan con efervescencia cada vez que busco respuestas a mis preguntas, y oteo el cielo y allá están. El Venadito sin el Tardan y sin el bastón y el Guapo sin el sombrero de paja… ya prontito voy a con ustedes.

 

 

viernes, 20 de agosto de 2021

Reto #32 NO ERA AMALGATOFILIA

 NO ERA AMALGATOFILIA.

La desvistió con pasión contenida, pero no esperó que las luces rojiazules de la torreta de una patrulla lo congelaran de horror. Se quedó inmóvil deseando que su cuerpo se mimetizara con el cuerpo de ella. La densidad de la noche le oprimía más la ansiedad, cerró los ojos apretándolos tanto que al abrirlos una ligera capa blanquecina lo encegueció, tendría que esperar a que los globos oculares se relajaran de aquella presión a los que los sometió por lo que pensó que debía darse tiempo. Pero desafortunadamente aquella patrulla policiaca seguía merodeando. Era de esperarse, la falla eléctrica había afectado toda la zona.

       La calma que volvió a él le regaló una tibieza interior, hasta las manos que parecían haberse tensado por el frío que golpeaba toda la ciudad adquirieron la temperatura ideal para hacerse más ágiles. 

     El vestido era verde, y lo había bajado hasta la altura del pecho. Claramente  podía ver la curvatura pétrea del seno izquierdo. El asunto se le estaba complicando mucho, pero no renunciaría. El cuerpo de ella esta helado, se veía tan ajena a todo, tan indiferente al afán de él, y quizá, es que ella era consciente de su belleza con sus curvas bien delineadas; perfectas. Él se encontraba tan excitado que el sudor le había perlado la frente y un hilo glacial le bajó lentamente por la espalda; un repeluzno le erizó la piel. Se encontraba en una posición realmente incómoda. 

       La glorieta estaba desierta, por eso creyó que no sería tan complicado, pero se equivocó. Arrancar ese vestido verde le podía costar la libertad, o quizá la vida. La camisa la tenía pegada a la espalda por el sudor, el viento ululaba incesante y, ¡ahí estaba otra vez la maldita patrulla! Dio una vuelta a la glorieta y volvió a alejarse. Debía darse prisa. Era imperante quitarle el vestido a esa Diana de los mil demonios. Y ella tan fresca, que decir, fresca, toda ella era un maldito témpano. Pero tendría que ganar aquella apuesta: ¡eran dos mil dólares si lograba su cometido!

       En la oficina del ministerio público, el hombre con las manos esposadas, confesó que debía entregar ese vestido verde faltando un minuto antes de las cinco de la mañana. No revelaría el nombre de los que vistieron a la Diana Cazadora, rogó que por lo menos le devolvieran el vestido para que lo entregara a los que le pagarían lo de la apuesta, aún estaba a tiempo. Si le otorgaban ese permiso, del dinero obtenido pagaría la multa y hasta les daría un poco más. Pero la negativa fue contundente: quedaría detenido por daño al patrimonio cultural establecido en el artículo 52 de la Constitución, aparte de ser sospechoso de ser agalmatofílico, por lo que sería llevado a una institución para ser evaluado psiquiátricamente.

jueves, 19 de agosto de 2021

BIOGRAFÍA (del libro Sacrificios Humanos de María Fernanda Ampuero)

 Qué imprudente, qué loca, dirán, pero quisiera que me vieran sin documentos en un país extranjero contando y alisando los pocos billetes para poder pagar la habitación y comprar una barra de pan y un café solo. La desesperación e internet se juntan, se montan, paren crías monstruosas, barbaridades. En las páginas de búsqueda de empleo escribía todas las opciones de trabajo que le podían dar a alguien como yo. Limpiar, cuidar, cocinar, lavar, coser, vender, repartir, clasificar, recolectar, apilar, reponer, cultivar, atender, vigilar. Llamaban y preguntaban de inmediato por los papeles. –Estoy tramitando mi permiso de residencia. –Llámenos cuando lo tenga. –¿Papeles en regla? –Todavía no. –Aquí no empleamos ilegales. Así todos los días. La angustia me trepaba por el cogote como una criatura negra, helada, crujiente, con aguijón. ¿Conocen a ese animal? Es difícil explicar cómo hace su nido en tu espalda. Es como morir y quedar viva. Como intentar respirar debajo del agua. Como estar maldita. En estas circunstancias escribir es la cosa más inútil del mundo. Es un saber ridículo, un lastre, una fantochada. Escribana extranjera de un mundo que la odia. Una tarde después de no sé cuántos anuncios para ofrecerme como cuidadora, niñera, limpiadora, cocinera y escuchar que sin papeles no, que no empleaban ilegales, decidí publicar una ridiculez.

¿Crees que tu historia es digna de un libro pero no sabes cómo contarla? ¡Llámame! ¡Yo escribiré tu vida! No pensé que ese mensaje, con sus signos de exclamación, fuera a interesarle a nadie. A la hora sonó mi teléfono. Número desconocido. –Tengo una historia que el mundo debe conocer. Se llamaba Alberto. Dijo que vivía en un pueblo del norte, que pagaría lo que le pidiera, que no podía darme más detalles por teléfono y que tendría que viajar al día siguiente si me interesaba el trabajo. Después de un silencio que ninguno rompió, pedí mucho dinero porque esa voz me daba miedo, porque tendría que atravesar un país que no conocía y porque pensé que pagar esa cifra a una desconocida, a una extranjera desconocida, lo haría desistir. –En este momento te envío una parte. El que dejara de tratarme de usted me asustó. Esa familiaridad que a veces adoptan los hombres mayores y que no sabes si es porque te ven como a una hija boba, porque te quieren meter mano o por ambas cosas. Al poco de ser inmigrante, mi jefe en el locutorio, el que decía que yo le recordaba a su niña allá en su país, había intentado violarme en una de esas cabinas de teléfono donde otros y otras como yo lloraban a sus muertos o consolaban a sus vivos. Al ver que me resistía, me estrelló la cabeza contra un teléfono. Con la boca llena de sangre me giré, grité, le escupí. Salí corriendo semidesnuda por las calles recién lavadas y nadie llamó a la policía porque en ese barrio todos sabían que lo que de verdad castigaba la policía era estar sin papeles, no ser violador. Mi jefe tenía los papeles en regla y la que estaba en problemas era yo. Véanme, véanme. Corro calle abajo sin un zapato, la blusa abierta, el sostén roto, la falda arrebullada en la cadera.

Véanme, véanme. Grito como si hubiera escapado de una explosión, el fuego todavía prendido en el pelo, soltando al aire la chamusquina de la carne, los dientes tintados de sangre negra. Grito que me muero, que me matan. Vean a mis vecinos, callados, a los lados de la calle. La procesión de Nuestra Madre de las Extranjeras, virgencita sin pompa, la que importa una mierda. Lloré en la ducha con la sangre ensuciando el agua como en las películas y al día siguiente empecé a buscar otro trabajo. No cobré los días del locutorio. Cuando el tal Alberto me envió el adelanto, una fortuna para mí, quise gritar de alegría, pero algo me dijo que no lo hiciera. Las inmigrantes indocumentadas guardamos los billetes de colores desconocidos cerquita del pecho, los calentamos con el corazón como a hijitos. Así los hemos parido también, con un dolor que abre en dos, que el cuerpo no olvida. Pensé hasta que me dolió la cabeza en mis opciones. Le pregunté a la mujer que me alquilaba un espacio en su salón para dormir, mi única conocida en la ciudad, mi compatriota, y me dijo que sí, que era peligroso, de hecho peligrosísimo, pero que peor era dormir en la calle. –Vea mija, cuando se emigra uno sabe que va a lo peor, como a la guerra. Uno no emigra si va a andar con miedos. Apriete bien los dientes y apriete bien las piernas y haga lo que tenga que hacer: verá que ya mismo es primero de mes. Ese día, con lo que envió el tal Alberto, me sentí humana por unas horas. Mandé dinero a casa, hablé por teléfono con mis padres y les dije que besaran a mi niña por mí, entré a un supermercado y compré carne y fruta fresca, me tomé un café sentada en la terraza de un bar como cualquier mujer.

Después el miedo me manguereó con su agua de ácido. En casa comí asustada, como comen los perros callejeros. Por la noche me subí en un autobús rumbo al norte. En el camino, no sé a qué hora, me dormí. Soñé que un pavo se había colado en el cuarto de mi hija y le estaba picoteando la mollerita. Supe de inmediato que el pavo era un demonio y que los demonios se alimentan de los pensamientos puros de los bebés. Quise gritar, pero no tenía boca. Los gritos resonaban en mi cabeza, todo por dentro, como una maraca, haciendo que el corazón me creciera y me creciera hasta casi no poder respirar. No tenía piernas. Tampoco tenía brazos para agarrar a mi bebé y llevármela lejos del pavo. No era una persona, era un ojo, un ojo que lloraba leche sanguínea, de teta infectada, sobre mi hija. El pavo se dio la vuelta, me miró. Su cara era mi cara. Me gritó corre. –¡Corre! Me desperté con mi propio grito y la mujer de al lado me miró con rabia y se cambió de lugar. Extranjera, pensó. Son tan raras, pensó. Seguro que está enferma, pensó. Le di asco. Esperándome en la estación había un hombre que no era el tal Alberto, sino alguien que, dijo, era discípulo del maestro Alberto. Era anciano o lo parecía: no tenía dientes y me llegaba a los hombros. Llevaba pantalón y camisa negros y una especie de capa de paño con capucha que lo hacía ver extrañísimo entre tanta gente con chaquetas acolchadas. Se me pasó por la cabeza decir que iba al baño, comprar un boleto de regreso y olvidarme del asunto, pero la otra mitad del pago me hizo quedarme. ¿A qué he venido si no es a ganar dinero? ¿A qué he venido si no es a poner el pecho? ¿A qué he venido si no es a intentar sobrevivir a la paliza?

Las mujeres desesperadas somos la carne de la molienda. Las inmigrantes, además, somos el hueso que trituran para que coman los animales. El cartílago del mundo. El puro cartílago. La mollerita. Pensé en mis padres a miles de kilómetros esperando las transferencias para empezar a pagar la deuda de mi viaje y para dar de comer a mi niña. Por supuesto que sabíamos que los chulqueros son bestias peligrosas que facilitan todo hasta que estás en aprietos y entonces te devoran vivo, pero también sabíamos que quedarse en el país era aún más insensato. Nos dolarizamos, nos fuimos a la mierda: que cada familia sacrifique a su mejor cordero. Habíamos escuchado historias de emigrantes deudores a los que llamaban esas voces terroríficas a decirles que en ese instante estaban viendo a su hijita jugar en el parque y qué bonita es tu hijita con sus trencitas, ha de oler rico, ya está grandecita, ¿no? Parece una flor. Viajé con el anciano media hora en ese coche largo y negro. Yo estaba demasiado asustada para conversar y él parecía no estar ahí, como el conductor pintado en un carro de juguete. Dejamos atrás el pueblo, las estaciones de servicio, los polígonos industriales y avanzamos por una carretera secundaria abandonada hasta el final, el bosque. Ahí descubrí que mi teléfono no tenía señal. Ahí estaba la casa del tal Alberto. La casa era casi bonita, de piedra blanca con techo rojo y un montón de girasoles en la entrada. A un lado había jaulas de conejos y gallinas y un pozo. Tenía una chimenea de la que salía humo y una parrilla de ladrillo para hacer asados. Recordé a aquellos que se dejaron tentar con las ventanas de azúcar desde las que miraba, golosa, la caníbal.

Alberto salió a recibirme con un dóberman a cada lado. De niña yo había tenido una dóberman llamada Pacha a la que alimentaba con flores, hojas, cualquier cosa que encontrara. Era dócil y tierna hasta que un día no lo fue. Le arrebató a mi hermana bebé un pan de dulce y dos deditos de la mano derecha. Esa tarde mi papá amarró a la Pacha, le dio de comer, le acarició el lomo suave como seda negra y luego le disparó en la cabeza. Yo lo vi todo desde la ventana. Le pregunté a Alberto si los perros eran bravos y me dijo que sí. Cuando me di la vuelta para despedirme del anciano ya no estaba el carro, ni siquiera el polvo que debía haber levantado al arrancar. Durante unos segundos Alberto y yo nos miramos, nos reconocimos. Véanme, véanme. Frágil como cuello de pollo. Una mujer extranjera con una mochila a la espalda frente a un hombre desconocido con dos perros enormes y feroces en lo más remoto de una ciudad remota de un país remoto. Véanme, véanme. Poquita cosa para el mundo, sacrificio humano, nada. Aquí no me escucharán gritar. Aunque me estallen las cuerdas vocales, aunque grite hasta desgarrarme por dentro, no me escucharán. Nada más los árboles, el bello cielo de invierno, pero bajo los árboles y bajo los cielos más hermosos ocurren cosas espantosas y ellos siguen ahí, inconmovibles, ajenos, suyos. Las que se comieron las hormigas, las que ya no parecen niñas sino garabatos, las muñecas descoyuntadas, las negras de quemaduras, los puros huesos, las agujereadas, las decapitadas, las desnudas sin vello púbico, las despellejadas, las bebés con un solo zapatito blanco, las que se infartan del terror de lo que les están haciendo, las atadas con su propios calzones, las vaciadas, las violadas hasta la muerte, las aruñadas, las que paren gusanos y larvas, las mordidas por dientes humanos, las magulladas, las sin ojos, las evisceradas, las moradas, las rojas, las amarillas, las verdes, las grises, las degolladas, las ahogadas que se comieron los peces, las desangradas, las perforadas, las deshechas en ácido, las golpeadas hasta la desfiguración. Ellas, todas ellas, pidieron ayuda a dios, al hombre, a la naturaleza. Dios no ama, los hombres matan, la naturaleza hace llover agua limpia sobre los cuerpos ensangrentados, el sol blanquea los huesos, un árbol suelta una hoja o dos sobre la carita irreconocible de la hija de alguien, la tierra hace crecer girasoles robustos que se alimentan de la carne violeta de las desaparecidas. Si salgo corriendo Alberto soltará a los perros. ¿Quién les avisará a mis padres? ¿Me encontrará alguien algún día? ¿Crecerá mi hijita pensando que su madre la abandonó? ¿Perdonarán nuestra deuda los chulqueros? Véanme, véanme. Con miedo de demostrar miedo. Que Alberto me vea asustada puede ser el detonante, el fósforo, el cortocircuito: ¿por qué tan nerviosa? ¿Te asusto? Ahora verás, puta de mierda, lo que es miedo de verdad. Véanme, véanme. Finjo aplomo y sonrío. Él no me devuelve la sonrisa. Pregunté el nombre de los perros y murmuró algo que no escuché, pero no me atreví a preguntar de nuevo. Aprendí muy chica a no importunar al hombre enojado, al hombre bebido, al hombre desconocido, al hombre. Aprendí a no decir esta boca es mía porque nunca lo ha sido.

Entró a la casa y lo seguí. ¿Por qué? El corazón de un inmigrante es un pájaro entre dos manazas. Debo comer. Debo dar de comer. Debo ser comida. Cuando él cerró la puerta con pestillo se me erizó una parte del cuerpo y la otra se me volvió de plomo. El corazón se recogió como si lo estuvieran sellando al vacío. Los labios se me pegaron a las encías. Tragué vidrio molido. Casi no podía respirar. Véanme, véanme. Y óiganme. Me digo a mí misma: no pasa nada, boba, ya verás. Vas a escuchar la historia que este hombre te cuente y luego te llevará a la estación, te subirás al bus y dormirás delicioso. Tendrás dinero para mandar allá. La niña podrá estrenar un vestido, mamá podrá hacer cazuela de camarón, tú existirás con todo el cuerpo. Existirás, boba, existirás. La casa por dentro era oscura y olía a comida vieja, a algo con col que se cocinó hace mucho y se fermentó, a ventilación pobre, a desaseo, a vicio. Casi no había muebles ni cuadros ni espejos. Parecía una casa abandonada, una guarida. Le pedí a Alberto el teléfono y me contestó que no lo había pagado y lo habían cortado. También la electricidad. Sentí como si hubiera pisado una mina terrestre, escuché en mi cabeza el ruido del percutor, click. Me paré sobre la trampa, esa que hace que los animales del bosque se mastiquen la propia pata para huir y se desangren en el camino. Un fogonazo de terror me cegó unos segundos y, al abrir los ojos, lo miré buscando una compasión, una disculpa, una comprensión del terror de una extranjera sola quién sabe dónde quién sabe con quién. No había ninguna. Nada. ¿Cuánto tiempo hay que fingir que todo está bien hasta reconocer que estás infinitamente jodida y que lo sabes? ¿Cuánto debes esperar hasta inten

intentar alcanzar un cenicero, un atizador, un florero para estampárselo en la cabeza? ¿Cuánto de prudencia puede demostrar un animal amenazado? ¿Y una mujer? Véanme, véanme: mantengo mis modales ante las fauces abiertas de la bestia, caigo con gracia de princesa al abismo, me trago el vómito negro para decir ah ya, es que quería avisar que todo está bien. Mi voz de ratita me llenó de asco. Nos sentamos alrededor de una mesa de madera bruta, él en la cabecera. Saqué mi grabadora, mi cuaderno y, mientras hacía algo que interpreté como rezar: ojos muy cerrados, brazos abiertos, palmas al cielo, miré alrededor. Había pintadas en la pared. Gordos brochazos de pintura roja y brillante con palabras de la Biblia: ¡Arrepentíos! Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. ¡Hemos pecado! ¡Hemos obrado perversamente! ¡El fin está cerca! ¡Él volverá! Los ojos se me llenaron de lágrimas y, en lugar de correr, de gritar, de patalear, de decirle qué mierda es esto, puto loco, maldito psicópata, ahorita mismo me voy, saqué un paquete de pañuelos de papel y fingí sonarme la nariz. De pronto, sin previo aviso, sin levantar la cabeza, empezó a hablar como para sí mismo. Yo aplasté al apuro play y rec. Su voz sin inflexiones, plana como un conjuro, sonaba como lijar madera. Arrancó con su infancia pobre en la ciudad, con esa hambre tan enceguecedora que los obligaba a él y a su hermano gemelo a cazar ratas o palomas para masticar algo más que pura miseria, para callar al monstruo de la tripa, de los juegos con piedras y latas de cerveza vacías, de los sueños con helados, juguetes, fresas y nata dulce que terminaban al despertar en su catre inmundo, la pesadilla. Habló de la violencia, de su padre masacrando a su madre, su madre sangrando por todos lados, su madre renga, su madre devota, su madre sorda de un oído, su madre sin dientes. Su madre, la dolorosa. Él y su hermano se masturbaban el uno al otro para no sentir. Después se golpeaban con los puños el cuerpo, la cara, los genitales. Se asfixiaban con bolsas plásticas, se cortaban con cuchillas, se arrancaban las uñas, se rapaban las cabezas cortando cuero cabelludo, se hacían tatuajes chuecos y perversos con agujas y tinta, se quemaban la piel. Después encontraron el pegamento, los vicios, la prostitución. Contó que él y su hermano, cada día más grandes, cada día más hombres, cada día más siniestros, tomaron la decisión de matar al padre la siguiente vez que le diera una paliza a la madre. Hicieron puñales con latas y maderas afiladas y los guardaron bajo la cama. El padre no volvió a pegar a la madre porque no regresó nunca más. Él y su hermano terminaron la infancia ese día: los hombres de la casa no pueden soñar. Habló de que era un adicto en recuperación, que el amor de su vida habían sido las drogas y que por ellas se envileció más allá de lo que podía contar. Las había consumido todas hasta aquel incidente con su madre. La mujer estaba ya muy enferma cuando él y su hermano decidieron robarle, una vez más, los poquitos billetes que le daba la beneficencia y las medicinas que tomaba para el dolor. Compraron droga, bolsitas de una mierda asquerosa que calentaban en una cuchara y se inyectaban en los brazos ya casi sin venas. Se quedaron dormidos en una esquina con los otros yonquis. No soñaron. Esa noche, sola, sin medicación, en medio de unos dolores que le hacían dar alaridos de ultratumba, agitándose como poseída, masticándose la lengua, los ojos salidos de las órbitas, las manos crispadas como ramas, la madre murió. Ellos volvieron a casa surcando cielos púrpuras, goteando sangre de los brazos, cantando dulces nanas para niños muertos. Una vecina había llamado a los paramédicos. Al llegar en la ambulancia, les parecieron actores de una comedia de la tele. Todo les resultaba graciosísimo, sobre todo el gesto de la madre muerta con la mandíbula desencajada y los ojos abiertísimos. Mamá, qué graciosa, qué caras haces, mamá. Le dieron besos y abrazos. Cuando los paramédicos estaban por sacarla de la casa, decidieron encerrarse con llave. ¿Por qué se la quieren llevar esos payasos si ella está de lo más feliz? ¿Verdad mamaíta que estás más feliz que nunca? Mientras llegaba la policía a tirar la puerta abajo, la vistieron con un vestido de florecitas, bailaron con la madre muerta, le pusieron una flor de plástico en el pelo, le movieron los brazos para que danzara con coquetería, le dieron vino y cigarrillo. Es la última vez, mamaíta, le dijeron. Perdona por lo de las pastillas, no lo volveremos a hacer. Pero mira qué estupenda estás, si ya no las necesitas. Baila mamaíta, baila. Entonces la madre muerta les agarró los brazos con tal fuerza que les dejó unas marcas moradas por varias semanas. Alberto se apretó las muñecas como si aún le dolieran y después de un largo silencio le salió un hilo de voz. –Nos miró y nos dijo que si nos volvíamos a drogar vendría a matarnos. En ese instante los embistió la sobriedad y se dieron cuenta de que habían estado profanando el cuerpito decadente de la madre.

los otros yonquis. No soñaron. Esa noche, sola, sin medicación, en medio de unos dolores que le hacían dar alaridos de ultratumba, agitándose como poseída, masticándose la lengua, los ojos salidos de las órbitas, las manos crispadas como ramas, la madre murió. Ellos volvieron a casa surcando cielos púrpuras, goteando sangre de los brazos, cantando dulces nanas para niños muertos. Una vecina había llamado a los paramédicos. Al llegar en la ambulancia, les parecieron actores de una comedia de la tele. Todo les resultaba graciosísimo, sobre todo el gesto de la madre muerta con la mandíbula desencajada y los ojos abiertísimos. Mamá, qué graciosa, qué caras haces, mamá. Le dieron besos y abrazos. Cuando los paramédicos estaban por sacarla de la casa, decidieron encerrarse con llave. ¿Por qué se la quieren llevar esos payasos si ella está de lo más feliz? ¿Verdad mamaíta que estás más feliz que nunca? Mientras llegaba la policía a tirar la puerta abajo, la vistieron con un vestido de florecitas, bailaron con la madre muerta, le pusieron una flor de plástico en el pelo, le movieron los brazos para que danzara con coquetería, le dieron vino y cigarrillo. Es la última vez, mamaíta, le dijeron. Perdona por lo de las pastillas, no lo volveremos a hacer. Pero mira qué estupenda estás, si ya no las necesitas. Baila mamaíta, baila. Entonces la madre muerta les agarró los brazos con tal fuerza que les dejó unas marcas moradas por varias semanas. Alberto se apretó las muñecas como si aún le dolieran y después de un largo silencio le salió un hilo de voz. –Nos miró y nos dijo que si nos volvíamos a drogar vendría a matarnos. En ese instante los embistió la sobriedad y se dieron cuenta de que habían estado profanando el cuerpito decadente de la madre.

(Pueden comprarlo en físico o cualquier plataforma digital)

Muy recomendable. 



viernes, 13 de agosto de 2021

RETO #31: TRATANDO DE ENCAJAR(nuevos verbos) aunque yo sí los he usado en mis relatos

 Ahí estaba, tratando de ribetear la bastilla deshilachada que dejó en su último empleo de donde fue despedido. Sonreía requintando los labios y mostrando los dientes sin sentir ninguna simpatía porque denostaba a toda esa gente en las nuevas oficinas donde hervía el elitismo disfrazado de inclusión aunque el esnobismo salpicara al de enfrente al hablar. Pretendía embaírlos de que él, era una persona "nice", se repetía: "sé nice Alberto, tienes que, por lo menos, parecer nice". Le crispaba el talante el hecho de fingir que entendía el idioma de todos ellos que en cada frase, vienese al caso o no, remataban con la palabra "wey". 

     -Yo le dije eso a mis chavos, wey, conmigo contarán siempre, wey, es que, los amo, wey, les compro todo lo que quieren, wey.

      Maldijo la hora en que desovaron a esos mequetrefes, y a su vez, atiborraron al mundo con más sabandijas que no solo remataban con la palabra "wey" sino que solían decir: "todes seremos contemplades para la beca, ricos o pobres, wey" ¡Cuánta iniquidad! ¿Pretendían arrebujarse haciendo un amasijo entre los de abajo y los de arriba? Aquello era la oda a la hipocresía, si no, ¿qué demonios hacía él ahí emulándolos y rubricando en cada frase la palabra "wey"?

     Necesitaba medrar en ese campo minado, y debía andarse con tiento no fueran a descubrir la impronta de su pasado; ladraría como ellos, miaría como ellos, si acaso en un momento dado, escamotearía su sentir con respiraciones relajantes a la vez que abjuraría por haberse atrevido  a intentar  mimetizarse con aquella basura que se solazaba en la poltrona de la mediocridad, pero así eran las reglas.