Es un extravío desesperante; el tictac del reloj acompasa ese tiempo repleto de oscuridad que me atropella la paciencia. Los gritos de la noche se ven interrumpidos por una ráfaga de una metralleta, esa sí muy vívida, el tictac empeñoso en disturbarme, más tarde otro ruido que cimbró la calma endeble que estaba conquistando, y un insomnio impertinente mordiéndome la paz. Han transcurrido veinticuatro horas; el cuerpo no protestó porque no le permití dormir a las siete de la mañana, ni a las diez, tampoco a las cuatro de la tarde.
Su venganza estaba lista a la medianoche. Ni siquiera hay cansancio, solo la consigna de que se resistirá a dormir con el canto de las estrellas, ignorará el arrullo de la luna, lanzará por la borda el compromiso del próximo lunes, claro; es un complot entre la mente y el cuerpo, se han obstinado en hacerme sentir un parásito. Estoy atrapada en el paréntesis de mi voluntad contra la mala costumbre.
LG.
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