Es como cualquier otra. Llega justo cuando menos la quiero o la necesito aquí. Llega, aún sin llamarla. Es la que no me deja dormir. Es la que me roba la paz. ¿Quién dice que el matrimonio es el final feliz de la novela? ¡Para nada! Es la que me chinga, no los centavos, los pesos, todos.
Con tal de evadirla, me meto a los centros comerciales, los mejores, esos que tienen a las mujeres de cuerpos perfectos, con mirada fría, portando trajes y joyas que jamás podrían pagar. Y ni así se va. Parece que se relaja un poco, pero, ¿quién dice que un hoyo se tapa escarbando más? Y entonces, un bar. Ahí, se me va otro buen monto de lo que no puedo pagar, más de lo que gano, pero ¿ para que se hicieron las tarjetas de crédito ? Ya, cuando las cosas van peores, entonces el médico. Sí. Un médico. Que me receta "prozac" o ansiolíticos para poder dormir al menos, y no pensar en ella. Pero ¡me despierta! Y se convierte en hambre, esa, la que no puedes saciar, porque es mi esposa la soledad que me vacía por completo, es un vacío perenne, que con nada se puede llenar. Y lo peor, es que no existe el divorcio, aquí, ni siquiera es hasta que la muerte nos separe, todo lo contrario. Se morirá conmigo y vivirá conmigo si tomara la valiente o la cobarde decisión de mandar todo al carajo, ella viva y yo muerto ¡Ya la veo! Tan fría, tan flemática a mi lado. Sin importarle si ganó o perdió. Eso me importaría a mí. Porque mi esposa la soledad, no parece celosa si me voy de putas, pero ¡vaya que si muestra venganza! Tras llenarme de vicios y romper los prejuicios quedo oliendo a humedad y a naftalina, a jabón corriente, y la piel se me reseca y se me parte. Y entonces mi esposa la soledad se hace más patente, más presente, como el dios ese que dicen que viene si lo invocas, como el diablo que también viene para que te vuelvas indeciso y no sepas cuál camino tomar, así es mi esposa la soledad, sólo que ella no es buena ni mala, si no todo lo contrario. Tú también la conoces, ahí está, a tu lado, asómate y veras...

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