sábado, 24 de julio de 2021

DE PRISA QUE YA NO AGUANTO EL MIEDO

 DE PRISA QUE YA NO AGUANTO EL MIEDO.

Entré a su casa, sabía que esa era su casa, había investigado bien. Mi pecho rebosaba de un sentimiento indescriptible, mi boca, acre y seca. De pronto pensé que me había metido a una trampa. Era yo más estúpido que una rata. Mientras el sudor me corría por las sienes me acordé de aquella trampa que le puse a las ratas: una cayó, y ahí la dejé. Y no volvió a caer ninguna otra. Me dijeron que las otras ratas habían visto a la primera y no eran tan estúpidas para pisar esa tablilla pegajosa: las maté a todas despanzurrándolas con palos, cuchillos y hasta con machete. No tuve piedad, eran ellas o yo. Así estaba yo, con otra impertinente gota de sudor que se me resbalaba por la espalda y me robaba la concentración.

¡Me valió! 

Si ya estaba ahí tendría que mantenerme firme en mi determinación. Mi respiración era agitada, me faltaba oxígeno, pero debía seguir. Oteé por los espacios iluminados débilmente. Ignoraba en dónde estaba ella en ese preciso instante. Podía matarme y argüir más tarde que me confundió con un ladrón, y sí, me introduje a su casa como un ladrón.

Ella estaba en la cocina. Me sentí más tranquilo. Me di tiempo para que mi respiración volviera a su ritmo. Con sigilo, me escurrí al interior con mis pasos gatunos. Ella se viró.

-¡Ah! ¡Tú! -me dijo, fingiéndo no estar sorprendida.

Mi mirada debió advertirle que no iba dispuesto a nada bueno. Le vi el miedo en la ígnea sonrisa que me lanzó. "Pobre pendeja", pensé. Creerá que la creo muy valiente. Nadie, por cabrón que se sienta, te puede sonreír cuando sabe perfectamente que alguien escapó de la cárcel.

Me escapé de esa prisión donde estuve por su culpa. Me traicionó. Los dos cometimos el delito. Ella, la muy "sapa" me delató.

Yo debía actuar con mucha cautela, ella siempre fue audaz, tenía habilidades para resbalarse de los nudos más peligrosos, por eso hacíamos magnífica pareja.

- ¡Tengo una hija! ¿La quieres conocer?

No entendí a qué venía eso de provocar que mi ira se encendiera más. A mí eso qué chingados debía importarme su pinche hija, al contrario, ella estaba preñada de otro y por eso me delató, para deshacerse de mí,  pero supe que ese otro la dejó con el paquete.

Con toda la cólera y hambre de venganza que me empujaron a aquella trampa viscosa, entre el olor de la leche agria que eructaba su engendro de niña, la mierda de los pañales en el bote de basura y la papilla que le preparaba cuando la sorprendí me lancé sobre su cuello. No debió extrañarme que de entre las cucharas ella sacara un cuchillo pequeño, con los que cortan los bisteces, e intentó clavarmelo en la espalda. No pudo. Apenas y chocó la punta en una de mis costillas y aproveché su confusión para, después de doblarme, tomar vuelo para sorrajarle mi mejor golpe. Debía darme prisa, porque tenía un miedo inefable, un terror profundo, el peor de los ataques de pánico de que, la policía que me venía pisando los talones, me impidiera descargar todo el rencor añejado en esos meses que pasé en la cárcel por su estúpida traición.

miércoles, 30 de junio de 2021

¿YO, RACISTA?

 

¿YO, RACISTA?

    

Fue en el tiempo que no entendía qué significaba ser racista cuando odié a Fermina. Mi mamá me regañó y dio por sentado que yo la detestaba porque era prieta, prietita dijo mi mamá, como si eso suavizara mi odio. ¡No fue por eso! Ni siquiera me había dado cuenta que tan morena era Fermina. El caso es que yo era la favorita, la consentida de mi profesor y llegó ella, tan sotaca, tan estúpida y tan zonza: hablaba con la lengua asomada entre los dientes y hacía zumbar la «s» y por ello parecía una bobalicona. Tuve que hacer un acto de contrición antes de confesarme con el cura y decirle que detestaba a Fermina, y hasta que hice tal acto, fue que me di cuenta por qué se me hacía insoportable. Yo era la única que tenía un mesa-banco para mí sola, me distinguía hasta en eso, yo solía decir el juramento a la bandera, yo me destacaba en los bailables los días festivos, pero la llegada de Fermina me quitó el favoritismo y la sentaron junto a mí. En lo demás no se destacó y fue la clásica burra a la que no se le podía tomar en cuenta para nada. Era bastante estúpida la niña esa. Y la que le agarró más ojeriza y le hizo mucho daño fue Alicia.

     Alicia era demasiado vieja, a mi parecer, para ir a la escuela con nosotros. Tenía muchos amigos, pero ella me prefería a mí, aunque se la pasaba mejor platicando con mi mamá cuando íbamos caminando de regreso a nuestras respectivas casas. Alicia nos invitaba refrescos. Quién sabe de dónde sacaba dinero, pero pagaba la cuenta de hasta diez refrescos helados que bebíamos con avidez para apaciguar el calor debido aquel sol de fuego que nos quemaba hasta el buen humor. Esa mujer, cuando se enojaba, le perdía el respeto hasta a los propios profesores y al director. No supe jamás por qué no la expulsaron, ella se fue, el día que se quiso ir, o, mejor dicho, el día que se tuvo que ir. Mientras, cuando algo no le parecía, echaba pestes y madres a grito vivo y nosotros nos carcajeábamos divertidos. Esa lengua, mis papás me habrían obligado a mordérmela y la boca me la habrían reventado de un madrazo si hubiese hablado como lo hacía Alicia. ¡Oh por Dios! Dije madrazo, tampoco podía decir madrazo, aún no puedo decir esa palabra deliberadamente. Cualquiera habría pensado que yo estimaba a Alicia como muchos, y tal vez sí, pero de lejitos, Alicia era demasiado rubia, el fino vello de sus brazos era tan rubicundo como toda ella, parecía un animal colorado cuando estaba un rato bajo aquel impiadoso y colérico sol que no nos dejaba descansar ni en invierno. Alicia me daba asco.

     Los veranos eran insoportables: caían lloviznas tan tiernas que parecía que lo que caían eran las alas de los insectos que más tarde nos acribillarían con sus punzones y, la piel se nos ponía pegajosa porque el agua se evaporaba y nos calcinaba: no nos dejaba vivir. En tiempos así, trataba de imaginarme cómo viviría Alicia en su jacal que tenía enfrente al mar. Sus padres trabajaban ahí y por consiguiente les daban esa pocilga para vivir. Era un cuadro hecho de tablas viejas y podridas, el piso era la arena y no había mucho más qué decir. En cambio, Fermina vivía en la misma colonia donde vivía yo y no estábamos tan cerca del mar, pero su casa era enorme. Parecía una paloma blanca en medio del pantanal. Nunca la odié por eso, ya dije antes por qué.

     Fueron tiempos que me dejaron muy confundida. Me confesé con el cura y le prometí a él, no a Dios, que sería amable y gentil con Fermina sin importarme su color porque así me dijo mi mamá que lo dijera y traté de cumplirlo en la medida de lo posible, pero creo que no lo logré. Estoy segura que Fermina llegó a serme indiferente. No tuve ninguna consideración con ella la vez que estuvimos jugando fútbol y le atravesé el pie para que se cayera, pero lo hice por defender al equipo en el que jugaba, y lo diría en confesión, le habría atravesado el pie a cualquiera que le hubiese advertido cierta ventaja y fuera con el balón dominado a punto de meter un gol. Mis compañeras estuvieron de acuerdo conmigo, pero no el árbitro y mucho menos mi mamá. La más enojada fue la güera, Alicia. Y desde ese entonces arremetió con la pobre Fermina.

     Una vez Alicia gritó que le habían robado un billete de veinte pesos. Nadie llevaba veinte pesos para gastar en el colegio, Alicia, sí, veinte o cincuenta. Eso nos constaba a todos. Ciertamente que si ella no hubiera hecho tanto alboroto yo me habría gastado ese dinero, y no lo habría compartido con nadie, pero conociéndola tan problemática y tan histérica se me hizo fácil dejar caer el billete en la mochila de Fermina.

     El maestro quiso hacer caso omiso a la queja de la güera, pero fue por demás. Alicia empezó a arrebatar las bolsas y mochilas de los compañeros, se fue sobre los varones y dejaba caer los útiles escolares dejando un estropicio de papeles, lápices y sacapuntas. Fue tanta la alharaca que entonces fue el maestro quien intervino y nos pidió a todo el grupo salir del salón. Él revisaría de manera ordenada las mochilas. Sucedió lo que yo sabía que iba a suceder. Fermina temblaba debido a la incredulidad y lloró y gritó su inocencia, aunque no había manera de no afirmar lo contrario: era una ladrona a todas luces. Nunca me imaginé que esta travesura mía se fuera tener consecuencias tan lamentables.

     Sucedió en el fin de semana. Aquella mañana de domingo mi mamá me sacudió para despertarme y no era para ir a misa, fue para notificarme que Fermina estaba muerta: la encontraron colgada en la rama de un árbol de almendro en el patio de su casa. Dejó una nota en un papelito que arrancó de su cuaderno: yo no fui.

     El hecho de haber encontrado el billete de veinte pesos en su mochila, y que tal billete perteneciera a la güera, hizo que sus padres le dieran una tunda que, dijeron, no olvidaría jamás. Y quizá no quiso recordarla o bien, no quiso vivir señalada como una ratera. No. No lo era, yo sabía que no lo era, pero tenía que ser muy valiente: no diría la verdad porque…, yo no me atrevería a colgarme de ningún árbol, es más, en mi casa ni siquiera hay espacio para tener árboles. Sufrí un impacto que me hizo tener un choque de nervios. No me dejaron ir al funeral ni al sepelio. Qué bueno porque estoy segura que no habría soportado aquel espectáculo funesto. ¡Maldita sea Fermina! ¡No cesaba de meterme en problemas emocionales!

     Me dijeron que Alicia lloró mucho en el entierro. Se presentó a la velación, pero la echaron sin misericordia y con el rencor en carne viva de que ella había sido culpable también de la decisión que tomara Fermina de suicidarse. También la señalaron como culpable y dijeron que Alicia sí se señalaba como culpable porque no debió escandalizar tanto por un mugroso billete de veinte pesos. No estuve de acuerdo, con un billete de veinte pesos yo pude haberme comprado una caja de veinticuatro lápices de colores y un cuaderno para dibujar. O si no, con ese dinero pude haberme comprado una muñeca que cerraba los ojos cuando la acostaban y hasta me alcanzaba para un juego de té y jugar a la comidita hasta con cinco niñas más. Así que, eso de que un billete de veinte pesos era una mugre, no lo era.

     Ya fueron pocos los días que la güera estuvo yendo a clases. Volvía el estómago a cada rato y mi asco por ella cada vez se me complicaba mucho más disimularlo, menos mal que dijo que se marchaba; estaba embarazada y ya no podría culminar sus estudios primarios. Menos mal. He seguido siendo afortunada y no sé hasta cuando la suerte seguirá de mi lado. Fermina ya no está y el banco es para mí sola otra vez, y la güera, (cada que me acuerdo lanzo un suspiro de descanso) ya no tengo que darle un beso de bienvenida o de despedida soportando la náusea que me provoca lo desteñido de su piel.

     Hace poco le comenté lo sucedido a una compañera que llegó de la capital; la inscribieron en sexto año. Obvio, le comenté sobre mi repudio al color de piel como el de Alicia, (lo que sucedió con Fermina, se enteró porque era vox pópuli: y esta era una nueva expresión aprendida) y la compañera nueva me dijo que yo era racista. No estoy de acuerdo. Los racistas son los que detestan a lo negros ¿O no?

 

miércoles, 2 de junio de 2021

Para ti, Bola de Nieve

 Abstraída estaba en la trama de La Mujer de la Calle cuando el foco fue para ti. Te confundí con otros e insistía que eras Juan, y no; no eras Juan. Eras tú. Volví a ver a La Mujer de la Calle, como si yo fuera La Nena obsesionada con aquellas mujeres que trabajaban de noche con sus carmines escandalosos y sus aretes feos. Y tú ahí, que no supe qué hacer con aquella suavidad que me mecía el alma por tu voz de terciopelo al ras de la recitación, pero la armonía se quebraba con notas difíciles de adivinar. Cada nota nueva era la oportunidad de soñar con más. Y no eras Juan; aquel Juan que al piano hacía que los estudiantes vocalizaran: mi, mi, mi, mi, mi, mi, mi, mi, mi, y de ahí la siguiente escala. Y no eras Juan porque tú gestualizaste diferente, me daba risa, me daba gusto, y me enamoré como si fueses un puppy de esos que uno quiere acariciar porque son buenos, porque son lindos.

Adivinaste mi secreto sentir que todo indica que será para siempre diciendo:

Como soñé el amor, así fue nuestro en encuentro. Si te dejé partir no creas que me arrepiento, porque te llevo en mí como un secreto, que siempre alentará lo gris de este vivir.

Y así se quedará como el vívido recuerdo de lo que ya no será pero que aún hoy es el amor de mi vida. Es este el amor un recuerdo entre caminos polvorientos y guisos de carne de reptil que comía sin repulsión a consecuencia de lo azaroso de mi andar. Me esperaba el paraíso. ¿Verdad que sí, Bola? 

Como soñé el amor, así fue nuestro encuentro (No sé si lo anhelé, pero llegó como un oasis en el desierto. Ni él se lo creía, ni yo lo imaginé)

Si te dejé partir no creas que me arrepiento (Por supuesto que no. Ha sido maravilloso recordarlo en aquel tiempo con todo lo que conllevó)

Porque te llevo en mí como un secreto (Y ni tanto porque yo difícilmente me callo mis secretos. Pero sí, es como una especie de talismán)

Que siempre alentará lo gris de este vivir (Ojalá que funcione y aliente porque vaya que hay nubes grises que adoquinan mis cielos brillantes)

¡Te amo Bola!

LG.

Cuando te cansas...

 Ya no puedo iluminar más tu oscuridad, me da pena verte esclavizado en tus instintos... nuestras fotografías las veo degradadas, a blanco y negro, las injurias les han quitado el color. Me siento muy cansada ya, y es que el tiempo me ha aplastado. El material de la escalera de mi vida se ha averiado y me percaté de ello cuando ya es muy tarde para liberarme del madrazo. Te acepté como un reto y te cambié el modo de vivir; pero has malinterpretado mis intenciones. A estas alturas cerraste de golpe la puerta y me dejaste ciega para vislumbrar mi camino.

Ahora le pido a Dios que no le permita al sol que se oculte sobre mí; ojalá, aunque sea una parte de mi ser errabunde por ahí, que sea libre, en tanto convenzo a Dios que no le permita al sol ponerse sobre mí.

Pero si me voy, si el se pone sobre mí, me iré contenta porque ha dicho el Señor: Venid a mí todos los que estéis cansados y cargados, yo os haré descansar.

Descansaré por fin de todo lo enajenante de este mundo: la hipocresía, la maldad, la deslealtad, la indiferencia ante el dolor, al ambición, la avaricia, la lujuria y todos aquellos excesos que nos diferencia de los animales.

En corto tiempo tiempo he visto demasiado dolor en la gente y en lo complicado que es, incluso salir de aquí... ¡descansar! Después de todo: ¿quién no anhela volver a casa después de un largo viaje?, por placentero que haya sido dicho viaje, aun cuando te faltaron parajes por visitar, cuando el viaje termina lo que más se espera es volver a casa. 

¡Volver a casa contigo Padre! Y no te pediría el bien para la humanidad, eso, sería desperdiciar la oportunidad de que me concedas un deseo, yo te pediría no retornar jamás al mundo que chapalea septiterno en la inquinidad. 

LG.



viernes, 14 de mayo de 2021

MEMORIES ABOUT THE RAIN

A whisper told me very close to my ear ...

Tonight is the same as the other, there ... far ... you in another country not yours

You were in the dark, alone, thinking about him ... silly, too silly ... you were feeding your thoughts dangerously.

You were wrapped in that dark atmosphere ... you could hear the noise from the house ... you were isolated in that room ... that room was your only nest, your only refuge.
Poor you ... dreaming ... wanting his words ... nothing.

Like now ... you can hear the noise out there ... and you're still lonely ... too lonely because you're a fool.
What a laugh you give me, it's barely one in the morning ... you have a long way to go to sleep and die slowly...
You protected from the rain outside but you rot inside... 

jueves, 6 de mayo de 2021

EL ARBOL

 El pianista se sienta, tose por prejuicio y se concentra un instante. Las luces en racimo que alumbran la sala declinan lentamente hasta detenerse en un resplandor mortecino de brasa, al tiempo que una frase musical comienza a subir en el silencio, a desenvolverse, clara, estrecha y juiciosamente caprichosa.

“Mozart, tal vez” —piensa Brígida. Como de costumbre se ha olvidado de pedir el programa. “Mozart, tal vez, o Scarlatti…” ¡Sabía tan poca música! Y no era porque no tuviese oído ni afición. De niña fue ella quien reclamó lecciones de piano; nadie necesitó imponérselas, como a sus hermanas. Sus hermanas, sin embargo, tocaban ahora correctamente y descifraban a primera vista, en tanto que ella… Ella había abandonado los estudios al año de iniciarlos. La razón de su inconsecuencia era tan sencilla como vergonzosa: jamás había conseguido aprender la llave de Fa, jamás. “No comprendo, no me alcanza la memoria más que para la llave de Sol”. ¡La indignación de su padre! “¡A cualquiera le doy esta carga de un infeliz viudo con varias hijas que educar! ¡Pobre Carmen! Seguramente habría sufrido por Brígida. Es retardada esta criatura”.

Brígida era la menor de seis niñas, todas diferentes de carácter. Cuando el padre llegaba por fin a su sexta hija, lo hacía tan perplejo y agotado por las cinco primeras que prefería simplificarse el día declarándola retardada. “No voy a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan las muñecas a los dieciséis años, que juegue”. Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido totalmente ignorante.

¡Qué agradable es ser ignorante! ¡No saber exactamente quién fue Mozart; desconocer sus orígenes, sus influencias, las particularidades de su técnica! Dejarse solamente llevar por él de la mano, como ahora.

Y Mozart la lleva, en efecto. La lleva por un puente suspendido sobre un agua cristalina que corre en un lecho de arena rosada. Ella está vestida de blanco, con un quitasol de encaje, complicado y fino como una telaraña, abierto sobre el hombro.

—Estás cada día más joven, Brígida. Ayer encontré a tu marido, a tu exmarido, quiero decir. Tiene todo el pelo blanco.

Pero ella no contesta, no se detiene, sigue cruzando el puente que Mozart le ha tendido hacia el jardín de sus años juveniles.

Altos surtidores en los que el agua canta. Sus dieciocho años, sus trenzas castañas que desatadas le llegaban hasta los tobillos, su tez dorada, sus ojos oscuros tan abiertos y como interrogantes. Una pequeña boca de labios carnosos, una sonrisa dulce y el cuerpo más liviano y gracioso del mundo. ¿En qué pensaba, sentada al borde de la fuente? En nada. “Es tan tonta como linda” decían. Pero a ella nunca le importó ser tonta ni “planchar” en los bailes. Una a una iban pidiendo en matrimonio a sus hermanas. A ella no la pedía nadie.

¡Mozart! Ahora le brinda una escalera de mármol azul por donde ella baja entre una doble fila de lirios de hielo. Y ahora le abre una verja de barrotes con puntas doradas para que ella pueda echarse al cuello de Luis, el amigo íntimo de su padre. Desde muy niña, cuando todos la abandonaban, corría hacia Luis. Él la alzaba y ella le rodeaba el cuello con los brazos, entre risas que eran como pequeños gorjeos y besos que le disparaba aturdidamente sobre los ojos, la frente y el pelo ya entonces canoso (¿es que nunca había sido joven?) como una lluvia desordenada. “Eres un collar —le decía Luis—. Eres como un collar de pájaros”.

Por eso se había casado con él. Porque al lado de aquel hombre solemne y taciturno no se sentía culpable de ser tal cual era: tonta, juguetona y perezosa. Sí, ahora que han pasado tantos años comprende que no se había casado con Luis por amor; sin embargo, no atina a comprender por qué, por qué se marchó ella un día, de pronto…

Pero he aquí que Mozart la toma nerviosamente de la mano y, arrastrándola en un ritmo segundo a segundo más apremiante, la obliga a cruzar el jardín en sentido inverso, a retomar el puente en una carrera que es casi una huida. Y luego de haberla despojado del quitasol y de la falda transparente, le cierra la puerta de su pasado con un acorde dulce y firme a la vez, y la deja en una sala de conciertos, vestida de negro, aplaudiendo maquinalmente en tanto crece la llama de las luces artificiales.

De nuevo la penumbra y de nuevo el silencio precursor.

Y ahora Beethoven empieza a remover el oleaje tibio de sus notas bajo una luna de primavera. ¡Qué lejos se ha retirado el mar! Brígida se interna playa adentro hacia el mar contraído allá lejos, refulgente y manso, pero entonces el mar se levanta, crece tranquilo, viene a su encuentro, la envuelve, y con suaves olas la va empujando, empujando por la espalda hasta hacerle recostar la mejilla sobre el cuerpo de un hombre. Y se aleja, dejándola olvidada sobre el pecho de Luis.

—No tienes corazón, no tienes corazón —solía decirle a Luis. Latía tan adentro el corazón de su marido que no pudo oírlo sino rara vez y de modo inesperado—. Nunca estás conmigo cuando estás a mi lado —protestaba en la alcoba, cuando antes de dormirse él abría ritualmente los periódicos de la tarde—. ¿Por qué te has casado conmigo?

—Porque tienes ojos de venadito asustado —contestaba él y la besaba. Y ella, súbitamente alegre, recibía orgullosa sobre su hombro el peso de su cabeza cana. ¡Oh, ese pelo plateado y brillante de Luis!

—Luis, nunca me has contado de qué color era exactamente tu pelo cuando eras chico, y nunca me has contado tampoco lo que dijo tu madre cuando te empezaron a salir canas a los quince años. ¿Qué dijo? ¿Se rió? ¿Lloró? ¿Y tú estabas orgulloso o tenías vergüenza? Y en el colegio, tus compañeros, ¿qué decían? Cuéntame, Luis, cuéntame. . .

—Mañana te contaré. Tengo sueño, Brígida, estoy muy cansado. Apaga la luz.

Inconscientemente él se apartaba de ella para dormir, y ella inconscientemente, durante la noche entera, perseguía el hombro de su marido, buscaba su aliento, trataba de vivir bajo su aliento, como una planta encerrada y sedienta que alarga sus ramas en busca de un clima propicio.

Por las mañanas, cuando la mucama abría las persianas, Luis ya no estaba a su lado. Se había levantado sigiloso y sin darle los buenos días, por temor al collar de pájaros que se obstinaba en retenerlo fuertemente por los hombros. “Cinco minutos, cinco minutos nada más. Tu estudio no va a desaparecer porque te quedes cinco minutos más conmigo, Luis”.

Sus despertares. ¡Ah, qué tristes sus despertares! Pero —era curioso— apenas pasaba a su cuarto de vestir, su tristeza se disipaba como por encanto.

Un oleaje bulle, bulle muy lejano, murmura como un mar de hojas. ¿Es Beethoven? No.

Es el árbol pegado a la ventana del cuarto de vestir. Le bastaba entrar para que sintiese circular en ella una gran sensación bienhechora. ¡Qué calor hacía siempre en el dormitorio por las mañanas! ¡Y qué luz cruda! Aquí, en cambio, en el cuarto de vestir, hasta la vista descansaba, se refrescaba. Las cretonas desvaídas, el árbol que desenvolvía sombras como de agua agitada y fría por las paredes, los espejos que doblaban el follaje y se ahuecaban en un bosque infinito y verde. ¡Qué agradable era ese cuarto! Parecía un mundo sumido en un acuario. ¡Cómo parloteaba ese inmenso gomero! Todos los pájaros del barrio venían a refugiarse en él. Era el único árbol de aquella estrecha calle en pendiente que, desde un costado de la ciudad, se despeñaba directamente al río.

—Estoy ocupado. No puedo acompañarte… Tengo mucho que hacer, no alcanzo a llegar para el almuerzo… Hola, sí estoy en el club. Un compromiso. Come y acuéstate… No. No sé. Más vale que no me esperes, Brígida.

—¡Si tuviera amigas! —suspiraba ella. Pero todo el mundo se aburría con ella. ¡Si tratara de ser un poco menos tonta! ¿Pero cómo ganar de un tirón tanto terreno perdido? Para ser inteligente hay que empezar desde chica, ¿no es verdad?

A sus hermanas, sin embargo, los maridos las llevaban a todas partes, pero Luis —¿por qué no había de confesárselo a sí misma?— se avergonzaba de ella, de su ignorancia, de su timidez y hasta de sus dieciocho años. ¿No le había pedido acaso que dijera que tenía por lo menos veintiuno, como si su extrema juventud fuera en ellos una tara secreta?

Y de noche ¡qué cansado se acostaba siempre! Nunca la escuchaba del todo. Le sonreía, eso sí, le sonreía con una sonrisa que ella sabía maquinal. La colmaba de caricias de las que él estaba ausente. ¿Por qué se había casado con ella? Para continuar una costumbre, tal vez para estrechar la vieja relación de amistad con su padre.

Tal vez la vida consistía para los hombres en una serie de costumbres consentidas y continuas. Si alguna llegaba a quebrarse, probablemente se producía el desbarajuste, el fracaso. Y los hombres empezaban entonces a errar por las calles de la ciudad, a sentarse en los bancos de las plazas, cada día peor vestidos y con la barba más crecida. La vida de Luis, por lo tanto, consistía en llenar con una ocupación cada minuto del día. ¡Cómo no haberlo comprendido antes! Su padre tenía razón al declararla retardada.

—Me gustaría ver nevar alguna vez, Luis.

—Este verano te llevaré a Europa y como allá es invierno podrás ver nevar.

—Ya sé que es invierno en Europa cuando aquí es verano. ¡Tan ignorante no soy!

A veces, como para despertarlo al arrebato del verdadero amor, ella se echaba sobre su marido y lo cubría de besos, llorando, llamándolo: Luis, Luis, Luis…

—¿Qué? ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres?

—Nada.

—¿Por qué me llamas de ese modo, entonces?

—Por nada, por llamarte. Me gusta llamarte.

Y él sonreía, acogiendo con benevolencia aquel nuevo juego.

Llegó el verano, su primer verano de casada. Nuevas ocupaciones impidieron a Luis ofrecerle el viaje prometido.

—Brígida, el calor va a ser tremendo este verano en Buenos Aires. ¿Por qué no te vas a la estancia con tu padre?

—¿Sola?

—Yo iría a verte todas las semanas, de sábado a lunes.

Ella se había sentado en la cama, dispuesta a insultar. Pero en vano buscó palabras hirientes que gritarle. No sabía nada, nada. Ni siquiera insultar.

—¿Qué te pasa? ¿En qué piensas, Brígida?

Por primera vez Luis había vuelto sobre sus pasos y se inclinaba sobre ella, inquieto, dejando pasar la hora de llegada a su despacho.

—Tengo sueño… —había replicado Brígida puerilmente, mientras escondía la cara en las almohadas.

Por primera vez él la había llamado desde el club a la hora del almuerzo. Pero ella había rehusado salir al teléfono, esgrimiendo rabiosamente el arma aquella que había encontrado sin pensarlo: el silencio.

Esa misma noche comía frente a su marido sin levantar la vista, contraídos todos sus nervios.

—¿Todavía está enojada, Brígida?

Pero ella no quebró el silencio.

—Bien sabes que te quiero, collar de pájaros. Pero no puedo estar contigo a toda hora. Soy un hombre muy ocupado. Se llega a mi edad hecho un esclavo de mil compromisos.

. . .

—¿Quieres que salgamos esta noche?…

. . .

—¿No quieres? Paciencia. Dime, ¿llamó Roberto desde Montevideo?

. . .

—¡Qué lindo traje! ¿Es nuevo?

. . .

—¿Es nuevo, Brígida? Contesta, contéstame…

Pero ella tampoco esta vez quebró el silencio.

Y en seguida lo inesperado, lo asombroso, lo absurdo. Luis que se levanta de su asiento, tira violentamente la servilleta sobre la mesa y se va de la casa dando portazos.

Ella se había levantado a su vez, atónita, temblando de indignación por tanta injusticia. “Y yo, y yo —murmuraba desorientada—, yo que durante casi un año… cuando por primera vez me permito un reproche… ¡Ah, me voy, me voy esta misma noche! No volveré a pisar nunca más esta casa…” Y abría con furia los armarios de su cuarto de vestir, tiraba desatinadamente la ropa al suelo.

Fue entonces cuando alguien o algo golpeó en los cristales de la ventana.

Había corrido, no supo cómo ni con qué insólita valentía, hacia la ventana. La había abierto. Era el árbol, el gomero que un gran soplo de viento agitaba, el que golpeaba con sus ramas los vidrios, el que la requería desde afuera como para que lo viera retorcerse hecho una impetuosa llamarada negra bajo el cielo encendido de aquella noche de verano.

Un pesado aguacero no tardaría en rebotar contra sus frías hojas. ¡Qué delicia! Durante toda la noche, ella podría oír la lluvia azotar, escurrirse por las hojas del gomero como por los canales de mil goteras fantasiosas. Durante toda la noche oiría crujir y gemir el viejo tronco del gomero contándole de la intemperie, mientras ella se acurrucaría, voluntariamente friolenta, entre las sábanas del amplio lecho, muy cerca de Luis.

Puñados de perlas que llueven a chorros sobre un techo de plata. Chopin. Estudios de Federico Chopin.

¿Durante cuántas semanas se despertó de pronto, muy temprano, apenas sentía que su marido, ahora también él obstinadamente callado, se había escurrido del lecho?

El cuarto de vestir: la ventana abierta de par en par, un olor a río y a pasto flotando en aquel cuarto bienhechor, y los espejos velados por un halo de neblina.

Chopin y la lluvia que resbala por las hojas del gomero con ruido de cascada secreta, y parece empapar hasta las rosas de las cretonas, se entremezclan en su agitada nostalgia.

¿Qué hacer en verano cuando llueve tanto? ¿Quedarse el día entero en el cuarto fingiendo una convalecencia o una tristeza? Luis había entrado tímidamente una tarde. Se había sentado muy tieso. Hubo un silencio.

—Brígida, ¿entonces es cierto? ¿Ya no me quieres?

Ella se había alegrado de golpe, estúpidamente. Puede que hubiera gritado: “No, no; te quiero, Luis, te quiero”, si él le hubiera dado tiempo, si no hubiese agregado, casi de inmediato, con su calma habitual:

—En todo caso, no creo que nos convenga separarnos, Brígida. Hay que pensarlo mucho.

En ella los impulsos se abatieron tan bruscamente como se habían precipitado. ¡A qué exaltarse inútilmente! Luis la quería con ternura y medida; si alguna vez llegara a odiarla, la odiaría con justicia y prudencia. Y eso era la vida. Se acercó a la ventana, apoyó la frente contra el vidrio glacial. Allí estaba el gomero recibiendo serenamente la lluvia que lo golpeaba, tranquilo y regular. El cuarto se inmovilizaba en la penumbra, ordenado y silencioso. Todo parecía detenerse, eterno y muy noble. Eso era la vida. Y había cierta grandeza en aceptarla así, mediocre, como algo definitivo, irremediable. Mientras del fondo de las cosas parecía brotar y subir una melodía de palabras graves y lentas que ella se quedó escuchando: “Siempre”. “Nunca”…

Y así pasan las horas, los días y los años. ¡Siempre! ¡Nunca! ¡La vida, la vida!

A1 recobrarse cayó en cuenta que su marido se había escurrido del cuarto.

¡Siempre! ¡Nunca!… Y la lluvia, secreta e igual, aún continuaba susurrando en Chopin.

El verano deshojaba su ardiente calendario. Caían páginas luminosas y enceguecedoras como espadas de oro, y páginas de una humedad malsana como el aliento de los pantanos; caían páginas de furiosa y breve tormenta, y páginas de viento caluroso, del viento que trae el “clavel del aire” y lo cuelga del inmenso gomero.

Algunos niños solían jugar al escondite entre las enormes raíces convulsas que levantaban las baldosas de la acera, y el árbol se llenaba de risas y de cuchicheos. Entonces ella se asomaba a la ventana y golpeaba las manos; los niños se dispersaban asustados, sin reparar en su sonrisa de niña que a su vez desea participar en el juego.

Solitaria, permanecía largo rato acodada en la ventana mirando el oscilar del follaje —siempre corría alguna brisa en aquella calle que se despeñaba directamente hasta el río— y era como hundir la mirada en un agua movediza o en el fuego inquieto de una chimenea. Una podía pasarse así las horas muertas, vacía de todo pensamiento, atontada de bienestar.

Apenas el cuarto empezaba a llenarse del humo del crepúsculo ella encendía la primera lámpara, y la primera lámpara resplandecía en los espejos, se multiplicaba como una luciérnaga deseosa de precipitar la noche.

Y noche a noche dormitaba junto a su marido, sufriendo por rachas. Pero cuando su dolor se condensaba hasta herirla como un puntazo, cuando la asediaba un deseo demasiado imperioso de despertar a Luis para pegarle o acariciarlo, se escurría de puntillas hacia el cuarto de vestir y abría la ventana. El cuarto se llenaba instantáneamente de discretos ruidos y discretas presencias, de pisadas misteriosas, de aleteos, de sutiles chasquidos vegetales, del dulce gemido de un grillo escondido bajo la corteza del gomero sumido en las estrellas de una calurosa noche estival.

Su fiebre decaía a medida que sus pies desnudos se iban helando poco a poco sobre la estera. No sabía por qué le era tan fácil sufrir en aquel cuarto.

Melancolía de Chopin engranando un estudio tras otro, engranando una melancolía tras otra, imperturbable.

Y vino el otoño. Las hojas secas revoloteaban un instante antes de rodar sobre el césped del estrecho jardín, sobre la acera de la calle en pendiente. Las hojas se desprendían y caían… La cima del gomero permanecía verde, pero por debajo el árbol enrojecía, se ensombrecía como el forro gastado de una suntuosa capa de baile. Y el cuarto parecía ahora sumido en una copa de oro triste.

Echada sobre el diván, ella esperaba pacientemente la hora de la cena, la llegada improbable de Luis. Había vuelto a hablarle, había vuelto a ser su mujer, sin entusiasmo y sin ira. Ya no lo quería. Pero ya no sufría. Por el contrario, se había apoderado de ella una inesperada sensación de plenitud, de placidez. Ya nadie ni nada podría herirla. Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad. Entonces empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de gozar por fin todos los pequeños goces, que son los más perdurables.

Un estruendo feroz, luego una llamarada blanca que la echa hacia atrás toda temblorosa.

¿Es el entreacto? No. Es el gomero, ella lo sabe.

Lo habían abatido de un solo hachazo. Ella no pudo oír los trabajos que empezaron muy de mañana.

“Las raíces levantaban las baldosas de la acera y entonces, naturalmente, la comisión de vecinos…”

Encandilada se ha llevado las manos a los ojos. Cuando recobra la vista se incorpora y mira a su alrededor. ¿Qué mira?

¿La sala de concierto bruscamente iluminada, la gente que se dispersa?

No. Ha quedado aprisionada en las redes de su pasado, no puede salir del cuarto de vestir. De su cuarto de vestir invadido por una luz blanca aterradora. Era como si hubieran arrancado el techo de cuajo; una luz cruda entraba por todos lados, se le metía por los poros, la quemaba de frío. Y todo lo veía a la luz de esa fría luz: Luis, su cara arrugada, sus manos que surcan gruesas venas desteñidas, y las cretonas de colores chillones.

Despavorida ha corrido hacia la ventana. La ventana abre ahora directamente sobre una calle estrecha, tan estrecha que su cuarto se estrella, casi contra la fachada de un rascacielos deslumbrante. En la planta baja, vidrieras y más vidrieras llenas de frascos. En la esquina de la calle, una hilera de automóviles alineados frente a una estación de servicio pintada de rojo. Algunos muchachos, en mangas de camisa, patean una pelota en medio de la calzada.

Y toda aquella fealdad había entrado en sus espejos. Dentro de sus espejos había ahora balcones de níquel y trapos colgados y jaulas con canarios.

Le habían quitado su intimidad, su secreto; se encontraba desnuda en medio de la calle, desnuda junto a un marido viejo que le volvía la espalda para dormir, que no le había dado hijos. No comprende cómo hasta entonces no había deseado tener hijos, cómo había llegado a conformarse a la idea de que iba a vivir sin hijos toda su vida. No comprende cómo pudo soportar durante un año esa risa de Luis, esa risa demasiado jovial, esa risa postiza de hombre que se ha adiestrado en la risa porque es necesario reír en determinadas ocasiones.

¡Mentira! Eran mentiras su resignación y su serenidad; quería amor, sí, amor, y viajes y locuras, y amor, amor…

—Pero, Brígida, ¿por qué te vas?, ¿por qué te quedabas? —había preguntado Luis.

Ahora habría sabido contestarle:

—¡El árbol, Luis, el árbol! Han derribado el gomero.

FIN

miércoles, 5 de mayo de 2021

NO TENÍAS NINGÚN DERECHO

 Se apareció de imprevisto y parecía tan inofensivo. Sus ojos eran ámbar y me imaginé dos cápsulas de miel. Miedo. Horror. No soportaba mirar su alma a través de aquellos hermosos espejos. Su sonrisa perenne. Su relajada pose, como un niño que se sabe seguro en el seno familiar. ¡Y estábamos tan solos! En un suelo extraño donde la civilización hizo trazos y bordes y pusieron nombres a los pueblos, según sus héroes, según sus gustos, y fueron víctimas desde los tiempos en que quisieron llegar tan alto, y crearon la torre de Babel. Pero de tácito nos entendimos el y yo, porque hablábamos el mismo idioma, teníamos los mismos sueños, perseguíamos desaforadamente el mismo camino, y buscábamos la escalinata hecha de nubes con las incrustaciones brillantes del polvo lunar, y pisamos los escalones que se deshacían sin piedad. 

          Mientras se hacía más sólida la escalinata, nos perdíamos entre en lúdicos paseos. Perdíamos el tiempo, o bien, hacíamos tiempo antes de ir a internarnos en las labores que nos hacían ganar dinero para pagar los servicios más necesarios. Es decir, nos ocupábamos un pequeño momento de la realidad, para que, a la primer oportunidad, nos volviéramos a escapar a aquellos oníricos sitios que sólo vivían en nuestra imaginación.
               Y yo, que me equivoco. Hice  lo que jamás debí hacer. Violé mi juramento y fijé mis pupilas sobre las suyas, derribé al miedo ¿ Qué puede pasar ? Me decía, sabiendo que me engañaba. Con la absoluta y total certeza de que me encaminaba a una barranca sin paracaídas, sin parapente, cual artista de circo que camina por el alambre sin red. ¡Me caí! Pisé la trampa y gocé mis noches mojando mi almohada con el llanto de mi alma fracturada por el golpe de la caída. Le di la bienvenida al insomnio que hizo mis noches trémulas, tiritando toda de amor, un amor castrado por la indiferencia, porque él no se asomó a mis espejos y no vio el estado de mi alma. El ganó. De haberse asomado, habrían sucedido dos cosas. O me abrazaba y no me soltaba nunca, o huiría, porque en su vida, jamás, así esté sentado junto a Dios, encontraría a una simple mortal capaz de darle todo. Lo amaba. Lo amé. Lo amo. Aún lo amo.

                  Y ahora me da rabia. Admito que ha buscado acurrucarse en otros brazos y en lechos húmedos de otros antecesores y lo han usado; y después, le han mandado a paseo, y ha vuelto a pasear conmigo. Le he abrazado consolándole de sus fracasos, y a la vez saboreando mi venganza y aumentando mi frustración y dañándome por dejar vivir un resquicio de esperanza porque no entiende mi lenguaje, ese otro lenguaje que se dice con el tacto, con la mirada, con los suspiros, con el aroma de la brisa que le envío día a día con el primer beso que lanzo a cualquier nube viajera para que lo bañe y lo haga reaccionar. Nada. No pasa nada. Ni la luna de Octubre pudo mandarle el recado, aun que supe que la miramos una mañana al mismo tiempo. O bien ella no se lo dijo, o él, aturullado y tonto no lo entendió. ¿ Por qué no me miras? ¿Por qué no me entiendes? Por que yerras el camino y te vas a la dirección contraria. Otra vez lloras, otra vez te quejas, otra vez te usaron, y nos entiendes de ningún modo toda la ternura de mis brazos que te consuelan que es aquí donde podría acunarte hasta el día de mi muerte o de la tuya. Y así las cosas al sol de hoy.
          Hey tontuela: ¡No tenías ningún derecho de asomarte a aquel laberinto mortal! porque conocías el resultado. Enamorarse es arriesgarlo todo porque se trata del corazón. Ya no hablemos del alma que anda penando las noches en que las estrellas lloran también porque se contaminan de su congoja.  Y tú, necio, orgulloso, presuntuoso, tonto... ¡No tenías ningún derecho a cruzarte en mi camino. Dí con qué derecho, llegaste a mi vida, y como "Pedro por su casa" sin avisar franqueaste la puerta de mi espíritu, tan solo como el tuyo, el mío más vulnerable, el tuyo, quizá mas frío. Di con qué derecho me provocaste el insomnio que como un desgraciado demonio se instaló en mi pecho y no se sale, así ponga millas de distancia, un océano de cristal que se rompe con un mínimo suspiro por ti. Di, dilo fuerte, di con qué derecho llegaste y destruiste mi paz, con que derecho te robaste mi felicidad. ¡Maldita la hora en que te conocí! ¡Cómo deseo que te mueras! ¡Sí! Muérete, muere dentro de mi y salte, y vuela como pañuelo viejo e instálate donde puedas estar bien o mal, pero no dentro de mi. Y te he condenado a la pena capital porque tú me mataste primero, mataste mi paz, mataste mis horas tranquilas. Eres un asesino de mi voluntad ¡Fuera de mi vida!