sábado, 26 de diciembre de 2020

La peor de mis villanías en el Lago de Quivira.



La peor de mis villanías en el Lago de Quivira

 (The worst of my felony at Quivira´s Lake)




     La foto de portada es de Mark. Las otras son mías, tomadas con el celular. 

     Concebí la macabra idea una mañana que, la aturullada de doña Lety se le habían cuatrapeado las fechas y el orden que se debían limpiar ciertas casas y, nos envió a una casa que, ese día no nos esperaban y por ello no nos dejaron el código para entrar. Telefonearon al dueño de ésta, y yo, ya había entrado a la casa y hasta el baño y tomé unos chocolates confitados para calmar el temblor en las manos cuando me atacaba una baja de glucosa. No sé si soy hipoglucémica, pero esto me sucede, sobre todo si desayuno, y dejo pasar más de dos horas sin hacer otro alimento, es decir, si desayuno muy temprano, entones debo seguir comiendo casi por cinco veces en un sólo día. Y en mi trabajo con doña Lety, yo solía desayunar a eso de las seis de la mañana, por consiguiente, pasadas las nueve de la mañana tenía que comer otra vez, y luego a las doce del día y así sucesivamente.
     Así que, no entendía, si estaba comiendo tanto, por qué mis primas aseguraban que yo estaba perdiendo peso. Y chillaban de rabia contra doña Lety. Creían que ella me estaba explotando en aquel trabajo y eso no era verdad. Nunca se me desquebrajaron las uñas que ellas insistían que yo debía cuidar, ni nunca me sentí cansada ni nada. Y si se hubiese dado el caso de la supuesta explotación de doña Lety (que no lo fue) por la tarde, yo me iba a una estación de radio, en donde tenía mi propio programa radiofónico. Dos horas en un lugar quieto, nuevo, limpio, donde estaba cómodamente sentada masajeándome los pies, mientras hablaba a través del micrófono, ganando a veinte dólares la hora, es decir, ganaba cuarenta dólares por estar sentada, en cambio con doña Lety, ganaba solamente diez dólares por la hora.
     Me miraron con envidia las compañeras de trabajo. Yo, cupe por el cuadrado en la orilla del piso, el que dejan la mayoría de personas para que el perro entre y salga con total libertad. Me deslicé con mucha facilidad. Vi los rostros petrificados de horror de los demás compañeros de trabajo, haciéndome señas que dejara ese lugar de inmediato. Por supuesto que, las cámaras de vigilancia habrán captado el momento, por lo que le dije a Jorge, el hermano de doña Lety que, comandaba las brigadas, le avisara al dueño que yo, me introduje en su casa, por mera equivocación. No hubo ningún problema.
     En tanto doña Lety, desde su casa intentaba poner orden a todo, con muchas complicaciones me supongo, doña Lety tenía en desorden todo, su casa, era un tiradero que yo, sencillamente no toleraba, y así tenía sus agendas, al grado tal que una vez, nos preguntó a nosotras, sus empleadas, si alguna de nosotras sabíamos el password de su correo electrónico, mientras vanamente intentaba acceder a este, para encontrar el code pass para entrar, no a la casa, sino a la zona del lago de Quivira.
     La vez que yo vi esa casa de la que, con mucha excitación me hablaban mis compañeras como la casa más hermosa del mundo, me decepcionó porque no era más que un caserón frío empotrado en un muy pequeño risco, con vista al lago. 
     Si acaso me impresionó el hecho de que, al menos esa zona, era una parte del lago totalmente privada. Se necesitaba el código de acceso, y doña Lety lo había recibido a través de su correo electrónico. Una mujer grande, que esa vez coincidió de trabajar conmigo le recordó a doña Lety que, los dueños de la casa del lago de Quivira no actualizaban muy seguido el código de acceso, porque ellos vivían en Texas. Doña Lety buscó la lista de fechas anteriores y ¡voilá! El código funcionó y se abrieron automáticamente las enormes puertas de bronce que permitían el acceso al fraccionamiento. En una garita más adelante había que dejar credenciales de identificación, firmar la entrada y luego, por consiguiente, la hora de salida. Para ello, ya no se requería ningún código.
     Esa, para mí, era la peor de las casas que tenía doña Lety. Hacíamos mas de una hora de camino, y ella, no nos pagaba el tiempo durante el trayecto. Richard´s maids sí lo pagaba (esta compañía era de mi prima, y me había retirado el habla porque, ni ella ni ninguna de mis primas estaban de acuerdo que yo trabajara haciendo limpieza de casas, en tal caso, habría trabajado en la compañía de ella, y como se negó a emplearme, yo acepté el trabajo de doña Lety). Y luego, la casa enorme, deshabitada todo el tiempo, no había gran cosa qué hacer, doña Lety exigía que se reportara media hora de trabajo nada más. 
     Lo que más o menos, a mi parecer, valía la pena en aquella oscura casa, era el basement, o sótano. (Para mí la palabra sótano me hacia pensar en un lugar oscuro usado para bodega, o cosas así) pero éste sótano era realmente bonito, y la casa tenía tantos niveles, que, también desde el sótano se podía divisar el lago. En este lugar sólo había que limpiar los baños, que no estaban sucios. Se dejaba una especie de huella en las alfombras, dibujando una especie de "pinitos"  a la vez que se aspiraba. Encontrábamos esas huellas intactas. Nadie había pisado las alfombras de aquellas siete habitaciones. Acaso alguna vez una, justo la que tenía una ventana con vista al lago, pero esa ventana siempre estaba cerrada. Extrañamente, aquella casa, ante la ausencia de muchas cosas, no guardaba olor a humedad. Una de las habitaciones, me recordaba cuando solía ir a trabajar a Puerto Vallarta. La roca con la que estaba hecha la edificación se parecía mucho a los hoteles de Puerto Vallarta, y las primeras veces me daban una habitación escondida, donde era necesaria la luz del bombillo eléctrico, y tenías que tener consciencia de dónde estabas para no morir de tristeza, parecía que estabas en un calabozo medieval y no a unos pasos de le hermosa playa de los muertos de Puerto Vallarta.
     El sótano tenía una enorme sala de estar y una barra con refrigerador, un mini cooler, horno de microondas, un lavabo y unos gabinetes con loza y cristalería. Eso yo lo limpiaba en un santiamén. Y no fui yo, sino Jorge, quien una vez me regaló un refresco de lata con sabor mandarina y una bolsa de papas fritas. Me asusté cuando empezó a sonar música y fue que, Jorge, la activo con su música que envió al aparto estereofónico a través del bluetooth. 
     - Eso no se hace Jorge. - Le dije mientras me tomaba sí o sí el refresco. Jorge ya lo había abierto. Jorge me dijo que nunca habían tenido problema con nadie por este tipo de conducta que, para mí, que estaba en modo timorata aguda, era robo. Robo hormiga, le dije y Jorge respondió con tremebundas carcajadas.
      Mi mal humor se acrecentó cuando las otras compañeras de trabajo me dijeron que por vivir en ciudad de México, yo, debía estar acostumbrada a realizar robos más grandes.
      De hecho, desde que llegó usted, le damos a Jorge a guardar nuestro dinero. Los chilangos son rateros por naturaleza, así que, hemos estado viviendo con mucha desconfianza.
     Cuando le conté esto a mis primas, eso, pudo haber sido la gota que derramara el vaso y me obligaran a renunciar. La indignación estaba en todas nosotras. Mis primas son de un rancho, de Veracruz, y sólo por si acaso, siempre dije la verdad. Casi toda la gente que busca su vida en los Estados Unidos son gente de extracción humilde, gente que intenta escapar de su pobreza extrema y la gran mayoría también, son analfabetas. No era el caso de mis primas, venían de un rancho, sí, pero el rancho era de ellas, es decir, de mi tío. Mis primas siempre vivieron alejadas de la ciudad, y su niñez se desenvolvió entre praderas, un río, y su casa estaba rodeada de las grandes extensiones con los sembradíos de mi tío. Y por esta razón yo no las conocía de antes. Siempre decíamos: Las primas del rancho. Y yo no tuve oportunidad de conocerlas antes, porque nos visitaban poco, y yo, dejé la casa paterna desde los dieciséis años. Tenía un vago recuerdo de María, por su hermosos ojos verdes, pero nada más. En cambio ellas, no paraban de hablar de su prima la artista, y yo, qué más he de decir: moría de vergüenza. Y ellas, de rabia. Del porqué se fueron a vivir a los Estados Unidos, es cosa que no me incumbe. De ellas, sólo puedo hablar de su gran nobleza, de su enorme bondad y de ser muy trabajadoras, y son humildes sí, pero de corazón. De lo demás, no creo que sea tan importante.
     Para el tiempo aquel, en que me introduje por la entrada del perro, y comí chocolates confitados, yo también cogía la fruta y demás cosas que, ignoraba que los dueños dejaban todo eso adrede. A los plátanos, una vez que se asomaban unos puntos cafés, por la madurez, ya no los comían, las manzanas si eran muy pequeñas y no tenía un color uniforme también las desechaban, y bueno, debí acostumbrarme a ver cómo tenían ese estilo de vida. Era por demás desquiciarme, así eran y así son. Y bueno, quise despacharme con una cuchara muy grande.
     Doña Lety envió a tres personas a la casa del lago de Quivira. Quería un reporte de tan sólo media hora.
     - Yo no voy a limpiar una casa por cinco dólares. -Pensé. Doña Lety tenía un modo de ser, que a mí, nunca me encantó, pero le llevé la corriente, hasta que la hice hacer el entripado de su vida, algunos meses después. Mientras, le fui dando sorpresa, tras sorpresa, como cuando, en la casa de una canadiense, protesté, porque yo había limpiado la cocina (amé limpiar baños y cocinas y no le vi nada de pesado a esto, las compañeras detestaban este trabajo, en cambio yo, no soportaba hacer camas y limpiar recámaras, doblar ropa, etc. Y por ello, mi trabajo para mí era bastante relajado) y la dueña se encontraba ahí, y se dispuso a hornear galletas. Le dije que ya había limpiado y no lo volvería a hacer. Ella me dijo que no me preocupara. Me dijo que me sentara en la barra de la cocina, me sirvió un café con crema. Puso el plato de galletas, se sirvió un café  y se puso a charlar conmigo. No puedo olvidar la cara de doña Lety que, furibunda bajó las escaleras gritando:
      - Yo le pago por trabajar y no por platicar.... ¿Está usted hablando en inglés?- La dueña le dijo que ahí mandaba ella, y si le placía conversar conmigo era cosa de ella, y si no, que recogiera su cheque y en ese momento daba por terminado su convenio con ella. Doña Lety ignoró el regaño, se aproximó a mí, con el rostro desencajado y me dijo:
     -¿Desde cuando habla usted inglés?
     -Since always ma'am. (Desde siempre señora) - Le respondí.
     -Entonces, cuando mi hija la conoció...
     -Oh sí. Su hija dijo que yo era una muerta de hambre, y dijo que anhelaba el triunfo de Donald Trump como presidente para que echara a esta bola de indios desgraciados que, como yo... I was licking finally some food. (Yo finalmente estaba lamiendo algo de comida)
        La canadiense, al escuchar esto último gritó:
     - ¿What ? ¡I can´t stand someone mistreating their employees like that. Mexican or whatever !¡You´re fired ma'am! ¡Fired! (¿Qué? ¡no soporto que alguien maltrate así a sus empleados, está usted despedida señora!)
     Extrañamente doña Lety no me despidió a mí de su compañía. Antes de irnos de esa casa, yo le entregué una tarjeta mía a la dueña. Ella me telefoneó a las dos horas, y le dije que Richard´s maids podía darle un buen servicio, pero ella no aceptó. Por el nombre pensó que se trataba de una compañía americana, y bueno, lo era en parte, pero la dueña era mi prima. No sé si confiaba más en el trabajo de una mexicana por barato o por bueno. En fin que, esa oportunidad no era para desperdiciarla con remilgos de esa índole. Acepté lo que me ofrecía, y le dije a Johanna si aceptaba ir conmigo, una vez por semana a la casa de la canadiense y nos ganamos por nuestra cuenta cuatrocientos dólares. A mi prima le daba la mitad. Richards mi otra prima, me devolvió el habla al ver mi desenvolvimiento, y me prestó sus papeles para entregar la primer acta de "aseguranza" dicen allá... Insurance, que le entregué a la canadiense, y fue así como obtuve la primera casa, en lo que, al parecer, se estaba cocinando sin saber, el hecho de que tendría mi propia compañía de limpieza en los Estados Unidos.
     Volviendo al lago de Quivira, esa vez que no quise limpiar una casa por cinco dólares, les dije a las compañeras que había recibido una llamada de emergencia y me tenía que ir. Así le avisé a doña Lety, para que ella fuera a recoger a las otras empleadas. Y es que, doña Lety, en cuanto veía mis habilidades y temeridad, más responsabilidades me cargaba. Me puso como jefa de cuadrillas, debía ir en mi coche, llevando a las compañeras a las casas que nos asignaran... y apenas me daba de diez a quince dólares extra por los gastos de gasolina. ¡No señor! Así que, puse en marcha la quisquilla aquella que no me dejaba vivir... (Me río, fue una locura, pero casi todo lo que quise hacer allá lo hice... )
     Sólo moví mi carro fuera del estacionamiento externo que tenía la casa. Me fui a deambular y andando vi el Country Club de ese lado del lago de Quivira y la fachada era bastante semejante a la casa que limpiábamos. En sí, la mayoría de casas se parecían entre sí. Telefoneé a mis primas y les dije que, había conseguido un tour muy barato para ir a Minnesota, justo al parque Walnut Grove, al museo de Laura Ingalls Wilder. Por supuesto que ellas no entendían nada, sabían que, deseaba yo ir a ese lugar y se planificaron de muchas maneras la idea de hacer esa visita entre todas, junto con las amistades que tenían ellas, y todo esto tenía que cuadrar con las vacaciones de todas, y como nunca cuadraban, siempre me pareció un viaje imposible. De hecho lo fue. Nunca fui a Minnesota ni me interesa ir ya. Johanna fue quien a duras penas me deseó suerte. Sabía que no me podía retener. Ya luego, según yo, le hablaría desde la cárcel si las cosas no salían bien.
     Eran las tres de la tarde, cuando me asomé a la casa del lago, y no había un rastro de nadie. Apliqué el código y se abrió la puerta del estacionamiento. Cerré. Entré en la casa. La estancia principal era tan sombría como el resto de la casa. Abrí las persianas de madera y me molesté al ver polvo. (las compañeras no limpiaron las persianas) A mí me parecían tan fáciles y divertidas de limpiar. Tranquilicé mis nervios cuando humedecí un trapo y las limpié, todas. Vi mi reflejo en esa mesa de servicio de hierro forjado que tenía locas a todas mis compañeras. Es una mesa bonita, yo tengo una muy parecida. No son unas antigüedades muy preciadas porque son de los años sesenta, así que, no rebasan los diez mil pesos mexicanos, una en buen estado. Vi el libro de visitas que tenía en una tribuna de madera. Al revisar vi saludos escritos y agradecimientos por una fiesta que se dio unos días antes del Thanksgiving day. Hacía poco más de un mes de eso. 
     Era miércoles y pensé que quizá esa misma noche dejaría la casa. Eran las seis y ya estaba oscuro. Vi que tenían calefacción general y también individual. En caso de quedarme, ya tenía elegida la habitación. Esa, era la habitación de una mujer. Los armarios tenían ropa que, me parecía regular. No usé la ropa, por supuesto. En Estados Unidos, por mi condición de múltiples personalidades, anduve siempre en mi Filemón (así se llamaba mi carro) llevaba un veliz pequeño con ropa para dar show. Cosméticos, por si me llamaban para maquillar y peinar a alguien, para ello, traía en la maleta tenazas y planchas. Y siempre, llevaba ropa interior, ropa ligera por si me acaloraba, pero aquella vez, sí empezó el frío por una ventisca que creí que sería nevada. Por ello decidí que, sí pasaría la noche ahí. Daba lo mismo si me quedaba con los jeans puestos o no. Debajo traía ropa térmica negra. A la parte alta de la casa no me volví a asomar, desde la vez que, vi que tenía un mirador con mobiliario de madera, y se veía patético todo, con picos de hielo por todas partes. Me parecía un desastre. Sabía que en la cocina principal, en la nevera no había nada, y definitivamente era más cálido el ámbito en el sótano, que en ese lugar con un comedor de veinticuatro puestos. Llamó mi atención que, en esa, y en todas las casas, gustaban mucho de la mantelería tejida a crochet. ¡Amo el tejido a crochet! Y por lo mismo vendí varios manteles tejidos y copetes para cortinas de cocina cuando anduve por allá. Ese salón comedor con aquella inverosímil mesa de tantas sillas, también estaba cubierto con un mantel a crochet, elaborado con un preciosismo exacerbado. Y aquel día pasó sin novedad. Con el miedo de manejar en la nieve, fui presa de mi propia extravagancia, y finalmente no entendí como carajo tuve tal osadía. Para cenar, encontré en el congelador muchas cosas, y me decidí por el corte americano del pollo, pierna con muslo y tomé un paquete congelado para preparar croissants. Horneé el pollo y lo bañé con una salsa gravy que encontré en la enorme alacena. Ahí habían más cosas qué elegir, pero solo tomé un paquete de galletas. Comí sentada en la barra que tantas veces había limpiado, y aun no me sacudía nada ante lo que estaba viviendo. Eso sí, me sentí muy sola, demasiado sola. A primera hora, en cuanto despertara, si no sucedía nada, me iría de ahí, y quizá, yo misma me denunciaría con doña Lety.
     Antes de dormir, con la ropa térmica, me puse un poco de Shalimar, y me gustó, pero no como para comprarlo. Ciertamente que tengo un vicio por los perfumes, pero allá, usé solamente un Charly  Blue, que en México yo, solía llamarlo perfume de farmacia, de un modo peyorativo. Un perfume de acaso doce dólares, o quizá menos que compré en un super mercado que vendía de todo. Y aun así, había quien me criticaba por despilfarrada. 
     Desperté de un brinco y sólo había dormido acaso una hora. Maldije mi temperamento y mi hambre de adrenalina. Yo no soy así, no me encantan las emociones fuertes, no me subo a la montaña rusa, no apuesto fuerte a nada... ¡Qué demonios estaba yo haciendo ahí! Y sin darme cuenta entre maldiciones y mal dormir, me quedé dormida y desperté cuando ya la luz del día estaba bien asentada. Disipé mi mal sabor de boca con un té de anís y ¡My God! No podía salir. Había gente en el jardín.
     Eran cuatro hombres con overol y se leía en la espalda: Garden & CO. Pensé, "qué nombre tan original para una compañía de jardinería". Estaban en la planta baja. No estaban en el interior de la casa, pero sí tuvieron que abrir la cochera. Por fortuna, desde que concebí mi estúpido plan, llevé a Filemón a una calle inclinada que, estaba justo arriba de esa casa.
     Yo, creo que puedo oler a la gente de mi raza. Eran hispanos todos, y aunque en esa temporada no se hacen trabajos de jardinería, quizá los dueños hayan sido muy atentos en darle mantenimiento a una casa que está tan sola, que hasta una extraña excéntrica pudo pasar la noche ahí. Y vi de entre los trabajadores a un gringo. No entendía como un americano hacía trabajos menores de diez o doce dólares la hora, hasta que vi un dispositivo en su tobillo. Tuve que aferrarme a la cortina de brocado con la que me protegí. Pensé que si era descubierta, no me deportarían nada más, quizá habría de estar obligada a permanecer en aquel país, con una tobillera de ese tipo. Ese hombre estaba haciendo un trabajo menor, de un modo tal que, no violara su libertad condicional. ¡Ay mi Dios! Y no se iban. Estuve en el sótano hasta las tres de la tarde y cuando volví a la planta baja, estaban los hombres en la cochera comiéndose una pizza. Ignoro si en la zona haya una pizzería, pero estoy segura que no, el entregador debió dar el código en la entrada al fraccionamiento. Me volví al sótano y no pude entretenerme ni viendo televisión. Acaso me relajé un poco en la habitación que un poco más seguido solía necesitar arreglo, y por la ventana vi el lago, apacible pero frío. Vi los muelles abandonados por las heladas. ¿A quién se le antojaría pasear en bote a una temperatura de menos cuatro grados centígrados? Los hombres siguieron trabajando en el exterior de la casa. Rompían el hielo de las fuentes, y cortaban las ramas secas y todo lo que la escarcha hubiera dañado. Y si yo, ya estaba ahí, pues, me preparé algo de comer. Ansiaba que esos tipos se fueran para, como bólido escapar. Y entonces me atrapó la nieve, esta vez, sí, nieve y no ventisca. En las noticias entendí que era una especie de borrasca y mi prima me envió un mensaje para saber si me encontraba bien, ya que, ella me informó de la fuerte nevada, y yo le dije que en Minnesota el clima estaba bien. Frío, pero bien, pero que quizá, volvería antes de lo esperado.
      Nada de eso sucedió.
      Estuve comiendo pollo, y pasta hojaldrada que, pensé en caso de salir airosa de esa payasada, compraría para comerla, porque me había sabido muy sabrosa. Me asomé a la cava de los vinos y me lo pensé mucho para destapar una botella de vino tinto, y entre que tanto lo pensé, no me tomé nada. Una lata de cerveza que me supo muy amarga. Las provisiones, no se veían mermadas, aún así, me prometía que llevaría para reponer algo. Compré una película a través de una plataforma digital y aquella noche no estuvo tan mal. Al día siguiente, me aseguré de haber recogido todo rastro de basura, restos de comida, etc. y lo puse todo en una bolsa. Quité las sábanas que me cobijaron durante dos noches y entonces sí se me fue el aliento. Creí que perdería el sentido cuando escuché las máquinas de lavar funcionando. No tenía la menor idea de quién pudiera estar dentro de la casa, pero quien fuera, estaba yo perdida. Según yo, lavaría las sábanas y las colocaría de nuevo en la cama y me largaría de ahí. Estuve más de cuatro horas encerrada en el cuarto, apenas pudiendo respirar, hasta que caí en la cuenta que, por no entenderme yo mucho con las recámaras, olvidé que, en caso de cambiar la ropa de cama, había que ponerla en la máquina de lavar y programarla para funcionara a cierta hora. Aquello era un trabajo extra que ofrecía doña Lety, porque no nos permitía lavar un solo vaso de la cocina, no limpiar hornos, ni ventanas. Por lo tanto, tampoco se hacía un trabajo de lavandería. Esa vez yo sí les regalé el trabajo. Una vez que se lavaron las sábanas, las puse en la secadora, para más tarde sacar esa ropa, doblarla y guardarla. 
     El panorama afuera era totalmente desolador. Esa, mi última noche la aproveché de la mejor manera. Prendí la calefacción general, escuché música, bailé sola, anduve descalza por entre las mullidas carpetas, fui hasta el tercer nivel donde había un living room enorme, y una biblioteca sin nada interesante para mí. Compré otra película en la plataforma digital, me preparé un corte de carne al horno con papas salpicadas de paprica, me comí un par de bolsas de palomitas de maíz y me dormí. Al despertar me bañé, me puse mi ropa térmica que lavé en las máquinas, me puse Shalimar, y como si fuera dueña de la casa y la situación abrí el garage y salí. Encontré a Filemón tan fresco como una mañana de primavera. Había poca nieve en el suelo, y aunque hubiese habido mucha, creo que ya, esa excentricidad había perdido el chiste y no tenía por qué vivirla más. Me acongojé y pensé que no saldría airosa de aquella aventura en cuanto me acercaba a la garita. El vigilante me preguntaría por qué estaba mi credencial ahí desde hacía tres días, pero no sucedió nada de eso. Un visitante, es eso, un visitante, no tienen por qué cuestionarlo. Firmé mi salida y me enfilé hacia Overland Park. 
      Mis primas me recibieron con algarabía y me preguntaron por las fotos que me hice en Minnesota o en el tan mentado Walnut Grove Park. No tenía mucho que decirles, poco podían imaginar que nunca dejé el estado de Kansas, y que hube estado en el condado de Wyandotte, en Quivira, viviendo a expensas de las provisiones que guardaba Mark en su enorme y fea casa del lago de Quivira.
     Cuando ya tenía mi compañía No Laundry & No Windows, Co. y Mark, el dueño de la casa se hizo mi cliente, y mis primas trabajaron en esta empresa, les conté lo sucedido. Johanna se ahogaba de risa y las otras dos, definitivamente no lo creyeron hasta que Mark, que ni él lo creía, les mostró el mensaje que le dejé en su libro de visitantes.
... My dear hostess, I wanted to live a one experience, and I lived in your house for four days, illegally. I ate your food and drank your sodas. I used your oven. I honestly don't like your house, ´cause it´s seems to cold to me, it lacks a soul, and I´m sorry for what I did.

(Mi estimado anfitrión, he querido vivir una experiencia única y viví en tu casa por cuatro días ilegalmente. Me comí tu comida y me bebí tus refrescos, usé tu horno. Honestamente no me gusta tu casa, me parece fría, creo que le falta alma. Lamento lo que hice)

     Pasaron varios meses para que Mark, leyera ese libro de visitas que decía, casi no lo revisaba. Decían (nunca lo vi) que ahí se hacían fiestas de antología, aunque muy esporádicamente. Se quejaron las empleadas de doña Lety, cuando les tocaba levantar toda aquella resaca de los festines desbordados de locura.
     Mark me telefoneó porque yo misma dejé escrito mi número telefónico. Me dijo que no tenía ninguna esperanza debido a que, vio que mi número tenía código de Chicago. Cuando llamó, yo ya no tenía miedo, y pensé que una simple nota dejada en su libro de visitas no era prueba alguna para que me arrestaran. A Mark solo le interesaba saber si esa nota era cierta, y cómo hice para colarme en su casa. Eso, se lo he contado de viva voz por el mes de junio del año 2016 aproximadamente, y le conté sobre mi estadía en aquel país y nos hicimos amigos, al grado, de contratar los servicios de limpieza de mi compañía. Nunca se ofendió por este acto vandálico de mi parte. Mark es un señor muy amigable, vive en Texas y la casa del lago de Quivira la quiere para cuando desea hacer un buen desmadre con sus amigos en Kansas, donde se travisten, beben y bailan hasta el amanecer, casi siempre en el verano. 
     Muchas gracias querido Mark, por tu llamada en esta Navidad con pandemia. Aquí te muestro lo que he prometido. Gracias por ser mi amigo.
P.D. Lamento mucho haber usado el Shalimar de tu mamá.
Lety Grey.
Invierno 2020


Saludos Mark. Si a ti no te parece esto un ámbito triste, pues es que vivimos en mundos diferentes.
Love, Lety.








     

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