domingo, 1 de enero de 2023

Felicidades, Fanny

 Obvio, no solo tú, Fanny leerás esto. No quise inundar el chat y no tienes nada qué agradecer.

Explicaré por aquí:

Chicos, el hecho que Fanny vaya a un "talk show" no es propiamente que vaya a contar mentiras, como un par de malintencionados dijeron. Ella se apegará a un guión y aunque no lo aprenderá de memoria, hay un planteamiento y sobre eso se desenvolverá. Tendrá que improvisar porque hay un conductor/a que llevará la batuta del caso. No sé qué programa es; hace "siglos" que no veo TV abierta ni de cable.

Por supuesto que hará una actuación. Pero actuar no es fingir. Una vez un compañero imitador me dijo: "recomiéndame, yo sé "fingir". ¡Ups! Como actriz no es propiamente fingir, cierto que si hay una escena donde te están ahorcando, el compañero/a no va a apretarte el cuello, no, pero tanto el "atacante" sentirá una furia como para apretarte el cuello, así como la "víctima" deberá sentir el miedo y la desesperación por la asfixia, si no es así, no será creíble. Por eso la actuación es una carrera. Los actores debemos ser atletas de nuestras emociones. Sentir miedo, ira o lo que sea y romper cuando dicen, ¡corte! O baja el telón. Muy importante romper, y difícil. Pero para eso hay técnicas.

Me pasó con un pendejo (de lo que les conté que he escrito) que decía: "se la dan de extra en la Rosa de Guadalupe". Sí, pendejo. La ignorancia es gratis, chicos. En grandes producciones se puede hacer un "bit", un glorificado o un cameo, y no eres extra. También hay estelar, que es lo que más hago en Televisa. ¡Atención! Estelar no significa protagónico, antagónico.

Una vez fui a hacer un "como dice el dicho" y solo fui a que, un personaje me robara el celular. Me acompañó una sobrina y dijo que se aburrió horrores: muchas tomas para hacer lo mismo, previo a un par de ensayos sin cámara y otros con cámara. Toma en plano abierto y contratomas del "agresor" a la "agredida" y viceversa y luego tomás de protección más protección de la protección.

Y eso que hacer televisión es rápido. Super rápido.

En cuanto a los extras sé poco. No los trato y no es porque me crea mucho... ja ja ja. Es otro mundo u otro ambiente. A uno como actor lo ponen en un camerino o camper si es locación y nada te enteras. Los he visto bajo toldos cubriéndose el sol o la lluvia, no sé. Sé que tienen un sindicato y ojalá les procuraran mejores atenciones.

Además, en Televisa o Azteca, JAMÁS me permitirían trabajar como extra. Los delegados nos conocen y... no, no se puede por políticas y cosas que no entiendo mucho.

Hoy día las cosas están mejor. Se trabaja para producciones que no sé en qué plataforma va a aparecer. Hice una serie que se llama: "putas redes sociales" y no sé nada más. Me pagaron y ya. Hace unos días supe que el ditector era de Ecuador y que fundó algo llamado Enchufe TV y nada más. Se llama Jorge Ulloa. Me sorprendí cuando lo vi tan joven. 

Y volviendo al asunto de Fanny, yo solo le pasé la convocatoria. Ella envió su material y respondió a la entrevista que le hicieron por zoom, es todo. Quizá porque ha hecho teatro y no le da pánico escénico se quedó y trabajará. Es eso, chicos: un trabajo. Le pagarán y si quiere continuar en eso tendrá que aplicar y postularse en los castings. Un casting es nada para un actor, de nombre o no.

Les envío saludos y GRACIAS por su prudencia y discreción de no dejar comentarios aquí.

LES DESEO BUENAS LETRAS, YA QUE, ESO ES LO QUE NOS ATAÑE. YO SIGO LEYENDO. UN ABRAZO. LOS QUIERO.

LETY.


RETO #1 2023

 *Se ha encontrado un mineral nuevo que tiene características impredecibles.

EL PRODIGIOSO DESCUBRIMIENTO DE CELEDONIO

Creía que moriría tuberculoso porque así habían muerto todos sus antecesores; todos quienes trabajaron en esa mina murieron raquíticos tras una larga agonía de tos donde expulsaban flemas oscuras: consecuencia de trabajar en la mina.

Celedonio se sentía cansado, a nada de renunciar. No tenía caso, según él, afanarse tanto si seguía siendo pobre y su fin sería idéntico a…  «¡Ya qué!», pensó y arrojó pico y pala lejos. Empujó el carrito con unas piedras que parecían huevos de codorniz, la puso en una talega y se fue a su casa a descansar, dormir por muchas horas, como nunca antes, desde que tenía memoria, había hecho. Ni el hambre lo harían levantarse de su catre de madera y yute.

Se equivocó.

Sí se levantó cuando el gruñir de sus tripas le exigieron alimento y una temblorina ansiosa hizo presa de él. Encendió el carbón en el anafre y no quiso conformarse con comer solo frijoles. Añadió huevos y asó unas pencas de nopal. Para que la comilona estuviese completa se comió dos tunas.

El alimento le proveyó de una energía nunca antes experimentada. No le importó la tierna llovizna que hacía varios días caía intermitentemente y se puso a juntar hojas de palma para restaurar el techo. Colocó unos adoquines en dentro de su choza, hacía tiempo un hacendado que dejó la tierra se los regaló, pero Celedonio los apiló en su patio.

Sus compañeros de trabajo fueron a buscarlo para saber por qué tenía tantos días de no presentarse al trabajo, y grande fue su sorpresa cuando la casa de Celedonio lucía diferente. Ya no era un tiradero de trebejos inservibles el patio, todo lo contrario, había un seto bien recortado y plantas de todo tipo que orlaban un camino hacia la puerta de su choza, que si bien, seguía siendo de madera, esta lucía las tablas pulidas. Entonces no había faltado porque estuviese muriéndose, le dijeron sus compañeros, le cuestionaron por qué había dejado de ir a la mina.

―Porque me sentí harto.

Un ingeniero reparó en la talega de piedras en forma de huevo y preguntó a Celedonio de dónde había sacado eso a lo que el exminero le respondió que fue lo único que encontró en la mina.

―Nunca había visto algo semejante ―comentó el ingeniero―. Lo voy a mandar analizar.

El resultado arrojó que se trataba de un mineral muy venenoso. Celedonio recibió la sugerencia de deshacerse de él, pero Celedonio no accedió. Parecía que sí era un mineral peligroso, porque el ingeniero murió de una hemorragia nasal por haberse expuesto a las piedras. «Ese ingeniero ya estaba mal, porque si las piedras fueran malas ya me hubieran dañado a mí», aseveró Celedonio.

En el laboratorio donde se examinó el mineral de «los huevos» hubo diversas reacciones: a los malhumorados los exterminaba de tácito. A los envidiosos les hacía lo mismo que le pasó al ingeniero. A los cansados, si dormían, les hacía el efecto que resultó con Celedonio. Una piedra de esas fue llevada en secreto a la casa del dueño de la mina: el hombre perdió la razón, o nadie supo decir que le sucedió, porque repartió toda su riqueza a sus trabajadores y cerró la mina.

Celedonio sintió miedo, mantuvo una de esas piedras en sus manos y el miedo se iba acrecentando, la dejó. Se dio unos baños depurativos en el manantial del pueblo y se sintió renovado. Y empezó la vendimia:

―¡Si quiere deshacerse de su suegra «malgeniuda», de su marido colérico, de la gente «malvibrosa» le rento una de estas piedras que contienen un mineral que acaba con ellos. ¡Llévelo! ¡Llévelo! ¡Lleve su huevito «Celedonium» mineral mágico que actúa según su estado de ánimo!

FIN.

QUE PENA DA EL CASO DE LOS QUE PUSIERON: Se llama cervezatina, y sirve para seguir rumbeando el primero del año. ¡Sigan así, cuates! Yo no creo que haga todos los retos, al menos yo, mañana entro al set de nuevo. 

SALUDOS Y FELICES LETRAS.

(Estoy leyendo el MURMULLO DE LAS ABEJAS. Qué bárbara la autora Sofía Villegas, leí HURACÁN y aún no lo digiero. Por eso estoy leyendo este otro, no me está encantando como el que leí primero, y no sé por qué dicen que el HURACÁN es el menos bueno de los tres buenísimos anteriores.


sábado, 31 de diciembre de 2022

¡QUEDÉ SELECCIONADA!

 Como les participé en el chat, quedó seleccionado mi cuento para una antología. La editorial es de Colombia, pero se mueve allá y en México, mi país. 

No entré en detalles en el chat para no desviar la atención a la compañera que nos compartía su tribulación.
Les cuento: este relato ya estaba escrito. Cuando vi la convocatoria no le presté mucha atención. Alguna noche que no me dormía (ya saben que logro dormirme a las 5 o 6 de la mañana) esa vez ya eran las 7. Me desesperé y me puse a la computadora (escribo en el cel, pero si ya es en serio sí es en la lap), y le reduje hasta que quedara la cantidad máxima de palabras que pedían y le añadí algunos sitios para que calificara como cuento urbano. No cambié el contexto. Según esto, me llegará el contrato para autorizar la publicación en la antología y el libro lo lanzarán en marzo.
Muchas gracias por preguntar.
QUE EL AÑO 2023 SEA DE BUENA SALUD, PAZ, TRABAJO Y PROSPERIDAD.
LETY.


viernes, 30 de diciembre de 2022

TRADICIONES DE VERACRUZ, MÉXICO. "EL VIEJO"


El Viejo

En 1875 nació en las barriadas del Puerto de Veracruz la petición del aguinaldo y la tradición de El Viejo, misma que empezó a formar parte de las fiestas decembrinas. Se gestó como una protesta social dirigida por M.A. Bovril el 24 de diciembre, quien con un grupo de jornaleros se dedicó a molestar a las familias por el rumbo del patio Panamericano el que, según don Paco Píldora, se encontraba ubicado en Hidalgo, entre Arista y Aquiles Serdán, atrás del Hospital Militar (a extramuros), mientras éstas celebraban la fiesta de Nochebuena.

Con latas, cencerros y tapaderas de peltre, en escandaloso peregrinar recorrió Bovril y su grupo la barriada, hasta que fue detenido por la policía y multado con doce pesos.

M. A. Bovril formaba parte de una de las muchas cuadrillas de trabajadores que laboraban en la zona de los muelles, personas de escaso jornal, a quienes jamás llegaban los beneficios que los otros empleados alcanzaban; éstos recibían en las pascuas pequeñas cantidades de efectivo como aguinaldo y algunas veces eran obsequiados con ropa vieja que desechaban los patrones, chales y bombines que luego lucían presuntuosamente en los jelengues patieriles.

Hacia fin de año Bovril repitió su hazaña, pero se incrementó el número de jornaleros, algunos cubanos, aun que la mayoría eran jarochos y mulatos, quienes unidos por la inconformidad se manifestaban frente a las casas de sus patrones. De esta manera, ante la amenaza del escándalo, lograban recibir alguna estrella de licor y alimento, que posteriormente compartían como agasajo de grupo en algún solar.

Cada año aumentaba el número de jornaleros que se reunían para lograr de los patrones algún beneficio a manera de aguinaldo; algunos, aunque escaso, ya lo otorgaban; otros se resistían, pero al hacerlo, los empleados alargaban la mano y cedían; sin embargo, siempre esperaban a que éste fuera solicitado. Así, la cuadrilla de trabajadores recorría los comercios y algo obtenían, pero siempre de manera dádiva.

Pedir los aguinaldos por la Navidad fue haciéndose costumbre pero ya sin violencia ni amenaza; sin embargo, siempre se hacía del trabajador al patrón de manera alegre y graciosa, cantándose algunas coplas acompañadas de guitarras y güiros y alargando las peticiones por callejas y barriadas, entre amistades y parientes.

A don Francisco Rivera le platicó un antiguo estibador de nombre Florentino Arrieta, que la ocurrencia de representar al año viejo surgió de los almanaques que a Veracruz llegaban procedentes de Japón. En uno de ellos el personaje que representaba el año viejo tenía un notable parecido con un coreano que era aguador de la cuadrilla de estibadores y que vivía por el rumbo de la playa (a extramuros); la gente donde vivía el aguador tuvo la ocurrencia de vestirlo tal y como aparecía en el almanaque seguido por un niño que hacía el año nuevo.

El coreano, vestido como el personaje del almanaque, fue paseado por toda la barriada, causando, por lo novedoso, gran alboroto en el vecindario.

El éxito que la jocosa representación del año viejo causó fue tal, que para la noche del último año se organizó un grupo con guitarra y güiros, se ensayaron algunas coplas y desde temprana hora recorrió la barriada, seguida de un acompañamiento que aumentaba a su paso con el entusiasmo natural de la gente, llevando su alegría hasta algunas calles adentro de Puerta Merced, de donde regresó a su barriada que celebró hasta muy entrada la noche la fiesta del viejo coreano, siendo un éxito artístico y económico la primera salida callejera de esta fiesta que fue por muchos años tradicional y originada en el Puerto.

La costumbre de llevar el viejo para las peticiones de aguinaldo quedó establecida, generalizándose en toda la ciudad sacar el viejo por todas las barriadas la última noche del año. Era llevado el muñeco en una silla y, al compás de guitarras y güiros, se cantaban rumbeadas coplas, coreaba, la chiquillería el estribillo, recibiendo dinero y golosinas de los vecinos y amistades de las barriadas.

Para 1907, Eduardo Turrent Rozas en Veracruz de mis recuerdos, relata que “en las calles aturdía el griterío que los muchachos en desvencijada silla llevaban a un muñeco con barba hecha de algodón”. Ante cada puerta y en los portales se detenían para cantar:

Una limosna

para este pobre viejo,

una limosna

para este pobre viejo,

que ha dejado hijos,

que ha dejado hijos,

para el año nuevo.

El correteo en las calles era incesante entre el retumbar de cohetes y ensordecedor toque de latas y toda clase de objetos susceptibles al ruido y escándalo hasta que se despedazaba al muñeco al dar el reloj del ayuntamiento las doce campanadas y cuando las sirenas del Ulúa y todos los barcos en la bahía dejaban oír su penetrante aullido junto con el toque de las campanas del templo cuyo metálico canto aturdía.

El trasnoche terminaba viendo retorcerse en las llamaradas al año viejo, para continuar los festejos entra la algarabía de niños y adultos, con las piñatas y la alegría propia del año que se estaba iniciando.

lunes, 26 de diciembre de 2022

APROVECHANDO MI TIEMPO LIBRE

 Estoy pasando a USB algunas películas, así mientras se renderizan les comento: ¿Es en serio cuando me dicen "consígueme chamba en la película, o la serie, aunque sea de la "chacha"? Se supone que ustedes son gente que lee, por eso escriben o quieren ser escritores. No se puede hacer una cosa sin la otra. 

¿En verdad creen que cuando uno está dentro de una producción contando historias, dichas historias son como la sociedad de allá afuera? Sí, fuera del set. Cómo que "la chacha". Y no me refiero al comentario peyorativo, porque a la hora de actuar puede que se diga así, o la gata, o del modo que esté en el guion. Pero "aunque sea de la chacha", HELLO GUYS... Yalitza Aparicia hizo a "la chacha" en la película Roma, era la estelar del film y estuvo nominada al Óscar como mejor actriz. No entraré en detalles de si es o no actriz, ni cosas de la suerte, porque ese no es el punto. (Para mí sí es actriz y se sigue preparando constantemente). Entonces, cuando me dicen: "consígueme aunque sea el de la chacha, ¿me están pidiendo que le diga al director que quieren el estelar? Y no es un caso excepcional, en las telenovelas que incluso después hicieron película está el caso de una historia llamada María Isabel, u otra llamada Simplemente María. En ambas historias la protagonista es una sirvienta.

No me decepcionen. Uno: yo no tengo potestad para conseguir papeles de nada a nadie. Dos: es mentira que uno se hace millonario siendo actor o actriz. Tres: ¡Aplíquense! ¿Cómo quieren ser escritores si no se documentan. 

Para ser actor hay que tener cultura. Es mentira que (he escrito desde hace mucho), que para ser actor es una vida de huevón. No. Si algo hay que hacer es leer, no tienen idea de cuánto. De TAREA hay que leer El Quijote... ¿duro, no? A cuánto pendejo han leído o escuchado decir: "déjales que hablen, cuando ladran los perros es señal que vamos avanzando". ¿Y ya por eso leyeron el libro de Cervantes? ¡A huevo que no! Y si me van a salir que son muy jovencitos y se chutaron la saga del Señor de los anillos bien por ustedes, pero los clásicos SIEMPRE serán los clásicos. ¿Creen que un actor, de verdad, puede desenvolver en el gremio sin haber leído nada de Shakespeare? Ustedes, aspirantes a escritores, han leído a W. S. ? O solo han visto las películas.

Es todo, no puedo escribir con facilidad, tengo las uñas muy largas pero están secuencia; no me las puedo cortar.

CUENTO DE NAVIDAD DE AUGGIE WREN

 Cuento de navidad de Auggie Wren Paul Auster 

 Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó. Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más. Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle. Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una. Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo: 

 —Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio. 

   Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Au-ggie. Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare. 

  —Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos. 

  Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla. A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo? Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas. No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él. 

 —¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad. 

  Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia. 

 —Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era. “Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo? Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente. La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin. 

 “—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta. “Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega. “—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad. “Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme. “Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca. 

 “—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad. “No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella. “No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente. “Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos. “—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien. “Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello. “Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar. “No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia. 

 —¿Volviste alguna vez? —le pregunté. 

 —Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella .

 —Probablemente había muerto. —Sí, probablemente. 

 —Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo. 

 —Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo. 

 —Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella. 

 —Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra. 

 —La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario. 

 —Todo por el arte, ¿eh, Paul? 

 —Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara. —Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no? 

—Sí —dije—. Supongo que sí. 

 Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad. 

 —Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme. 

 —Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres? 

 —Supongo que estoy en deuda contigo. 

 —No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada. 

 —Excepto el almuerzo. 

 —Eso es. Excepto el almuerzo. Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

FIN.

https://www.youtube.com/watch?v=Tuc9c0JVC4s

LA PELÍCULA COMPLETA "SMOKE" NO ME PARECIÓ UNA JOYA, COMO DICEN ALGUNOS, ES BUENA, SIN DUDA. AQUÍ ESTÁ EL CUENTO DE NAVIDAD DE PAUL ASTER.

ESCRIBÍ MI CUENTO DE NAVIDAD EN EL CANAL. LES SOY SINCERA, LAS PENDEJADAS QUE ESCRIBIERON ALGUNAS PERSONAS NO ME GUSTARON. PARA QUE PIDEN RETOS SI NO LOS VAN A HACER (A ESCRIBIR) BOLA DE HUEVONES.

LA FAMA NO LES VA A CAER DE CIELO. SI ESTUDIANDO Y BREGANDO EN LA CARRERA, A VECES NO SUELE SUCEDER NADA, NO TRABAJANDO MENOS. HABRÁ ALGUNAS EXCEPCIONES.

EN MI CASO, ME HE RESERVADO DE HACER PÚBLICOS LOS VÍDEOS QUE ME ENVIARON MIS COMPAÑEROS, Y , TAL Y COMO DIJERON, SÍ, YO TAMBIÉN ME QUEDÉ CON LA BOCA ABIERTA. IGNACIO LOPEZ TARSO Y JOSÉ CARLOS RUIZ FUERON HOMBRES GUSTOSOS DE LA VIDA NOCTURNA Y POR ELLO ME ENVIARON SUS COMENTARIOS POR MI LIBRO FUE EN UN CABARET. A MÍ NO ME IMPORTA SI ME LEEN O QUIÉN ME LEE. YO ESCRIBO POR PLACER. FELIZ AÑO NUEVO.

*LA VERDAD ME DA MUCHA FLOJERA LO QUE ESCRIBEN, SUS MUGRES HISTORIA DE UN MUNDO DISTÓPICO. LAS MUJERES NO SALEN DEL CLÁSICO CHICO MALO Y GUAPO. ¿QUÉ ES SER MALO Y GUAPO? DESCRIBAN, LO QUE A USTEDES LES PARECE BELLO, A OTROS NOS PODRÍA PARECER LO CONTRARIO. BUENO, YO NO SOY SU MAESTRA. HE TENIDO APENAS CUATRO DÍAS LIBRES, ESTOY EN UNA SERIE MUY PESADA, CHICOS. YA LO DIJE Y LO REITERO: LA ACTUACIÓN ES MI MODO DE VIVIR EN PLENITUD, LA ESCRITURA ES MI MANERA DE SOÑAR.

sábado, 8 de octubre de 2022

reto # 8 BRUXISMO

 

Estoy harto de no dormir bien, me dijeron que con una terapeuta podría entender por qué, cada que sueño con esos malditos saltamontes que bailan, sí, bailan a mi alrededor como haciendo mofa de malestar, como si fueran adivinos, porque cada que sueño eso despierto con dolor en toda la cara, oh si, perdón, «dolor facial», como si decirlo de modo más elegante fueron menos molesto. Me crispa la gente que sale de su casa y deja olvidadas las llaves, ¡ya sé, ya sé!, si no fuera por ese tipo de gente no tendría trabajo, pero es el colmo que cada que tengo ese sueño, surja alguien con ese problema, y aquí estoy, batallando con la cerradura y la mirada recalcitrante de esta mujer, ¿cree que cuando logre abrir la puerta me voy a meter a su casa a robar? ¡Bah! Cuando abra esta puerta me voy a ir a mi casa a dormir. Estoy bruxando, bueno, así me dijeron que se dice cuando uno rechina los dientes al dormir, pero no me pasa siempre, solo cuando en mis sueños se entrometen esos infelices saltamontes que bailan, ¿infelices? ¡No! ¡Infeliz yo que entiendo por qué me provoca tanta ansiedad ese sueño recurrente!

Hace rato soñaba que bailaban algo que decía: o bela chao, bela chao, bela chao, chao, chao… y la musiquita me requiebra dentro de la cabeza, cuando, ya casi… esta cerradura va a ceder… ¿No?, bueno, pues le sigo, es que tengo las manos trémulas y nomás no atino a nada.

¡No puede ser! La muchacha que me contrató está cantando ese: bela chao, chao, chao…

¡Cállese!

―¡Perdón, señor!

―¡Esa cancioncita no la soporto!

Menos mal que solo se sonrojó pero guardó silencio. Y aquí sigo… ya está… creo que sí… ¡Ya estuvo!

La joven me ha invitado a pasar y me negué. Ya había hecho mi trabajo, siendo sábado lo único que quería ir a mi casa a dormir. Estoy seguro que esos saltamontes no van a disturbar mi sueño, no más, no lo creo; ella insiste.

―Se lo pido por caridad. He dormido muy mal, estoy desconcentrada y por eso olvidé la llave dentro. Tenía cita con mi terapeuta…

―¿Usted tiene que ir a terapia?

―Sí. Pero ya no iré, perdí la cita por lo de la llave…

―¿Y para qué quiere que pase?

―Es que tengo miedo.

―¿A qué?

―A quedarme dormida y volver a soñar lo mismo. No me lo va a creer; sueño con unos saltamontes que bailan. Aprieto los dientes cuando pasa eso, que es muy seguido. Esta vez no escuché la alarma porque estaba aturdida con una musiquita que nunca había oído…

No sé cómo fue que nos entendimos esa joven y yo. Creo que son las cuatro de la tarde y estamos ebrios de whisky cantando y bailando: Esta mañana me he levantado, o bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao, esta mañana me he levanto y he descubierto al invasor…

No nos importan los gritos de los vecinos que insisten que hace horas están rechinando los dientes y no saben por qué; nosotros sí, y seguimos: Oh compañero quiero ir contigo, porque me siento aquí morir. Y si yo caigo en la batalla, o bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao, coge en tus manos mi fusil… ¡A bailar saltamontes! O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao…