lunes, 20 de junio de 2022

RETO 19 (MEA CULPA)

 Lamento no lamentarlo.

Estaba en emergencias, debían transfundirme sangre. Nunca antes recibí sangre. Sentí el peor de los miedos. Veía gente grave por todos lados, yo era la menos, pero me reportaban muy delicada.

    No quería morir.

    No ahí; ese lugar tenía el piso manchado de sangre, no había tiempo para la asepsia. Estaba nuy frió. Patético.

    Menos mal que no tenía ningún dolor, ninguna herida. Mi diagnóstico era anemia severa. Tenía 4 puntos de hemoglobina, lo normal es 12. Un fallo cardiaco me estaba respirando en la nuca.

    Era tiempo de ponerme en paz, por si acaso.

    Lloré tan genuibamente que quedé exangüe. Aun así, podía escuchar las canciones desde una radio portátil. La música se mezclaba con los gritos de los enfermos. En medio de aquella barbarie sonora, hablé con alguien que presumí era superior a mí.

    Dije la verdad: he matado.

    Interrumpí un embarazo hacía dos décadas y hasta ese momento tomé consciencia de aquel acto. Fui muy honesta, hablé desde mi débil entraña: sentía profundamente el no lamentar el hecho, y Dios debía entender por qué. El sabía mi problema.

    No sabía si era un acto de contrición o de atrición.

    Pero si Él lo sabe todo, sabe que ne siento culpable de no sentir culpa.

    Después de eso, me abandoné a mi suerte por los abismos de la inconsciencia, pero con mucha fe.

LG. 

viernes, 17 de junio de 2022

Sobre lenguaje

 BUENAS...SOBRE IGNORANTES, IGNORANTAS E IGNORANTOS (carta de una profesora con acertadísima y lapidaria frase final).


Tengo 60 años y he tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos que primaban el esfuerzo y la formación de los alumnos por encima de las estadísticas de aprobados y de la propaganda política.


En jardín (así se llamaba entonces lo que hoy es "educación infantil", mire usted) empecé a estudiar con una cartilla que todavía recuerdo perfectamente: la A de "araña", la E de "elefante", la I de "iglesia" la O de "ojo" y la U de "uña".


Luego, cuando eras un poco mayor, llegaba "Semillitas", un librito con poco más de 100 páginas y un montón de lecturas, no como ahora, que pagas por tres tomos llenos de dibujos que apenas traen texto. Eso sí, en el Semillitas, no había que colorear ninguna página porque para eso teníamos cuadernos.


En Primaria estudiábamos Lengua, Matemáticas, Ciencias. En 6º de Primaria, si en un examen tenías una falta de ortografía del tipo de "b en vez de v" o cinco faltas de acentos, te bajaban y bien bajada la nota.


En Bachillerato, estudié Historia Local y Universal, Latín, Literatura y Filosofía.


Leí El Quijote y el Lazarillo de Tormes; leí las "Coplas a la Muerte de su Padre" de Jorge Manrique, a Garcilaso, a Góngora, a Lope de Vega o a Espronceda. 


Pero, sobre todo, aprendí a hablar y a escribir con corrección.


Aprendí a amar nuestra lengua, nuestra historia y nuestra cultura. Y.. vamos con la Gramática.


En castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales.

El participio activo del verbo atacar es "atacante";

el de salir es "saliente"; el de cantar es "cantante" y el de existir,  "existente".


¿Cuál es el del verbo ser? Es "ente", que significa "el que tiene identidad", en definitiva "el que es". Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación "ente".


Así, al que preside, se le llama "presidente" y nunca "presidenta",independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.


De manera análoga, se dice "capilla ardiente", no "ardienta"; se dice"estudiante", no "estudianta"; se dice "independiente" y no "independienta"; "paciente", no “pacienta"; "dirigente", no dirigenta"; "residente", no "residenta”.


Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (los hombres que ejercen el periodismo no son"periodistos"), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española ? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).


Les propongo que pasen el mensaje a vuestros amigos y conocidos, en la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no "ignorantas semovientas", aunque ocupen carteras ministeriales).


Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto, el gasisto, el trompetisto, el violinisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, el machisto y el feministo. 


Porque no es lo mismo tener "UN CARGO PÚBLICO" que ser "UNA CARGA PÚBLICA".


Lamentablemente la gente no piensa ni razona en su mayoría,repite como lorito porque si lo dice un Ministro o una persona que es de su partido político entonces debe estar bien dicho.

Lamentable......(Tuzky)

Tengan ustedes un día maravilloso !!!

Pensar es gratis aún....

Ya llegó quien anda ausente.

 Queridos compañeros:

No he estado presente en casi nada. He trabajado mucho. Estuve metida en una serie e hice capítulos para Azteca y Tele, ustedes saben. Ni siquiera los he podido editar. Recurrí a Cruz, (una asistente que tuve), y en los tiempos duros de la pandemia se fue a su casa y nosotros nos confinamos acá. 

También les tengo la noticia que ya terminé de escribir mi novela. No sé cuánto le llevará a Lorena dictaminarla porque ella también está escribiendo. Por eso no participé en todos los retos. 

Claro que estoy leyendo, (eso no podría dejar de hacerlo, leo desde los 9 años). Solo que cuando (como actriz) analizo un personaje, no me puedo distraer con nada. 

Pero por hoy sigo aquí.

Estoy haciendo la escaleta de un nuevo escrito. Estamos en "las discusiones" de la portada de "fue en un cabaret", (anoche me dormí tarde tratando de hacer un boceto del diseño), pero ustedes saben que la última palabra la tiene la editorial.

Les saludo y les abrazo con mucho cariño. Gracias por sus comentarios en el reto. Me motivan mucho.

Love. Lety. 

lunes, 13 de junio de 2022

TANTO PEDIR AL CIELO (RETO #18 2022)

 

Tanto pedir al cielo que se nos ha venido encima. Creo que sigo vivo... Sí, lo estoy. Empujaba el carrito con unas botellas de aceite y de pronto ya no supe más de mí. Creí que soñaba cuando abrí los ojos y vi la iglesia de los Testigos de Jehová, pero recuerdo perfecto que junto a ese edificio estaban una farmacia y una óptica; ahí compré mis lentes. ¡Mis lentes! No traigo mis lentes, es eso, no me ubico porque no traigo mis lentes.

 

Dije que iba al supermercado. Dejé mi carro en la calle lateral de la iglesia de los protestantes, pregunté en la farmacia por un medicamento que no compré porque no tenían sistema, dije que volvería en un rato.

 

Ahora trato de encontrar la farmacia y creo que debo encontrarla si repaso las calles de mi memoria rota, estoy mareado y por eso es que no la encuentro. Está en el otro costado de la iglesia, si no es en uno es en el otro, pero no entiendo por qué tampoco está la óptica. Es la que más me hace falta, al fin que la medicina la podría comprar después.

 

Con los retazos de mi mirada observo y me veo sentado, recargado en una pared húmeda. Hay gente junto a mí, pero parece que están dormidos, aunque escucho murmullos que de este lado están los muertos. Ahí me confundo. El agua se mueve, me toca las plantas de los pies y me hace tiritar. Es agua puerca con residuos flotantes de basura: barbijos, botellas de plástico, y no sé qué más.

 

Si estaba en el supermercado en el área de comestibles, no sé por qué solo me acuerdo de las botellas de aceite, tenía que comprar atún; quizá si lo compré. Estoy en mejor estado que los que me rodean, pero por más que visiono no sé por qué la iglesia no tiene el letrero: “Dios es Amor”, a menos que se trate de otra iglesia, pero eso sería imposible. Es la misma iglesia porque sí veo mi carro, entre un amasijo de troncos y hojas veo su color bermejo y hasta distingo el brillo del rosario de piedras que cuelga del espejo retrovisor.

 

Empiezo a entender cuando una ráfaga de luz me quebró la frente. Alguien grita: “¿Necesitan ayuda?” Yo respondo que la necesito, porque no sé realmente qué está pasando al momento en que voy nadando en las aguas negras, voy a buscar la óptica, necesito unos lentes y escucho que una tromba derrumbó el techo del supermercado y tiró árboles que derrumbaron algunos edificios. Oré para que lloviera, oré tanto, que se nos vino el cielo encima. Ahora tendré que rezar por encontrar la óptica, o bien, si encuentro la farmacia primero compraré un somnífero, tal vez dormir profundo me venga bien.

*UN ABRAZO A LA GENTE QUE NO LO PASÓ BIEN EN EL DERRUMBE DEL TECHO DE UN CENTRO COMERCIAL Y DE LA ENTRADA DEL METRO MIXCOAC.

 

 

 

 

sábado, 4 de junio de 2022

LA OTRA SANTA

 Compañeros, les comparto uno de los cuentos de la colección "FUE EN UN CABARET" que ya está en la editorial. He sido muy afortunada de haberlos conocido, como también he sido arropada por el Altísimo. No claudiquen, sigan adelante y van a alcanzar sus metas. Si yo pude, ustedes también.

                LA OTRA SANTA



Alguien me dijo que la verdadera soledad es aquel sentimiento con el que algunos seres humanos no pueden lidiar, y sienten la necesidad de llenar ese vacío con muchas cosas: alcohol, drogas, música, amigos… Era el caso de esas mujeres que pululaban en el cabaret con la sonrisa maquillada y el pecho desmadrado por dentro, las que cada que se miraban al espejo, este se fracturaba al mismo tiempo con ellas. Se agobiaban con una lluvia de preguntas a las que no encontraban la respuesta y eran una total contradicción: sonreían al tiempo que las lágrimas negras del maquillaje surcaban sus mejillas. 

Sonreían y a veces rompían la delicadeza con carcajadas estruendosas; las oía cantar a gritos como desquiciadas, las sentí llorar a la callada haciendo un ronroneo de gatas menesterosas. 

De todo ese ramillete de damiselas nocturnas, Perlita era la que se destacaba, por algo llevaba ese nombre; tenía toda la magia misteriosa de una joya que nace en las profundidades del océano. Era tan blanca como si la luna le hubiese compartido parte de su fulgor, tan pequeña que podía caber en la palma de mi mano, tan frágil que yo nunca le hubiera gritado por temor a que se rompiera, pero el Pepe, ese desgraciado no solo le gritaba: la golpeaba, la humillaba, la prostituía. Hacían un dueto musical; se llamaban El dueto Matamoros.

Me sentía como un manco inservible cuando en vez de aporrear las teclas del piano, no le sorrajaba sus buenos madrazos a Pepe toda vez que él jalaba de los cabellos a Perla y le deshacía el peinado, aseverando que la chica no estaba a tiempo cuando ya habían sido anunciados. Ese gusano siempre encontraba motivos para azotarla, lo hacía siempre, siempre, siempre. Y yo ahí, deshaciéndome en cada suspiro por ella mientras ella solo tenía ojos para él. Yo, semejante al Hipólito de Federico Gamboa, solo que sin ser ciego de verdad, pero me tenía que hacer pendejo; como que no veía, como que no oía, como que no me importaba nada mientras tocaba el piano. ¡Tan estúpido yo!

 No sé con qué clase de hechizo él se apropió de la voluntad de Perlita. El Pepe la ofrecía a los clientes como si fuera una vaca y no una muñequita de porcelana, tan cándida, tan tierna y tan tonta. En cuanto al Pepe, lástima de frac, lástima de corbata de moño, lástima de mancuernillas de oro con una esmeralda cada una, lástima de zapatos de charol para vestir a un granuja que no era más que un vulgar padrote.

Y la pobre Perlita que después de cantar tenía que ponerse un vestido largo, mitones de encaje y sobre estos, muchos anillos de oro con piedras de rubí, zafiros, y brillantes. No necesitaba la pieza tosca que se ponía en el cuello, aunque se tratara de oro de verdad y piedras preciosas. Una vez que Pepe se arreglaba con el cliente y cobraba, entonces le quitaba toda la joyería a Perlita y la mandaba a un hotel con el amante en turno. El desgraciado de Pepe miraba su Rolex dorado y les decía que tenían tres cuartos de hora para que Perlita regresara y se preparara para hacer su siguiente presentación. 

Una vez ella regresó al cabaret con el cabello mojado. Pepe la recibió a golpes porque faltaban cinco minutos para su acto y el cabello no lucía bien en esas condiciones. No sé por qué le pegó si ella lo resolvió perfecto usando una peluca. Resultó más complicado tratar de tapar los moretones de la cara con maquillaje, que el asunto que lo empujó a agredirla. Lo hacía por vicio, el muy infeliz, y yo seguí ahí, ciego, mudo, manco. 

Era yo el hombre más feliz a las siete de la noche que se abría la sección del piano bar. Había cinco mujeres que cantaban ahí y entre ellas estaba Perlita. A ella la llegué a acompañar cuando decía en su canto: A todas podrás engañar, a mí ya no, que tú eres actor de verdad que diriges la comedia… Infinidad de veces con el puro pensamiento le pregunté a Perlita por qué no se apegaba a lo que decía esa canción que ella entonaba de modo tan pasional, que no faltó noche alguna que el respetable la aplaudiera de pie. Cuántas ansias de sacudirla para que aquello que entonaba perfecto le entrara por los oídos y le llegara al corazón: regalos, promesas de amor para aquellas que comienzan, tu mentira suena cierta y tu burla me molesta, mejor me voy… Por qué carajos no se iba de su lado si el haragán de Pepe no hacía ni siquiera el intento por disimular que era un vividor inmisericorde. 

Tenía buen porte, era guapo, en efecto, pero eso era nada cuando sus sentimientos eran más negros que las teclas de mi piano. En cambio, Perlita no era propiamente como las teclas blancas, era algo más, era como la sal, como una droga en polvo de una pureza y mortalidad inverosímiles, era como una estrella, inalcanzable, y por lo mismo me preguntaba de qué clase de artilugio se valió el Pepe para espetarla con su arpón de malignidad y ponerla a las brasas de los lujuriosos que la compraban y de toda aquella ganancia la muy ingenua no veía un solo centavo.

A mí ya no, ahí te dejo en tu complejo de gran señor, pues la estrella del reparto aquí soy yo, y te digo adiós…, qué hubiera hecho el infeliz de Pepe si Perlita le hubiese aplicado la frase de esta canción. Y ni falta que le hacía decirle adiós, simplemente irse, dejar que un ventarrón se la llevara bien lejos y la acomodara en un manto verde de pasto, y un poco más allá, un arroyo de agua viva con muchos árboles frutales, por allá por Chimalistac, que ya era una colonia de ricos que preservaron la zona boscosa y mantuvieron limpios los ríos. Eso era lo menos que se merecía Perlita; en ese paraje la visualizaba yo en mis insomnios de mediodía, los peores. Mis tripas reclamaban alimento y yo en un tapanco donde apenas cabía mi cama que se hacía sofá, tenía que levantarme y conectar una parrilla para freírme unos huevos y engañar a esa entraña malévola que gozaba con interrumpir mi sueño. Después ya me era muy difícil volver a dormir y por eso siempre andaba muy cansado. Pero la culpa era toda mía porque a las once de la noche terminaba mi trabajo en el piano bar, y en vez de irme a mi tapanco desmirriado, me quedaba para ver la función del cabaret, bueno, no, qué mentiroso soy, me quedaba para seguir viendo a Perlita. Estaba yo tan enfermo como todas esas infelices que iban dejando regadas las lentejuelas que se caían de sus vestidos y las mismas les iluminaban el camino de regreso a la soledad de su camerino. Me hacía falta abrazar a alguien, pero ese alguien tenía que ser Perlita. Si no me hubiera sobrado cobardía, por lo menos le habría dicho mi sentir, no que, en una de esas, El dueto Matamoros se marchó de ahí y no me enteré de más. Se había esfumado el amor de mi vida en manos de un maniaco, un mequetrefe, una basura. 

El cabaret se convirtió en un agujero pestilente, sin brillo y sin chispa. 

Y no solo yo pensaba así: por algo la clientela bajó y aunque empezaron a tomar medidas, tampoco resultaron porque a ese lugar se le fue su ángel; el ánima de Perlita era indispensable y al irse, las paredes rezumaron su tristeza y se llenaron de moho. El telón se hizo jirones por la falta del hálito de una reina que cantaba: a mí ya no, hoy se acaba aquí la tonta que se enamoró, pues el drama en tu comedia no funcionó, y te digo adiós…

El piano bar funcionó unos meses más, pero una vedette demandó al dueño por falta de pago y ganó el juicio y embargó lo que pudo; entonces se llevaron el piano. Me quedé flotando como una nube en un cielo cuajado de tristeza, aunque no faltó quien me tomara de la mano y me llevara a otro lugar, pero en ninguno me sentí a gusto. Tenía que seguir trabajando; dejé de ser un cuerpo y me convertí en una sombra que tocaba únicamente lo que leía en la partitura. Cuando alguien me reclamaba que no sentía alma en mi música, es que en verdad no la tenía, se la llevó Pepe junto con Perlita, pero qué iban a entender esas insensibles y peor cuando estaban borrachas de tantos desvelos, eran muy parecidas a mí, medrosas de llegar a sus lechos fríos llenos de alacranes. Me encargaba de tranquilizarlas prometiéndoles que a la próxima no tendrían queja y más tardaba en decirlo que en perderme en lo grisáceo de mis añoranzas que me obligaban a vivir por vivir. 

La sacudida que me dio la noticia de que El dueto Matamoros debutaría en ese nuevo cabaret, me puso nervioso. Algo me brincaba dentro de la garganta y no lo podía controlar, me tomé dos copas y eso que hacía mucho que no debía hacerlo, pero fue necesario. Esa vez me preparé a conciencia y resolví dirigirme a Perlita con mis palabras llenas de honestidad, prometí irme de rodillas hasta la villita a ver a la Virgen de Guadalupe, y me pondría a sus pies si intercedía para que un diminuto rayito de sol bañara a Perlita y le iluminara la inteligencia, y se diera cuenta que no se merecía el ultraje que el malasangre de Pepe le acometía. 

Ese viernes de debut el negocio estaba atascado. Era porque la vedete estelar, Lyn May, la mujer de las nalgas siderales y los ojos rasgados también debutaría, y tratándose de una estrella de semejante peso, los más lúbricos llegaron temprano para ocupar los mejores puestos. Querían estar cerca del escenario para lanzar la luz de sus lámparas de bolsillo a la entrepierna de la vedette cuando hacía el split

El dueto Matamoros hizo su presentación a eso de las diez de la noche y mi desencanto no tuvo parangón. Pepe llegó con otra cantante, una mujer lívida con cara de empachada; el sufrimiento lo podía oler a través del perfume de especias que usaba y su canto era de un color metálico que asesinaba las emociones. Su cabeza parecía estar cubierta de broza por el excesivo uso de químicos, quería verse rizada a fuerza: era un desastre. Pepe seguía idéntico y me tomé la libertad de comentarle al gerente que la pareja lucía mal, nada semejante a cuando estaba Perlita, y que dudaba mucho que tuvieran éxito. El gerente estuvo de acuerdo conmigo, no tenía queja de Pepe, pero su nueva acompañante dejaba mucho qué desear. Dijo que no se podía hacer nada porque Perlita había tomado su decisión. 

Necesitaba saber dónde estaba mi amor para ir corriendo a buscarla. Llevaría mis brazos listos para acunarla y rodearla de cariño, eso sí me sobraba, todo era cuestión de esperar con paciencia y agarrar desocupado a Pepe para preguntarle dónde dejó a Perlita.  Pero ese infeliz no paraba, seguía en danza a la caza de clientes para su nueva vieja sórdida que no creo que haya valido medio peso devaluado, aun así, la vendía, la trataba igual que a Perlita. Esa sabandija de Pepe seguía tan bizarro, enfundado en su levita y sus deslumbrantes zapatos.

Pasaron tres semanas desde el debut de Lyn May y, mientras los diarios hablaban de crisis económica, los parroquianos seguían abarrotando el lugar y la vedette estelar seguía recibiendo arreglos florales y frutales. La derrama de dinero era semejante a los ríos de champán que las mujeres tiraban en la alfombra incluso la mujer de Pepe; era como una sanguijuela para chupar el contenido de las carteras de los hombres, y Pepe siempre en imperturbable vigilancia. Las veces que me acerqué para hacerle plática, me respondía con monosílabos y repitió lo mismo que el gerente: que Perlita tomó su decisión. Ese desgraciado siempre habló sin voltear a verme, la mirada estaba fija en su mujer y los clientes. 

Hasta que tuve por fin una oportunidad dorada.

No abordé a Pepe, a quien habían invitado a una mesa y se pasó todo el tiempo haciendo chanzas y pidiendo champán. Su mujer quedó libre y fue a ella a quien abordé a bocajarro. Nunca nadie habrá de saber cómo se desprendió algo dentro de mí. Las palabras de Nora, la nueva mujer de Pepe, me desgarraron una vena que nutría mi ser de esperanza, y ella ni se dio cuenta. Esa señora casi me mató.

Contó que conoció a Pepe en Cozumel, El dueto Matamoros llevaba meses trabajando por la zona del Caribe y en una de esas Perlita terminó con él. Eso sí exigí que me lo dejara clarito, que fue ella quien tomó la decisión de terminar la relación y por lo mismo su andar se volvió taciturno. Se internó en las cantinas y derramó un diluvio de llanto sobre los pisos con aserrín. La falta de un cariño le empeoró la melancolía crónica que padecía y yo acá ignorando su paradero y no recibí ninguna señal, o quizá sí, pero como soy semejante al Hipólito de Gamboa, estoy ciego de la sesera y no la capté. Trémulo y lloroso le imploré a Nora que me contara qué había pasado con Perlita, en qué rincón podrido por la humedad de su llanto la podría encontrar para rescatarla y en un barco de estrellas pasearla, mimarla, adorarla.

―¡Ay, maestro Hipólito! ―chasqueó la boca Nora―; ¡Perla se suicidó!

Eso no era ni remotamente posible de aceptar. Perlita andaría haciendo surcos en los caminos espinosos de su mala vida, pero no habría sido capaz de eso. No era posible porque ella tenía un aura diferente, yo la tenía como una santa y por eso la amaba, y fui en exceso idiota por no haber actuado antes, pero esta vez iría hasta el culo del mundo a buscarla. Nora me miró frunciendo el ceño.

―Eso dijeron muchos, que ella no habría sido capaz de hacer lo que hizo.

Con esta frase Nora me estaba despellejando vivo y me cerró la válvula del oxígeno. Tuve una crisis hipoglucémica, y me perdí en un remolino de ansiedad. Me dieron todos los dulces que las artistas tuvieron a mano, me socorrieron, me consolaron, pero nadie tuvo la capacidad de sanar esa llaga en el pecho que estaba supurando un horror vivo porque no concebía que estuviera encadenado a sucesos tan fatales como mi densa soledad, y ahora había que sumarle que Perlita ya no pertenecía a este mundo. Nora insistió que ella estaba en esa cantina de mala muerte cuando Pepe fue a buscar a Perla, y en una mesa apartada la bañó de cerveza, pidió otra ronda y destapaba las botellas para echárselas encima mientras ella no paraba de llorar. Hasta ahí supo Nora lo que pasó. Más tarde, encontraron el cuerpo de Perlita colgado en el baño con un listón enredado en el cuello y pendiendo de un clavo. Sus pies apenas rozaban el suelo. La opinión pública puso en duda que se tratara de un suicidio y detuvieron a Pepe por haber encontrado sus huellas dactilares en los brazos de Perlita, pero algunas horas después fue liberado porque no encontraron pruebas sustentables para procesarlo.

Me quedé bloqueado, no sabía hacia dónde dirigirme. Aquella revelación me pudo haber hecho convulsionar. Con un retazo de voz le pregunté a Nora por qué andaba con ese currutaco que solo servía para romper, herir y dañar, y ella se encogió de hombros y volteó la cara para que no viera cómo las lágrimas le rasguñaban las mejillas y le desbarataban el maquillaje. 

―No sé. Creo que lo odio, pero no puedo desprenderme de él.

Alguien tendría que hacerse cargo de ese sociópata infernal, alguien tendría que tener el coraje suficiente para sacarlo de la jugada, alguien que fuera más valiente que yo; porque soy más pendejo entre una bola de pendejos promedio. Si hubiera habido un hombre con la dignidad incólume y los arrestos puros, Pepe habría tenido los días contados. Uno mejor que yo lo habría atacado de frente o por la espalda, qué más daba, un gargajo como ese no se merecía ninguna oportunidad porque eso no era parte de los ingredientes para cocinarse en el caldo de la desventura en el que chapaleábamos todos, esta vida nos eligió para irla sorteando así.

A mí ya no quedaba más tiempo, pero antes de expirar viajaría a Cozumel a regar con mi llanto las flores de la tumba de Perlita, y en mi camino inundaría la barca que mecería mi desolación hasta dejarla dormida. En mi lápida pediría que escribieran que sucumbí por la memoria de Perlita y de tantas otras que zozobraron a manos de esos proxenetas que, aprovechando que la soledad es una peste, envilecen a esas pobres que no saben estar consigo mismas, y las enredan, las marean, las engañan y las matan. Hipólito Sánchez.

FIN.



jueves, 14 de octubre de 2021

Di, di, di que vas a ser, cuando seas grande

 

Supo que quería ser escritor la tarde que, por equívoco, entró a una biblioteca. Vio a Rebeca, la chica que traía asolada a toda la grey masculina estudiantil de la secundaria. No había uno solo que no suspirara al verla y ella, consciente de su atractivo y popularidad, se paseaba con displiscencia. Era una engreída.

     Aquella tarde, Mario la divisó en el centro. Pensó que no solo era presumida, sino también una ladina: de seguro mintió diciendo que iría a la biblioteca, pero ese fue solo un pretexto porque la joven estuvo parloteando con unas amigas afuera del recinto. De seguro iban a alguna tardeada de refrescos y baile, sus ropas apuntaban a que sí, también el maquillaje y los peinados anunciaban que estaban preparadas para un festín. 

     Un ventarrón increpó a todos los que andaban a esa hora en la calle; fue el único anuncio de la tromba que cayó e hizo correr a todo mundo. Mario se protegió bajo una cabina telefónica y no pudo evitar recordar la canción de Armando Manzanero: "esta tarde vi llover, vi gente correr, y no estabas tú..." Así fue, en efecto, Rebeca desapareció. A Mario le dio la impresión que aquella Rebeca era una nuñeca de azúcar y el agua la había disuelto. No la encontraba por ningún lado. Vio a dos amigas de ella riendo escandalosamente porque la lluvia les había modificado el peinado y el maquillaje. Mario no sintió el valor como para acercarse a las jóvenes y así, sin más, preguntar por Rebeca.

     Mario se apresuró a creer que Rebeca se protegió de la lluvia en la biblioteca. Se salió de la cabina telefónica y vio los toldos de los puestos ambulantes hechos trizas. Los semáforos no funcionaban y los vehículos hicieron un cataclismo haciendo sonar los cláxones sin misericordia. Mario tuvo que correr para cruzar la calle y entrar en la biblioteca. Una vez dentro, la lluvia volvió a arreciar y desde el ventanal del edificio vio a la gente rebullirse de nuevo. 

     Rebeca no se encontraba en la biblioteca. Mario deambuló por los pasillos y cogió una novela que leyó en una hora y media. Se quedó extasiado. Se asomó a la calle y le chocó la ciudad, prefirió recordar el sitio al que viajó durante la lectura. Nunca olvidaría el título de aquel libro: "tras el horizonte azul". Cogió otra novela que conocía el título. No pudo evitar no acordarse de la trampa que hizo para no leerla y ganarse una buena nota. Una compañera le escribió la sinopsis y él la presentó como suya. Nunca imaginaría Mario que aquella historia lo haría sentir demasiado bien, se acordó de su abuelo que vivía en la serranía del estado e infinidad de veces se preguntó cómo vivían las fiestas navideñas. El libro que leyó era "Navidad en las montañas". Entonces le nació un tremendo interés por la lectura, a partir de esa tarde tuvo la convicción de lo que sería su futuro a través de las letras; sería escritor, porque él también tenía muchas historias por contar, como la de aquella tarde en que Rebeca desapareció una tarde lluviosa y nunca nadie volvió a saber de ella.

Lety Grey.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

LOS FUGITIVOS (Alejo Carpentier)

 

Los fugitivos

Alejo Carpentier 

I

El rastro moría al pie de un árbol. Cierto era que había un fuerte olor a negro en el aire, cada vez que la brisa levantaba las moscas que trabajaban en oquedades de frutas podridas. Pero el perro —nunca le habían llamado sino Perro— estaba cansado. Se revoleó entre las yerbas para desrizarse el lomo y aflojar los músculos. Muy lejos, los gritos de los de la cuadrilla se perdían en el atardecer. Seguía oliendo a negro. Tal vez el cimarrón estaba escondido arriba, en alguna parte, a horcajadas sobre una rama, escuchando con los ojos. Sin embargo, Perro no pensaba ya en la batida. Había otro olor ahí, en la tierra vestida de bejuqueras que un próximo roce borraría tal vez para siempre. Olor a hembra. Olor que Perro se prendía, retorciéndose patas arriba, riendo por el colmillo, para llevarlo encima y poder alargar una lengua demasiado corta hacia el hueco que separaba sus omoplatos. Las sombras se hacían más húmedas. Perro se volteó, cayendo sobre sus patas. Las campanas del ingenio, volando despacio, le enderezaron las orejas. En el valle, la neblina y el humo eran una misma inmovilidad azulosa, sobre la que flotaban cada vez más siluetas, una chimenea de ladrillos, un techo de grandes aleros, la torre de la iglesia, y las luces que parecían encenderse en el fondo de un lago. Perro tenía hambre. Pero hacia allá, había olor a hembra. A veces lo envolvía aún el olor a negro. Pero el olor de su propio celo, llamado por el olor de otro celo, se imponía a todos los demás. Las patas traseras de Perro se espigaron, haciéndole alargar el cuello. Su vientre se hundía, al pie del costillar, en el ritmo de un jadeo corto y ansioso. Las frutas, demasiado llenas de sol, caían aquí y allá, con un ruido mojado, esparciendo, a ras del suelo, efluvios de pulpas tibias. Perro se echó a correr hacia el monte, con la cola gacha, como perseguido por la tralla del mayoral, contrariando su propio sentido de orientación. Pero olía a hembra. Su hocico seguía una estela sinuosa que a veces volvía sobre sí misma, abandonaba el sendero, se intensificaba en las espinas de un aromo, se perdía en las hojas demasiado agriadas por la fermentación, y renacía, con inesperada fuerza, sobre un poco de tierra, recién barrida por una cola. De pronto, Perro se desvió de la pista invisible, del hilo que se torcía y destorcía, para arrojarse sobre un hurón. 2 Con dos sacudidas, que sonaron a castañuela en un guante, le quebró la columna vertebral, arrojándolo contra un tronco... Pero se detuvo de súbito, dejando una pata en suspenso. Unos ladridos, muy lejanos, descendían de la montaña. No eran los de la jauría del ingenio. El acento era distinto, mucho más áspero y desgarrado, salido del fondo del gaznate, enronquecido por fauces potentes. En alguna parte se libraba una batalla de machos que no llevaban, como Perro, un collar con púas de cobre con una placa numerada. Ante esas voces desconocidas, mucho más alubonadas que todo lo que hasta entonces había oído, Perro tuvo miedo. Echó a correr en sentido inverso, hasta que las plantas se pintaron de luna. Ya no olía a hembra. Olía a negro. Y ahí estaba el negro, en efecto, con su calzón rayado, boca abajo, dormido. Perro estuvo por lanzarse sobre él siguiendo una consigna lanzada de madrugada, en medio de un gran revuelo de látigos, allá donde había calderos y literas de paja. Pero arriba, no se sabía dónde, proseguía la pelea de los machos. Al lado del cimarrón quedaban huesos de costillas roídas. Perro se acercó lentamente, con las orejas desconfiadas, decidido a arrebatar a las hormigas algún sabor de carne. Además aquellos otros perros de un ladrar tan feroz, lo asustaban. Más valía permanecer, por ahora, al lado del hombre. Y escuchar. El viento del sur, sin embargo, acabó por llevarse la amenaza. Perro dio tres vueltas sobre sí mismo y se ovilló, rendido. Sus patas corrieron un sueño malo. Al alba, Cimarrón le echó un brazo por encima, con gesto de quien ha dormido mucho con mujeres. Perro se arrimó a su pecho, buscando calor. Ambos seguían en plena fuga, con los nervios estremecidos por una misma pesadilla, tina araña, que había descendido para ver mejor, recogió el hilo y se perdió en la copa del almendro, cuyas hojas comenzaban a salir de la noche. II Por hábito, Cimarrón y Perro se despertaron cuando sonó la campana del ingenio. La revelación de que habían dormido juntos, cuerpo con cuerpo, los enderezó de un salto. Después de adosarse a dos troncos, se miraron largamente. Perro ofreciéndose a tomar dueño. El negro ansioso de recuperar alguna amistad. El valle se desperezaba. A la apremiante espadaña, destinada a los esclavos, respondía ahora, más lento, el bordón armoriado de la capilla, cuyo verdín se mecía de sombra a sol sobre un fondo de mugidos y de relinchos, como indulgente aviso a los que dormían en altos lechos de caoba. Las gallos rondaban a las gallinas para cubrirlas temprano, en espera de que el meñique de la mayorala se cerciorase de la presencia de huevos aún sin poner. Un pavo real hacía la rueda sobre la casa- 3 vivienda, encendiéndose con un grito, en cada vuelta y revuelta. Los caballos del trapiche iniciaban su largo viaje en redondo. Los esclavos oraban frente a cazuelas llenas de pan con guarapo. Cimarrón se abrió la bragueta, dejando un reguero de espuma entre las raíces de una ceiba. Perro alzó la pata sobre un guayabo tierno. Ya asomaban machetazos en los cortes de caña. Los dogos de la jauría cazadora de negros sacudían sus cadenas, impacientes por ser sacados del batey. —¿Te vas conmigo? —preguntó Cimarrón. Perro lo siguió dócilmente. Allá abajo había demasiados látigos, demasiadas cadenas, para quienes regresaban arrepentidos. Ya no olía a hembra. Pero tampoco olía a negro. Ahora Perro estaba mucho más atento al olor a blanco, olor a peligro. Porque el mayoral olía a blanco, a pesar del almidón planchado de sus guayaberas y del betún acre de sus polainas de piel de cerdo. Era el mismo olor de las señoritas de la casa, a pesar del perfume que despedían sus encajes. El olor del cura, a pesar del tufo de cera derretida y de incienso, que hacía tan desagradable la sombra, tan fresca, sin embargo, de la capilla. El mismo que llevaba el organista encima, a pesar de que los fuelles del armonio le hubieran echado tantos y tantos soplos de fieltro apolillado. Había que huir ahora del olor a blanco. Perro había cambiado de bando. III En los primeros días. Perro y Cimarrón echaron de menos la seguridad del condumio. Perro recordaba los huesos vaciados por cubos, en el batey, al caer la tarde. Cimarrón añoraba el congrí, traído en cubos a los barracones, después del toque de oración o cuando se guardaban los tambores del domingo. Por ello, después de dormir demasiado en las mañanas, sin campanas ni patadas, se habituaron a ponerse a la caza desde el alba. Perro olfateaba una jutía oculta entre las hojas de un cedro; Cimarrón la tumbaba a pedradas. El día en que se daba con el rastro de un cochino jíbaro, había para horas y horas, hasta que la bestia, desgarradas las orejas, aturdida por tantos ladridos, pero acometiendo aún, era acorralada al pie de una peña y derribada a garrotazos. Poco a poco Perro y Cimarrón olvidaron los tiempos en que habían comido con regularidad. Se devoraba lo que se agarrara, de una vez, engullendo lo más posible, a sabiendas de que mañana podría llover y que el agua de arriba correría entre las peñas para alfombrar mejor el fondo del valle. Por suerte, Perro sabía comer frutas. Cuando Cimarrón daba con un árbol de mango o de mamey, Perro también se pintaba el 4 hocico de amarillo o de rojo. Además, como siempre había sido huevero, se desquitaba, con algún nido de codorniz, de la incomprensible afición del amo por los langostinos que dormían a contracorriente a la salida del río subterráneo que se alumbraba de una boca de caracoles petrificados. Vivían en una caverna, bien oculta por una cortina de helechos arborescentes. Las estalactitas lloraban isócronamente, llenando las sombras frías de un ruido de relojes. Un día Perro comenzó a escarbar al pie de una de las paredes. Pronto sus dientes sacaron un fémur y unas costillas tan antiguas que ya no tenían sabor, rompiéndose sobre la lengua con desabrimiento de polvo amasado. Luego llevó a Cimarrón, que se tallaba un cinto de piel de majá, un cráneo humano. A pesar de que quedasen en el hoyo restos de alfarería y unos rascadores de piedra que hubieran podido aprovecharse, Cimarrón, aterrorizado por la presencia de muertos en su casa, abandonó la caverna esa misma tarde, mascullando oraciones sin pensar en la lluvia. Ambos durmieron entre raíces y semillas envueltos en un mismo olor a perro mojado. Al amanecer buscaron una cueva de techo más bajo, donde el hombre tuvo que entrar a cuatro patas. Allí, al menos, no había huesos de aquellos que para nada servían, y sólo podían traer ñeques y apariciones de cosas malas... Al no haber sabido de batidas en mucho tiempo, ambos empezaron a aventurarse hacia el camino. A veces pasaba un carretero conocido, una beata vestida con el hábito de Nazareno o un punteador de guitarra, de esos que conocen al patrón de cada pueblo, a quienes contemplaban, de lejos, en silencio. Era indudable que Cimarrón esperaba algo. Solía permanecer varias horas, de bruces, entre las yerbas de Guinea, mirando ese camino poco transitado, que una rana toro podía medir de un gran salto. Perro se distraía en esas esperas dispersando enjambres de mariposas blancas, o intentando, a brincos, la imposible caza de un zunzún vestido de lentejuelas. Un día que Cimarrón esperaba, así, algo que no llegaba, un cascabeleo de cascos lo levantó sobre las muñecas. Una volanta venía a todo trote, tirada por la jaca torda del ingenio. De pie sobre las varas, el calesero Gregorio hacía restallar el cuero, mientras el párroco agitaba la campanilla del viático a sus espaldas. Hacía tanto tiempo que Perro no se divertía en correr más pronto que los caballos, que se olvidó al punto de la discreción a que estaba obligado. Bajó la cuesta a las cuatro patas, espigado, azul bajo el sol, alcanzó el coche y se dio a ladrar por los corvejones de la jaca, a la derecha, a la izquierda, delante, pasando y volviendo a pasar, enseñando los dientes al calesero y al sacerdote. La jaca se abrió a galopar por lo alto, sacudiendo las anteojeras y tirando del bocado. 5 De pronto, quebró una vara, arrancando el tiro. Luego de aspaventarse como peleles, el párroco y el calesero se fueron de cabeza contra el puentecillo de piedra. El polvo se tiñó de sangre. Cimarrón llegó corriendo. Blandía un bejuco para azocar a Perro, que ya se arrastraba pidiendo perdón. Pero el negro detuvo el gesto, sorprendido por la idea de que no todo era malo en aquel percance. Se apoderó de la estola y de las ropas del cura, de la chaqueta y de las altas botas del calesero. En bolsillos y bolsillos había casi cinco duros. Además, la campanilla de plata. Los ladrones regresaron al monte. Aquella noche, arropado en la sotana, Cimarrón se dio a soñar con placeres olvidados. Recordó los quinqués, llenos de insectos muertos, que tan tarde ardían en las últimas casas del pueblo, allí donde, por dos veces, lo habían dejado, tras pedir el aguinaldo de Reyes, gastárselo como mejor le pareciere. El negro, desde luego, había optado por las mujeres. IV La primavera los agarró a los dos al amanecer. Perro despertó con una tirantez insoportable entre las patas traseras y una mala expresión en los ojos. Jadeaba sin tener calor, alargando entre los colmillos una lengua que tenía filosas blanduras de lapa. Cimarrón hablaba solo. Ambos estaban de pésimo genio. Sin pensar en la caza, fueron temprano hacia el camino. Perro corría desordenadamente, buscando en vano un olor rastreable... Mataba insectos que siempre lo habían asqueado, por el placer de destruir, desgranaba espigas entre sus dientes, arrancaba arbustos tiernos. Acabó de exasperarse cuando un sapo le escupió a los ojos. Cimarrón esperaba como nunca había esperado. Pero aquel día nadie pasó por el camino. Al caer la noche, cuando los primeros murciélagos volaron como pedradas sobre el campo, Cimarrón echó a andar lentamente hacia el caserío del ingenio. Perro lo siguió, desafiando la misma tralla y las mismas cadenas. Se fueron acercando a los barracones por el cauce de la cañada. Ya se percibía un olor, antaño familiar, de leña quemada, de lejía, de melaza, de limaduras de cascos de caballo. Debían estarse haciendo las pastas de guayaba, ya que un interminable dulzor de mermelada era esparcido por el terral. Perro y Cimarrón seguían acercándose, lado a lado, la cabeza del hombre a la altura de la cabeza del perro. De pronto, una negra de la dotación atravesó el sendero de la herrería. Cimarrón se arrojó sobre ella, derribándola entre las albahacas. Una ancha mano ahogó los 6 gritos. Perro avanzó, solo, hasta el lindero del batey. La perra inglesa adquirida por don Marcial en una exposición de París estaba allí. Hubo un intento de fuga. Perro le cortó el camino, erizado de la cola a la cabeza. Su olor a macho era tan envolvente que la inglesa olvidó que la habían bañado, horas antes, con jabón de Castilla. Cuando Perro regresó a la caverna, clareaba. Cimarrón dormía, arrebozado en la sotana del párroco. Allá abajo, en el río, dos manatíes retozaban entre los juncos, enturbiando la corriente con sus saltos que abrían nubes de espuma entre los linos. V Cimarrón se hacía cada vez más imprudente. Rondaba ahora en torno a los caseríos, acechando, a cualquier hora, una lavandera solitaria o una santera que buscaba culantrillo, retamas o pitahayas para algún despojo. También, desde la noche en que había tenido la audacia de beberse los duros del capellán en un parador del camino carretera, se hacía ávido de monedas. Más de una vez en los atajos se había llevado el cinturón de un guajiro, luego de derribarlo de su caballo y de acallarlo con una estaca. Perro lo acompañaba en esas correrías, ayudando en lo posible. Sin embargo, se comía peor que antes, y más que nunca era necesario desquitarse con huevos de codorniz, de gallinuela o de garza. Además, Cimarrón vivía en un continuo sobresalto. Al menor ladrido de Perro, echaba mano al machete robado o se trepaba a un árbol. Pasada la crisis de primavera, Perro se mostraba cada vez más reacio a acercarse a los pueblos. Había demasiados niños que tiraban piedras, gente siempre dispuesta a dar patadas y, al oler su proximidad, todos los perros de los patios lanzaban gritos de guerra. Además, Cimarrón volvía esas noches con el paso inseguro, y su boca despedía un olor que Perro detestaba tanto como el del tabaco. Por ello, cuando el amo entraba en una casa mal alumbrada, Perro lo esperaba a una distancia prudente. Así se fue viviendo hasta la noche en que Cimarrón se encerró demasiado tiempo en el cuarto de una mondonguera. Pronto, la choza fue rodeada por hombres cautelosos, que llevaban mochas en claro. Al poco rato Cimarrón fue sacado a la calle, desnudo, dando tremendos alaridos. Perro, que acababa de oler al mayoral del ingenio, echó a correr al monte por la vereda de los cañaverales. Al día siguiente vio pasar a Cimarrón por el camino. Estaba cubierto de heridas curadas con sal. Tenía hierros en el cuello y los tobillos. Y lo conducían cuatro 7 números de la Benemérita de San Fernando, que le daban un baquetazo a cada dos pasos, tratándolo de ladrón, de borracho y de malcriado. VI Sentado sobre una cornisa rocosa que dominaba el valle, Perro aullaba a la luna. Una honda tristeza se apoderaba de él a veces, cuando aquel gran sol frío alcanzaba su total redondez, poniendo tan desvaídos reflejos sobre las plantas. Se habían terminado para él las hogueras que solían iluminar la caverna en noches de lluvia. Ya no conocería el calor del hombre en el invierno que se aproximaba, ni habría ya quien le quitara el collar de púas de cobre, que tanto le molestaba para dormir —a pesar de que hubiera heredado la sotana del párroco—. Cazando sin cesar, se había hecho más tolerante, en cambio, con los seres que no servían para ser comidos. Dejaba escapar el maia entre las piedras calientes, sin ladrar siquiera, desde que Cimarrón no estaba allí para azuzarlo, con la esperanza de hacerse un cinturón o de recoger manteca para untos. Además, el olor de las serpientes lo asqueaba; cuando había agarrado alguna por la cola, era en virtud de esas obligaciones a que todo ser que depende de alguien se ve constreñido. Tampoco —salvo en casos de hambre extrema— podía atreverse ya con el cochino jíbaro. Se contentaba ahora con aves de agua, hurones, ratas y una que otra gallina escapada de los corrales aldeanos. Sin embargo, el ingenio estaba olvidado. Su campana había perdido todo sentido. Perro buscaba ahora el amparo de mogotos casi inaccesibles al hombre, viviendo en un mundo de dragos que el viento mecía con ruidos de albarca nueva, de orquídeas, de bejucos lombriz, donde se arrastraban lagartos verdes, de orejeras blancas, de esos que tan mal saben y, por lo mismo, permanecen donde están. Había enflaquecido. Sobre sus costillares marcados en hueco, la lana apresaba guisazos que ya no tenían espinas. Con los aguinaldos volvió la primavera. Una tarde en que lo desvelaba un extraño desasosiego, Perro dio nuevamente con aquel misterioso olor a hembra, tan fuerte, tan penetrante, que había sido la causa primera de su fuga al monte. También ahora caían ladridos de la montaña. Esta vez Perro agarró el rastro en firme, recobrándolo luego de pasar un arroyo a nado. Ya no tenía miedo. Toda la noche siguió la huella, con la nariz pegada al suelo, largando baba por el canto de la lengua. Al amanecer, el olor llenaba toda una quebrada. El rastreador estaba frente a una jauría de perros jíbaros. Varios machos, con perfil de lobos, se apretaban ahí, relucientes los ojos, tensos sobre sus patas, listos para atacar. Detrás de ellos se cerraba el olor a hembra. 8 Perro dio un gran salto. Los jíbaros se le echaron encima. Los cuerpos se encajaron, unos en otros, en un confuso remolino de ladridos. Pero pronto se oyeron los aullidos abiertos por las púas del collar. Las bocas se llenaban de sangre. Había orejas desgarradas. Cuando Perro soltó al más viejo, con la garganta desgajada, los demás retrocedieron, gruñendo de rabia inútil. Perro corrió entonces al centro del palenque, para librar la última batalla a la perra gris, de pelo duro, que lo esperaba con los colmillos de fuera. El rastro moría a la sombra de su vientre. VII Los jíbaros cazaban en bandada. Por ello buscaban las piezas grandes, de más carne y más huesos. Cuando daban con un venado, era tarea de días. Primero al acoso. Luego, si la bestia lograba salvar una barranca de un salto, el atajo. Luego, cuando una caverna venía en ayuda de la presa, el asedio. A pesar de herir y entornar, el animal moría siempre en dientes de la jauría, que iniciaba la ralea sobre un cuerpo vivo aún, arrancándole tiras de pelo pardo, y bebiendo una sangre fresca a pesar de su tibieza, en las arterias del cuello o en las raíces de una oreja arrancada. Muchos de los jíbaros habían perdido un ojo, sacado por un asta, y todos estaban cubiertos de cicatrices, mataduras y peladas rojas. En los días del celo, los perros combatían entre sí, mientras las hembras esperaban, echadas, con sorprendente indiferencia, el resultado de la lucha. La campana del ingenio, cuyo diapasón era traído a veces por la brisa, no despertaba en el perro el menor recuerdo. Un día los jíbaros agarraron un rastro habitual en aquellas selvas de bejucos, de espinas, de plantas malvadas que envenenaban al herir. Olía a negro. Cautelosamente, los perros avanzaron por el desfiladero de los caracoles, donde se alzaba una piedra con cara de muerto. Los hombres suelen dejar huesos y desperdicios por donde pasan. Pero es mejor cuidarse de ellos, porque son los animales más peligrosos, por ese andar sobre las patas traseras que les permite alargar sus gestos con palos y objetos. La jauría había dejado de ladrar. De pronto, el hombre apareció. Olía a negro. Unas cadenas rotas, que le colgaban de las muñecas, ritmaban su paso. Otros eslabones, más gruesos, sonaban bajo los flecos de su pantalón rayado. Perro reconoció a Cimarrón. —¡Perro! —alborozó el negro—. ¡Perro! Perro se le acercó lentamente. Le olió los pies, aunque sin dejarse tocar. Daba vueltas en torno a él, moviendo la cola; cuándo era llamado, huía. Y cuando no era llamado, parecía buscar aquel sonido de voz humana, que había entendido un poco 9 en otros tiempos, pero que ahora le sonaba tan raro, tan peligrosamente evocador de obediencias. Al fin, Cimarrón dio un paso, adelantando una mano blanda hacia su cabeza. Perro lanzó un extraño grito, mezcla de ladrido sordo y de aullido, y saltó al cuello del negro. Había recordado, de súbito, una vieja consigna del mayoral del ingenio, el día que un esclavo huía al monte. VIII Como no olía a hembra y los tiempos eran apacibles, los jíbaros durmieron hasta el hartazgo durante dos días. Arriba, las auras pesaban sobre las ramas, esperando que la jauría se marchara, sin concluir el trabajo. Perro y la perra gris se divertían como nunca, jugando con la camisa listada de Cimarrón. Cada uno halaba por un lado, para probar la solidez de los colmillos. Cuando se desprendía una costura, ambos rodaban en el polvo. Y volvían a empezar, con un harapo cada vez más menguado, mirándose a los ojos, las narices casi juntas. Al fin se dio la orden de partida. Los ladridos se perdieron en lo alto de las crestas arboladas. Durante muchos años los monteros evitaron de noche aquel atajo, dañado por huesos y cadenas.