miércoles, 27 de junio de 2018

LA FALSA MEDEA

LA FALSA MEDEA












          El piso no parecía tan duro para dormir. Ahí estaba, con gruesas cobijas para hacer más llevadero el frío y la dureza de aquel suelo que, por un instante, Aura creyó que estaba contaminado. Estaba en un hospital, cuidando a una mujer que, no entendía cómo había salvado la vida. 
          La mujer se llamaba Matilde y sus encuentros, fortuitos la mayor parte del tiempo con Aura, nunca fueron agradables. Maltilde la agredía salvajemente con calificativos y palabras hirientes. Y todo porque, Aura era la mujer de su hermano. Y para nada que lo hiciera porque Matilde amara mucho a su hermano, no, para nada, Matilde odiaba a su hermano y a la humanidad entera. Alguna vez, entre las maldiciones que lanzaba a Aura, aseveró que prefería ver a su hermano muerto o en la cárcel, que con ella. 
         Todo apuntaba a que, si ella no era feliz, nadie lo sería; y si el destino la contrariaba, entonces ella  encararía al destino. 
         Aura estaba ahí sólo por curiosidad, y no porque su concubino le hubiese ordenado cuidar esa noche a su hermana que, hacía unos días, los médicos la habían desahuciado; y en caso de sobrevivir, le esperaba una larga y dura condena en la cárcel. 
         Sobrevivió y no fue a parar a la cárcel.
         Aura quería ver cómo es que estaba respirando esa mujer que tuvo un severo corte en la garganta, cómo se le veía el cuello con tremendos navajazos, y también, fue un acto de piedad para una mujer, esposa del hermano de su concubino, a quien sí obligaban que cuidara a la moribunda, aún en las fiestas de Navidad y año nuevo. Aura la percibió muy cansada, y a punto de sucumbir. Aura solía desvelarse y por ello se ofreció; también quería ver cara a cara a aquella energúmena, que no tenía un ápice de piedad para con ella. Quería verla así, derrumbada. 
           No la vio triste, ni derrumbada. Al contrario. Aura vio como en la ronda de la tarde noche de los médicos, la auscultaron minuciosamente, colocaron el estetoscopio sobre todo en la zona pulmonar y escuchó: ¡Ya la hiciste mujer! ¡Ya la libraste!
            Matilde sólo esbozó una sonrisa y Aura la secundó, y la secundó con honestidad. Celebró la vida. Más tarde sí se sintió contrariada. Pudo dormir, no obstante que sus noches siempre en vigilia, muy entretenidas por cierto, eran de ordinario. 
            No volvió a acordarse de la hermana de su concubino hasta que  un aciago medio día, ésta la increpó como era su costumbre. Se abalanzó a ella con gritos e improperios. Aura no sesgó su camino. La miró hacia arriba. Era muy alta, pero no se replegó. Fijó la mirada en el centro de su frente y no la bajó hasta que la agresora dio por terminada su retreta de insultos. Cuando otra mujer la alejaba de su víctima, aprovechó a ver el avance de aquella cicatrización en el cuello. Pensó que estaba cicatrizando bien. La odió por tener una buena piel para la cicatrices. Aura no tenía esa fortuna porque ella tenía cicatrización queloide; apenas un rasguño y éste se abultaba, dejando una muy desagradable marca en su piel. 
           La pregunta que más tarde se haría Aura era que, así como tuvo la suerte de vivir, cuando estuvo desahuciada, así como tenía la fortuna de cicatrizar bien ¿tendría la dicha de cicatrizar el alma?  De esa última vez que la insultó también se percató que la mujer no tenía mal aliento, cuándo parecía que tenía el hígado agrietado por la ira crónica que padecía.

        
           Aura se enteró que Matilde estaba en serios problemas una tarde que telefoneó a su concubino para notificarle algo sin importancia. Él estaba en la casa de su madre en ese momento. Aura ignoraba que él estaba tratando de convencer a su cuñado, esposo de Matilde, que no levantara cargos contra su hermana. Apenas él pudo decirle, sin profundizar, que él, su madre, y toda su familia estaban recibiendo la peor humillación de su vida. Aura no pudo hacer mucho, colgó el teléfono y se sumergió en las vidas de aquellos seres que protagonizaban las telenovelas toda la tarde y no sintió ni una pizca de preocupación por su concubino, la madre de éste, Matilde y demás.

            Hacía meses, casi el año que Matilde sabía que su esposo tenía una amante. Lo que más le dolió fue que, el esposo no se defendió ni recurrió a ningún subterfugio cuando ella le cuestionó sobre el asunto. Y la remató diciéndole que la amante estaba esperando un hijo de él. 
            Matilde no lloró. Tampoco lo echó de la casa. Hizo uno que otro intento para asirlo a su vida de nuevo, yendo a un mercado que vendía pócimas para los maridos extraviados con los elixires ajenos; él nunca le dio oportunidad y no bebió esas pócimas. Compró polvos de "ven a mí" para atraerlo; quemó veladoras sobre platos preparados con azúcares mágicos, y se rindió.
             Se concretó a trabajar. Era parte del personal que organizaba todo el material que se usaba en un hospital. Precisamente, en el mismo hospital dónde salvó la vida milagrosamente. Tenía acceso incluso, a material quirúrgico y conocía de la "a" a la "zeta" todo lo concerniente a ese tema. Pidió tiempo extra para ganar más dinero y se desentendió de los hijos que eran tres. El mayor, un varón de aproximadamente doce años, y sus dos hijas, la mayor de éstas de ocho años y una pequeña que, quién sabe que cómo se las arregló para, siendo tan pequeña, no se enfermara, porque, dejó la atención de ésta niña de entre cinco a seis años, al cuidado de los mayores que,  dieron muy poca importancia a la menor.
            El esposo de Matilde ya no tenía empacho alguno en llegar o no a su casa. No habían pleitos y discusiones. Una total y absoluta indiferencia reinaba ahí. Nunca había comida preparada, ni para él, ni para los hijos. Él, también se desentendió de sus hijos y pasó la mayor parte del tiempo con la amante que, finalmente dio a luz, a un rozagante varón. 
            Mientras tanto, Matilde, obsesionada con ganar cada vez más dinero, no sólo se enfocó en trabajar tiempo extra, sino que, organizó tandas para de éste modo, obtener más dividendos. Nunca dejó en claro para qué quería el dinero. Se ignoró siempre ésto, ya que, parecía que el dinero sólo se revolvía en un círculo vicioso y no crecía, no había ganancias. Eso de las tandas fueron su perdición. Compraba una colcha cara y organizaba una tanda entre sus compañeras de trabajo. Entregaba la colcha a una y entre todas iban juntando el dinero para pagarla, siendo Matilde la organizadora, para que, al siguiente mes, se comprara otra igual, y dársela a la siguiente compañera, y así sucesivamente. Después compró baterías de cocina, televisores y optó por comprar joyas, no para su uso personal, todo, lo ofrecía en tandas. En algún momento todo se le fue de control. Su casa, sólo se veía atiborrada de enseres que nadie usaba. Colchas finas, pero las camas siempre estaban sin hacer. Baterías de cocina aún en sus cajas, porque ahí, ni ella ni nadie cocinaban. Alhajas que ella no usaba porque en el hospital tenían prohibido usar joyas. Debían usar, exclusivamente el uniforme.
          El colmo de males vino cuando el hijo mayor, ante la ausencia tan presente de sus padres, se enroló con una pandilla y empezó a usar drogas y alcohol. Alguna vez le pidió dinero a su madre, quien no se lo negó, para pagar la fianza de un amigo, que estuvo preso precisamente por andar en la pandilla. Finalmente se supo que quien estuvo preso fue él mismo, alguien pagó la fianza y ahora él tenía que reembolsar el préstamo. Por esos tiempos, nadie se enteró de lo sucedido. Todos estaban muy ocupados. Matilde en hacer dinero, el esposo en consentir a su amante y su nuevo hijo, y las dos hijas menores, muy probablemente en sólo sobrevivir.
         Matilde fue amenazada por una de sus colegas al no recibir la prenda, la batería de cocina y otros enseres domésticos, que ella, ya había pagado, y Matilde, no tuvo el dinero efectivo para cumplir. Se imaginó lo peor. Su nombre embarrado con el mote de estafadora en la frente, y sabía que era verdad. Lo que no sabía era cómo resolverlo. No tenía a quien confiarle su desesperación. 
         El mote de estafadora en la frente se vendría a sumar al de engañada, o divorciada. No lo podía soportar. Era una mujer muy desdichada, aunque eso de que no toleraba a la gente feliz y era chismosa, insidiosa, y malasangre, ya sucedía desde antes. ¡Imaginarse a sí misma derrotada! No. 
         El hombre que sí quiso ser su esposo la aceptó con un pasado bastante turbio. Era casi una niña, cuando se le hizo fácil treparse a una moto con un individuo que, en su momento lo creyó guapo y no paró hasta que un garrotazo de la vida le hizo ver que, era una prostituta de la zona de tolerancia en Acapulco.
         Salió corriendo cuando, tras vivir un año sórdido entre sábanas hediondas a sudores acumulados de hombres sin nombre en su cama maltrecha y concupiscente,  vio a su hermano, el concubino de Aura, que la andaba buscando por petición de su madre. Ella imaginó que su hermano la descuartizaría viva. Lo habría hecho, sí. Ese hombre era un ser maligno y actuaba como "dios todopoderoso". Como si sólo él tuviera derecho a cometer errores y hacer disparates. Pero ella estaba equivocada. Su hermano tenía órdenes estrictas de su madre de no injuriar, agredir o lastimar a Matilde, en el remoto caso de encontrarla. Y así fue. 
          El concubino de Aura, llevó de regreso a la capital a su hermana sin reproches ni agresiones. Nadie más volvió a hablar del asunto, y Matilde finalmente encontró a ese hombre, de muy baja estatura y con un ligero sobrepeso que sí quiso llevar a Matilde al altar. Lo que no es comprensible, es el por qué, Matilde siempre, sin motivo alguno, cuando sus hermanos varones tenían novias, o incluso esposas, ella se convertía en la enemiga más acérrima de sus vidas. Las vituperaba impiadosamente y de "putas" no las bajaba. Para ella, cualquier mujer que tuviera alguno de sus hermanos, todas, sin excepción, casadas ante la iglesia o no, eran putas. 
          Fueron dos noches seguidas, en que Matilde pensó que, era la casa la que tenía algún embrujo. El día que su compañera de trabajo le reclamó por la estafa, Matilde llegó temprano a su casa. Apenas puso en orden algunas cosas, y sobre el resto del desorden se acostó pero no durmió. Apagó las luces pensando que se sentía rendida ante el agobio del trabajo y la deuda, y por supuesto, vendrían más deudas, ya que,  así como perdió el dinero de las cosas de la mujer agraviada, así estaba para con las demás. 
          Le era intolerante el olor a orines, le caminaban las cucarachas en la cara y apenas podía soportar el ruido del comején y la polilla en los muebles de madera. Encendió la luz y vio las paredes de su cuarto y de toda la casa desfiguradas por la plaga de las chinches. Algunas, apachurradas, desangradas, muertas. Eso, parecía un calabozo abandonado de la mano de Dios. 
          Eran casi la tres de la madrugada cuando un ruido la hizo virarse con la mirada trastocada por el miedo. Era su hijo.
          Lo llamó a su recámara y ahí el muchacho le dijo que, iba llegando a esa hora porque perdió la noción del tiempo en la casa que tenía su padre, con otra mujer.
           Matilde no dio crédito a lo que escuchó. No vio un sólo gesto de reproche del muchacho contra su padre y lo veía fresco contándole a detalle, cómo era su hermano, el recién nacido. Apenas pudo controlar lo que su amargo destino le hacía vivir con tanta sevicia.

           Con el cuerpo y el alma estragados por la vigilia Matilde llegó temprano a su trabajo. Se volcó de lleno a éste y se hizo la sorda ante las murmuraciones de aquellas que, se cuestionaban sobre si Matilde también las estafaría a ellas. Nadie la abordó debido a un acto de compasión. Lucía tan descompuesta que nadie tuvo la capacidad de abordarla. Ya llegaría el tiempo. A la hora de salida Matilde tomó un bisturí y volvió a su casa.
            El tufo a orines le volvió a decir que su casa estaba abrazada por una mala sombra, tan perniciosa que, no la dejaba dormir. No sabía cómo otras noches sí pudo dormir, y justo, estas dos, eran insoportables. Maldijo a la amante de su marido. Ella y nadie más que ella le echó mal de ojo a su hogar, que sólo ella, Matilde, parecía ciega ante eso. Eso, ya no era una hogar. Era una casa, sí. Pero era un sitio inhóspito, infectado, fétido.   
           Fue a la recámara de sus hijas y las vio dormidas entre sábanas percudidas con sudor rancio y el tiradero de juguetes, útiles  escolares, y migajas de pan, que eran devoradas por las cucarachas. 
           -Después ellas - Dijo Matilde para sí.  
           Fue al cuarto de su hijo quien apenas había conciliado el sueño. Matilde se percató que esa recámara estaba pintada de color gris, y tenía pintados también, dibujos muy extraños: telarañas, insectos, calaveras... El desorden y el hedor imperaban tanto como en la recámara de sus hijas. El joven se la quedó mirando mientras ella escrutaba los cambios. No lo cuestionó al respecto, fue hasta su cabecera y le dijo que intentara dormir. El muchacho empezó a sollozar, e imploró perdón por haber estado visitando a la amante, a la nueva mujer de su papá. Matilde le dijo que lo último que ella quería, era verlo sufrir. Ni a él, ni a sus hermanas. Lo arropó hasta la cabeza y ahí le lanzó, con el bisturí hurtado, una cuchillada que no atinó a cortar la vena yugular. El joven atinó a empujarla y dio voces para despertar a sus hermanas.
          -¡Nos quiere matar!

          Matilde ya no tuvo más remedio que esconderse en su cuarto, y enloqueció ante los gritos de sus hijas y su hijo. Los vecinos que acudieron al llamado de auxilio del joven no lograron convencerla de que abriera la puerta de la recámara. Ella, trémula se dio un navajazo en el cuello, y otro, y otro... Cuando derribaron la puerta del dormitorio, Matilde se sintió como si estuviese desnuda en una multitud.  Tomó la decisión de empujarse en el centro de la garganta el bisturí.
         Para el tiempo que llegaron los paramédicos ella exigía que se atendiera primero a su hijo. Tuvieron que sedarla para impedir que siguiera empujando, con su dedo índice, el bisturí que se clavó en la garganta, debido a que, por más que le insistían que el muchacho sólo tenía un rasguño en el cuello, ella quería verlo, pero el muchacho no accedía ante tal petición.
         Fue tal su estado de gravedad, que tuvo que ser trasladada de la primera clínica, a otra, por medio de un helicóptero. Aura tiempo después, preguntó si ésto fue porque, ella trabajaba en ese hospital, o porque realmente estaba grave que recibió ese trato tan, para Aura, inmerecido. 
         -Por su gravedad - le dijeron. Aura recibió con muy mal sabor de boca esta afirmación.
         Para el tiempo en que el esposo de Matilde, el bígamo, sí, pero también el ofendido por el intento de homicidio de sus hijos, sabía que Matilde estaba fuera de peligro, no había poder humano que lo convenciera de poner a Matilde en la cárcel, o en el manicomio. Definitivamente tenía su oportunidad para deshacerse. de ella y no la quiso desaprovechar.  Nadie tuvo los arrestos para reclamar su traición, se veía imponente y muy decidido; reclamando que, ya era el tiempo que supieran, que sí se dio cuenta  que nadie le aplaudió cuando casó con Matilde sin ningún remilgo ante su nebuloso pasado. 
          La madre de Matilde, que era, aparentemente una mujer muy religiosa, con unos valores sobre estimados, por sí misma, acerca de su bondad; era como Matilde, o Matilde como ella. Todas la mujeres de sus hijos varones eran unas putas. Nadie más pura que ella, nadie más diligente que ella, nadie mejor mujer que ella, excepto sus hijas, pero un poco menos que ella. 
         Doña Victoria, la madre más buena del mundo; se puso de rodillas ante su yerno, para que éste, por favor, retirara los cargos contra Matilde. Llamaron al concubino de Aura, para que éste, con su figura prepotente, su sombra pesada, la voz que fingía cuando quería hacerse pasar por un perdona vidas; pudiera intimidar al chaparro regordete que lucía los mofletes arrebolados por la ira. 
          Nada. Ni la aspavientos que tenía de matón a sueldo del concubino de Aura, los ruegos de doña Victoria, los insultos y amenazas de los otros hermanos y hermanas hacían ver, alguna efímera luz de convencimiento a un hombre decidido a machacar la existencia de Matilde. Al contrario de todos, como balde de agua fría, le cayó la noticia que Matilde había salvado la vida. 
          Las ríspidas discusiones no paraban día a día. Este señor, no quería para nada el título de Jasón y quería a su falsa Medea fuera de su vida total y absolutamente. Quería la custodia de todos sus hijos, a quienes llevaría a vivir con la amante, y su nuevo hermano. No le convencía nadie. Ni las compañeras de trabajo, quienes, condescendieron y perdonaron a Matilde la estafa, porque hasta entonces se dieron cuenta que esa forma de trabajar tan afanosa, no era más que un trampatojo ante su profundo dolor de mujer engañada. No lo convenció su hija, la que estaba en el justo medio de su hermano mayor, la disputa y la menor. Ella, no entendía lo que estaba sucediendo, ignoraba que tenía un hermano recién nacido, y sólo quería estar al lado de su madre. De la amante de su padre nada quería saber.
           Vivieron con un  retorcer de dedos ante la angustia, la ansiedad y el miedo debido a la incertidumbre de la salud de Matilde, el futuro de los niños, fruto de un matrimonio totalmente roto.
            El esposo de Matilde fue inclemente y les hizo recordar, con pelos y señas, lo inconscientes que habían sido con otra joven. La que recién se había casado con el hijo menor de doña Victoria. Todavía habían sedimentos de ese chisme de cuando la muchacha contrajo nupcias, y en la víspera de la boda, un resentido escupió voces contra la pureza de la joven. Eso bastó para que dejaran a la novia, con su vergüenza y su vestido nuevo, mojado de llanto abandonada a su suerte. Y por supuesto, las hermanas y la madre del futuro esposo, comandadas por Matilde. Menos mal, que el hermano menor de Matilde ignoró a las mujeres y se casó, teniendo por acompañantes, algunos amigos, y su cuñado.
           - Entonces yo sí debo ser pendejo. - Decía el esposo de Matilde - Abandonaron a Polo en su boda, todo porque llevó al altar a una puta, y ¿Matilde? ¿Qué era Matilde cuando yo la desposé?
           Y aquí se hizo presente el silencio de todos los silencios.
           Fue por ello que Aura, al ver la profundas ojeras azuladas de la mujer de Polo, quien con tal de ser aceptada, con tal de que se dijeran de ella cosas mejores, con tal de que la displicencia de la cual era objeto por parte de la familia de Polo se redujera, aceptaba quedarse a velar a Matilde, se solidarizó y pidió permiso para relevarla de tan ardua labor.
            No lo hizo para quedar bien. Aura no tenía el mínimo interés en ello. Algo, no supo qué fue, la movió a hablar con el esposo de Matilde, y él, sin pensarlo mucho, le dijo que a Aura que sí, que retiraría los cargos contra Matilde, siempre y cuando, ella, fueran tan generosa con él, como lo fue con las autoridades, que con cargos o sin éstos, volvieron la vista a otro lado y no siguieron de oficio la investigación que no beneficiaría a Matilde. La cárcel o el psiquiátrico eran las únicas opciones viables.
            Aura le dio una cantidad considerable para él. Para ella no. La cantidad que le dio, era lo que Aura gastaba en algún almuerzo fuera de la ciudad con su concubino. Era una mujer independiente, en el terreno de los ingresos económicos. 
            Le dio diarrea cuando, el joven, ya con el cerebro contaminado por las drogas intentó patearla y le dijo puta, así sin más. Se le reviró el hígado y quizá quiso revirar el tiempo y no haber pagado nada a nadie y se hubieran llevado a Matilde a la cárcel o al hospital mental, que era lo único que merecía porque Aura seguía siendo calificada como lo peor. 
            Y lo peor de lo peor, fue aquel calamitoso medio día que Matilde, intentando cubrir la piel herida con una blusa de cuello alto la increpó y la bañó a maldiciones. Matilde iba a su trabajo, que conservó por la gracia de sabrá Dios quién, se instaló en la casa de su madre con todos sus hijos, y Aura iba al mercado.
             -¡Eres una puta! ¡Eres una pinche puta! ¡No se te olvide!
             Este reclamo de Matilde a Aura fue, porque Aura no quiso acompañar a Matilde al encuentro con una bruja. Una charlatana que le aseveró, que sí, en efecto, ella no quiso jamás matar a sus hijos ni haberse auto infligido esas heridas mortales a su existencia. Todo fue producto de un hechizo. Los autores en un conciliábulo quisieron quitarla de en medio, y esos eran, el esposo y la amante. 
             Al no complacer a su "cuñada", por ser extremadamente escéptica, Aura perdió la oportunidad de congratularse con ésta, por lo que, a pesar de aquellos desembolses generosos que evitaron que Matilde tuviera un fin más aciago, Aura volvió a ser la deleznable concubina que merecía ser vituperada, agredida, golpeada, azotada y demás.
             Cuando Aura vio alejarse a Matilde, adoquinada de cicatrices en el cuerpo, en el alma y en la vida, sostenida por el brazo de una mujer que le hizo el quite, no pudo menos que sentir lástima, al tiempo que se preguntaba por qué ella, Aura, era parte de eso, esa familia, sin necesidad alguna. No se respondió, prosiguió su camino hasta el mercado, compró pollo y unas zarzas, para preparar por fin, una antigua receta que mucho añoraba su concubino, recordando a su abuela, suspirando por ella... 

    
            
       
            





             

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