lunes, 7 de noviembre de 2016

MI ESPOSA LA SOLEDAD

    



Es como cualquier otra. Llega justo cuando menos la quiero o la necesito aquí. Llega, aún sin llamarla. Es la que no me deja dormir. Es la que me roba la paz. ¿Quién dice que el matrimonio es el final feliz de la novela? ¡Para nada! Es la que me chinga, no los centavos, los pesos, todos.
     Con tal de evadirla, me meto a los centros comerciales, los mejores, esos que tienen a las mujeres de cuerpos perfectos, con mirada fría, portando trajes y joyas que jamás podrían pagar. Y ni así se va. Parece que se relaja un poco, pero, ¿quién dice que un hoyo se tapa escarbando más? Y entonces, un bar. Ahí, se me va otro buen monto de lo que no puedo pagar, más de lo que gano, pero ¿ para que se hicieron las tarjetas de crédito ? Ya, cuando las cosas van peores, entonces el médico. Sí. Un médico. Que me receta "prozac" o ansiolíticos para poder dormir al menos, y no pensar en ella. Pero ¡me despierta! Y se convierte en hambre, esa, la que no puedes saciar, porque es mi esposa la soledad que me vacía por completo, es un vacío perenne, que con nada se puede llenar. Y lo peor, es que no existe el divorcio, aquí, ni siquiera es hasta que la muerte nos separe, todo lo contrario. Se morirá conmigo y vivirá conmigo si tomara la valiente o la cobarde decisión de mandar todo al carajo, ella viva y yo muerto ¡Ya la veo! Tan fría, tan flemática a mi lado. Sin importarle si ganó o perdió. Eso me importaría a mí. Porque mi esposa la soledad, no parece celosa si me voy de putas, pero ¡vaya que si muestra venganza! Tras llenarme de vicios y romper los prejuicios quedo oliendo a humedad y a naftalina, a jabón corriente, y la piel se me reseca y se me parte. Y entonces mi esposa la soledad se hace más patente, más presente, como el dios ese que dicen que viene si lo invocas, como el diablo que también viene para que te vuelvas indeciso y no sepas cuál camino tomar, así es mi esposa la soledad, sólo que ella no es buena ni mala, si no todo lo contrario. Tú también la conoces, ahí está, a tu lado, asómate y veras...

UNA HERMOSA Y COMUN NOCHE DE INSMONIO

UNA HERMOSA Y COMÚN NOCHE DE INSOMNIO







     Ya había pasado una hora más de la media noche. Ya se había muerto la luna azul, sí, una luna que anunciaron, que salió dos veces en el mismo mes. Ya se había muerto y no la vi, porque se adoquinó el cielo de nubes densas, llenas de petróleo, creolina y naftalina. Quién sabe qué les pasó, y quién sabe qué demonios me pasó a mí, porque tal y como se apretujaron las nubes de mi cielo, me cayeron como tromba las culpas, todas, toditas. Y entonces volví a temblar de miedo, como debieran temblar todos, toditos los culpables. Recordé mi pesadilla hacía unas horas, aterrada se me caían tres muelas fétidas y me dolía la fosa nasal izquierda. Por fortuna era sólo un sueño, más ahora no estaba soñando, pero un necio insistía que sí, que sí estaba soñando. Pero el horror me paralizó, y me imaginé el terremoto que  sacudiría el suelo y me mataría, lentamente, aplastando mi cabeza con mi propio patrimonio. Y entonces me abrazó la melancolía por encima de mi miedo; y deseé con lo que me restaba de voluntad que también a ti te llevara el diablo, porque me quedé solita con las estrellas que se burlaron de mí porque jamás pude alcanzarlas, mientras tú, estabas tan enamorado de la Negra Tomasa, que te entretuviste con eso y no me devolviste mis alas, y no pude surcar los cielos de mis esperanzas. El pánico se asió a mí con sevicia, y fue que sentí tremendo apego  al mundo, y me dolieron los zapatos de ante que quizá no me pondría, porque el juanete se inflamó de pura soberbia, y me dolió saber que, se quedarían empeñadas para siempre en una casa de pignorantes desesperados, las cadenas de vanidad disfrazadas con cachos de metal amarillo. A la vez, se me fruncían los oídos imaginando la voz de falsete de una colombiana desquiciada que preguntaba ¿dónde están los ladrones? Y al tiempo se burlaba de quién la oía, diciendo, soy yo una de todos esos, incluso el que hace llorar la guitarra, porque la toca con la lengua sádica el muy eunuco. Y era ahora la ira, que abrazaba la melancolía y apretaba contra mí el horror. No me brotaban lágrimas y ese fue quizá, el único momento que me permitió suspirar, porque creí que no me quedaba tiempo en el tiempo de aquí del mundo, para recoger mis sueños rotos, todos, toditos, y envolverlos en mi frágil tela de resignación para prenderlos apenas con alfileres de castidad ¿a dónde guardaría las lágrimas derramadas? Y apresurada quería gritarle al mundo mi desdicha, e imaginaba a todos tan indolentes, acusándome de haber fumado marihuana, como si ellos no desearan un poquito de ácido para calmar la ansiedad que les provoca la resaca por el ethanol y la nicotina. ¿No era yo, la estúpida romántica que decía que no había mayor fortuna que volver a casa? ¡Volver a casa! ¿A la casa de quién? Si no es mía, entonces ahí hay un tiránico mandón, colérico, y si no es así, sólo basta con ser el dueño, y entonces la arrimada sería yo, arrimada como estuve, de préstamo por el mundo, y no creo que pueda decir ¡El Universo me pertenece! Afortunadamente, todo eso pasó, cuando pude dormir, y dije que hube soñado cosa tan cruel, y un maniático me dijo: por más veces que despiertes, seguirás soñando, así toda una eternidad. Sueñas y no duermes, y  te despellejas el alma por atreverte a soñar, que estás en la vida queriendo vivir, pero te alocas de muerte queriendo dormir...

EL TAMAÑO ¡SÍ IMPORTA!

EL TAMAÑO ¡SÍ IMPORTA!
Imagen extraída de la película "Clase 1984" 
Una película altamente recomendable, aunque en esta película, el abuso, es de los "estudiantes"






        Por supuesto que el tamaño impone. Había un estudiante, que cursaba el sexto año, y hacía temblar al más sosegado. Alcanzaba casi el metro, con noventa centímetros. Por fortuna lo vi abandonar la escuela sin terminarla. No sólo era alto, sino que ya casi era un hombre, y se vio comprometido a mantener a una mujer, y a un hijo, y no volví a saber más de él. Así que no supe, cómo habría reaccionado, si hubiese él, permanecido en esa escuela, donde hacían que entrara la letra con sangre, tal cual versa el refrán. Eran principios de la década de los setenta. Fui el conserje desde ese tiempo, en que en un galerón era ocupado por muchos chiquillos que no se amilanaban con el calor que hacía hervir los ánimos. Faltaron dos años para construir e inaugurar el nuevo edificio, con muchos salones con buena ventilación, baños con lavabos y retretes. Pero mientras, tuvieron que aguantarse en el piso de tierra, llevando ellos mismos su silla, para recargarse a escribir sobre bloques de hormigón. 
     Daba gusto ver con cuánto entusiasmo algunos tomaban clases bajo la fronda de un árbol de almendras. Hasta un Jardín de Niños había. También, hoy que soy tan viejo, lamento que muchos hayan desistido de ese entusiasmo, y hayan dejado truncados sus estudios, como el hombre joven ese, que por una pelirroja ni siquiera terminó la educación primaria.



     Lo que más me apena, es saber, que algunos desistieron de estudiar por el inflexible carácter del director Córdoba. Todos, los que a veces veo, y me saludan, lo recuerdan como buen profesor, pero escupen maldiciones sobre su nombre, y es que, sí abusó.
     La mayoría me dicen que le agradecen, la magnífica ortografía que les enseñó, los hábitos higiénicos, pero todo a punta de chingadazos. Eso fue lo malo.
     Usaba una regla que medía un metro, y otra pequeña, que más bien parecía, la batuta con la que dirige un maestro su orquesta.
     Inolvidable el día que llegó Juan Alfredo, su hijo. Era un muchacho moreno, de cabello lacio, simpático y como llegan la mayoría, muy tímido. No faltaron las murmuraciones contra el recién llegado imaginando que ya había llegado el consentido; y que sufrirían con el tirano que tenían, el profesor Córdoba, aunado al favorecido, que quizá era un chamaco chismoso y chillón. Sí, chillón sí, y no le faltaron razones.
    El profesor Córdoba lo trató bien las primeras horas del día, lo puso a revisar las tareas de sus compañeros, y lo mantuvo sentado en su propio escritorio, pero terminado el recreo, lo puso frente a la clase. Ahí le leyó la cartilla, o mejor dicho, hizo que los educandos le dijeran las reglas de que al quebrantarse, cómo serían castigados.
     Les mostró la regla de a metro y preguntaba: ¿Cómo se llama esta? Y los alumnos contestaban: La ley. Y la regla que parecía batuta, le gritaron: el revólver.
     Y como si se tratara de una clase importante para la vida, hacía que al que él eligiera, se pusiera de pie, y dicatara las normas.
     "El revólver. Es la que se usa casi diario y cada rato. Con ésta nos golpea las nalgas y las manos. Si nos portamos mal, si no cumplimos con las tareas. Si cometemos un error más grave, entonces con el revólver nos pegan, pero en las palmas de las manos, es mucho más doloroso"
     "Muy bien, tienes un punto a tu calificación"
     "La ley. Casi no la usa. Pero cuando la usa, es casi para ser expulsado. Uno decide, o la ley o la expulsión"
     Los castigos por lo que los alumnos recibieron golpes, fue incluso, por haber estado demasiado sudados por haber jugado al fútbol. Francamente, el profesor era bastante atrabiliario. Y lo más desquiciante, es que a Juan Alfredo, lo golpeaba a diario, por la mínima cosa. Alguna vez lo cuestioné al respecto y me dijo que todas las travesura que hacía Fredy, no eran castigadas en su casa, se las guardaba para la escuela. De este modo, era aun más severo, ya que sólo exhibía al pobre muchacho, que, quién sabe cómo superó el trauma y terminó su carrera de medicina. 
     La vez que le pregunté sobre la dureza contra su hijo, le afirmé que me parecía un exceso de su parte, ya que, el muchacho no podía pronunciar correctamente la palabra "es-tó-ma-go" ni la palabra "len-gua". Solía decir "estogamo" y "luenga". Por eso le dio tremendas golpizas para deleite de los amargados, que quién sabe por qué, le tenían ojeriza al muchacho, que no era más que una víctima más, igual que ellos.
     Aquí viene lo duro de la historia. No sólo el director, que a la vez era maestro del cuarto grado de la ecuela tenía la mala costumbre de golpear, sino que todos los maestros, tenían, digamos el permiso para hacer las delicias de los golpes con los alumnos. Les era dado con la bienvenida, las dos reglas, la ley y el revólver.
     Una maestra de nombre María Luisa, era en extremo enérgica, incluso, llegó a discutir seriamente con el director, esta tenía el genio más disparejo aun, pero a veces, tenía que aguantarse, tan sólo por respetar la investidura del director.
     Una tarde muy calurosa donde hasta las hojas de los almendros babeaban por el agobio, un muchacho muy rebelde nada más no toleró más el abuso. La verdad, es que la regla llamada "la ley" era de lo más livianita. Era una regla delgada, y creo que lo que más asustaba a los muchachos era una cuestión psicológica. Una niña me dijo que le dolían más los golpes con el dichoso "revolver" porque era una regla gruesa, de una madera pesada, y lo que más le llegó a doler, fueron unos azotes en las pantorrillas. Los padres de familia, no se quejaban de esta actitud tan bárbara. Volviendo al muchacho rebelde, que regresó a la clase después del recreo, sudado, sucio y encolerizado porque no le gustaba estudiar, hizo caso omiso a María Elena cuando le dijo que se fuera a asear un poco antes de entrar al aula. Él, se pasó la mano por la frente y se puso a hacer dibujos en el cuadernos de rayas. La profesora desde el escritorio, lo insultó:
     - ¡Hey! ¡Bastardo! ¡He dicho que te vayas a lavar!
     Creo que si a mí, la mujer esa me habla así, también habría explotado.
     El muchacho se levantó de su pupitre y no fue a lavarse, se paró frente a la maestra quien ya blandía la regla apodada "la ley". El joven, escuálido, chaparro, con jiotes en las mejillas y el cabello hirsuto, le quitó la regla en un santiamén a la maestra y la partió en dos. La maestra quedó atónita y le dijo "¡desgraciado!". El joven sin más se le fue encima, le sorrajó dos bofetadas, ida y vuelta. La maestra aun no salía de su asombro cuando el muchacho, cerró los puños, y entonces no fueron dos bofetadas, estas dos primeras, fueron como la botana del platillo fuerte. Le propinó una golpiza descomunal. Nadie hizo nada. Los alumnos quedaron petrificados en sus lugares. El joven sin más, tomó sus cosas y se fue, para nunca volver.
     Esa fue la comidilla por más de un mes de toda la gente. Los moretes en el rostro de la maestra María Luisa eran visibles aun,  la vez que vi a toda la clase, en perfecto orden, hacer una lectura coral, mientras la maestra, renqueando, se fue a su escritorio, a vigilar imperturbablemente que nadie rompiera las reglas, o ¿les rompería la madre? Quién sabe. La conducta del muchacho hizo que por un tiempo, muy breve por cierto, los golpes con "la ley" y "el revólver" descendieran. Nadie hizo una denuncia ni nada al respecto. La hablilla se daba en susurro y fuera del plantel educativo. En la escuela, no hubo sermones, ni amenazas, ni promesas, ni nada. Hacían como que nada había sucedido. 
     No aplaudo la acción del muchacho, pero considero que atacó por verse atacado, que actuó por instinto. No soy partidario de la violencia y mucho menos para un estudiante, pero tampoco estoy muy de acuerdo con que al día de hoy, se le permitan a los jóvenes hacer tantas cosas, bajo la tolerancia de los adultos. Vamos, que ya parece que los hijos mandan a los padres. Un equilibrio vendría bien. Algún castigo ejemplar considero yo. De ese tamaño las cosas por aquellos y por estos tiempos, e insisto, el tamaño, sí importa.

    
     

martes, 1 de noviembre de 2016

SENTADITA ME VEO MÁS BONITA

SENTADITA ME VEO MÁS BONITA
La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, 
Si no una realidad que debe ser experimentada.
Soren Kierkegaad.





   
Esta impactante imagen, fue la primera que vi, en mi primer vista a la ciudad capital.
(Museo de Cera de la Villa)



















  Presumían a solas frente al espejo que ya no eran unas niñas ¡Eran señoritas! Sabrá Dios por cuánto tiempo, ya que apenas la menor contaba con doce años, y los muchachos, también, en escondrijos húmedos y sórdidos, encontraban que lo único que valía la pena en la vida, era eso, un pecado viscoso entre las manos trémulas por una culpa, a quién sabe qué.
     Todos alardeaban que estaban de paso por esa escuela privada en el centro de la ciudad. Todos, estudiaban el primer año y decían que intentarían ingresar para segundo año, a una escuela de gobierno. Si iban a verse nacos, entonces serían nacos de categoría, a otro nivel. Una escuela privada, de pago bajo, improvisada en una casona antigua, no era para nada tener prestigio. No, si era la escuela secundaria Patricio Redondo, frente a una cantina que ostentaba el título de “Mar de la Plata”, y arriba de esta, otra academia más, de nacas, que estudiarían la tan socorrida carrera de comercio, tan solicitada por aquellos tiempos.
     Las timoratas, decían que no se maquillaban, porque era indecente, además,  las arrugas se asomarían muy temprano en sus rostros, decían esto, con la acritud en el alma, que  les desgarraba el aliento por embadurnarse los mofletes para verse  sanamente coloradas, y desplegar sobre sus párpados lamparones azules, que estaban tan de moda, también por aquellos tiempos. Y el carmín, si era más brillante mejor, todo a escondidas, siempre a escondidas. Las virtudes, como la cara lavada, siempre a la luz, pero todo lo demás, en la oscuridad de sus silencios rotos con sus resuellos de mujeres nacientes, con un cúmulo de progesterona que sentían que les chorreaba por la rendija más pura que debiera ser en ese tiempo. Y el olor. La maledicencia que hubo sido desde que  nació el mundo, y con el mundo el hombre, y con el hombre ¡la maldita mujer y su maldito olor!
     El colegio contaba con magníficas instalaciones para aquellos jóvenes ávidos de ser alguien en su jodida vida, qué mejor que estudiar, para no ser como sus padres, ignorantes todos y por ende, jodidos todos, eso sí, muy decentes todos. Era en lo único, que los hijos y por sobre todo, las hijas, querían imitar de sus patrocinadores. Con lo que no contaba esta escuela, era con instalaciones para hacer deportes, y esta materia: educación física, era perteneciente al tronco común y debía ser cursada. Para ello, la escuela pagó la renta al gobierno local, para ocupar las canchas que estaban junto al auditorio Benito Juárez. Había canchas para Basquetbol y Voleibol. Todas en perfecto estado. La dichosa clase se impartiría los sábados, dos horas, a partir de las cuatro de la tarde.

     Las retrecheras jóvenes vieron sus ilusiones desparramadas por el suelo, la mayoría de éstas: las mojigatas, las hipócritas, y también las flacas. El instructor de educación física fue en extremo selectivo para con sus favoritas. Los varones, ninguno, estuvo cerca de él. Es que, ese profesor, era vulnerable al olor, ese maldito olor que ataca, que aturde, que sonsaca, que urde…
     Las que no eran gazmoñas, las que sin remilgos se pintaban rayas negras en los ojos y enfatizaban sus pómulos con colorete, las que tenían novio, con o sin permiso de sus padres, las que no usaban corpiño sino brassier, como mujeres grandes, las que nada decían a media voz, y aparte, heredaron una anatomía envidiable que hacían girar la vista a los voluptuosos, como el profesor, esas, fueron las que sacaron diez, aunque nada más en esa materia, por aquellos tiempos.
     Esas, no tuvieron empacho en quitarse la falda y quedar en pantalón corto, muy corto, demasiado, para mostrar las torneadas piernas que con fiereza, retaban la fuerza de gravedad y lucían firmes, aunque las muchachas brincaran y brincaran, y por supuesto, el profesor las ayudaba, las cargaba para que no vieran frustrado su deseo de clavar la pelota en la canasta.
     Mientras aquello pasaba, las flacas y las decentes, se aburrían amargamente en el rincón que había ordenado el instructor que ocuparan, sentaditas, seriecitas, tan decentitas como presumían ser. Los varones se entretenían jugando al balón o a tratar de conquistar a otras chicas que visitaban las canchas, sin mirar a las feas y flacas que veían siempre. Las bonitas y fáciles estaban con el instructor. 
     Eran dos horas  sabatinas terribles, y la mayoría renunció a asistir a una clase donde no aprendían nada. El profesor pasaba lista, y por supuesto que la asistencia contaba y se reflejaría en la calificación. Todos, los varones y las feas sacaban siete de calificación cada mes. Nadie sabía el por qué y el cómo se evaluaba la materia, era criterio del instructor.
      Este instructor, no se presentaba jamás en el colegio del centro, nunca lo vi ahí, si acaso, cuando nos dijeron que ese sujeto sería el profesor de educación física, y después jamás, y así fue, jamás y nunca, por mi parte.
     Yo fui miembro del grupo de las desdeñadas, porque era flaca, y fea, y además, aseveraba que era decente, tal y como lo afirmara, otra flaquita, rubia de ojos verdes llamada Evangelina. Cuando tuve un estuche de maquillaje, sombras y lápiz labial dije que lo usaría para pintar mis dibujos, y hasta el sol de hoy me apabulla la vergüenza y la cobardía que padecía por aquellos tiempos. No estaban de moda las flacas. Hoy, las vemos en portadas de revistas o protagonizando películas y telenovelas, aunque sólo sean flacas, no actrices, eso es lo de menos, como cuando mi clase de educación física, yo, según el profesor de pacotilla, merecía una clase de educación tísica; no era buena, según él, para el deporte,  y me ordenó ir a pudrirme de frustración en el rincón de las sentaditas, rumiando mi siete, en mi boleta blanca que estaba llena de dieces, porque quería obtener una beca, es decir, no sólo era flaca y fea, sino que también era del club de los jodidos. 
     Una tarde, hastiada de ver cómo el instructor era todo-manos con las piernonas, me envalentoné y le exigí que me diera la clase. El  maestro me dijo que primero tomara vitaminas, ya que apostaba a lo que fuera, que yo padecía anemia, porque mi cara lavada lucía amarilla por la falta de sol. Mi indignación creció al tamaño del mequetrefe que alardeaba sus bíceps y pecho con una playera pegada al torso, y le dije:     « ¡Váyase a chingar a toda su reputísima madre! ¡Viejo culero!»  De momento ignoré qué fue lo que le ofendió más, si la palabra viejo, o la palabra culero. El profesor hizo como que no me escuchó y embarró las palmas de sus manos, entre la panocha y las nalgas de  Mercedes; quién quería que, otra vez, el profesor la impulsara para anotar canasta en el partido de Basquetbol. Hecho esto el profesor dio por terminada la clase. Usó su silbato, para que como animalitos, obedeciendo al sonido, nos reuniéramos para que volviera a pasar lista. Y fue cuando dijo mi nombre y dije presente, me dijo que me reportaría a la dirección. No me disturbó en lo mínimo, ya que yo, seguía ardiendo de ira, como dos días antes de mi menstruación, me ardía no sé qué, pero rabiaba incluso en mis sueños. El profesor movió su melena reprochable para ser profesor de aquellos tiempos -con ansias de parecerse a Los Beatles- para quitarse el flequillo que caía sobre sus ojos, a fin de mirarme a mis ojos venenosos que pretendían fulminarlo y convertirlo en un charco pestilente infestado de microbios.
     El día lunes, después del mediodía, la profesora de historia fue quien se puso a leer la nota del quejumbroso instructor de educación física. La maestra dijo mi nombre y me pidió me pusiera de pie, para dictarme la acusación y quizá la condena. Puse mi mejor rostro candoroso de niña buena, con matices de una sonrisa suave y sonrosada de aquella época de mis trece años. Hice un gesto de asombro cuando la profesora dijo: « Dice el profesor de educación física que le recordó usted, de manera altisonante, a uno de sus antepasados». Risas de toda la clase, y por supuesto que sonreí sin dejar de fruncir el ceño. « ¿Qué yo hice… qué?» Hasta ese momento me percaté que lo más le ofendió fue haberle dicho que se fuera a chingar su reputísima madre. Lo de viejo y culero parece que no le afectó. La maestra se encogió de hombros y suspiró al tiempo que dijo estar muy extrañada. ¡Claro que debía extrañarle! Yo siempre fingí ataques de pudibundez, si alguien se ponía una falda muy rabona, y me retorcía de envidia si alguien traía el cabello con visos dorados, y me unía al coro de las puritanas, reales e hipócritas como yo, diciendo « ¡Que bárbara! ¡Cómo se atreve a teñirse de rubia, si ni siquiera tiene los quince años!». Por supuesto que fui, la líder de las ñoñas, y casi a gritos di gracias al cielo, cuando nos informaron que la única chica de quince años, la mayor de todas nosotras, se había fugado con su novio. « ¡Qué bueno que nunca nos juntamos con ella! ¡Era la única que decía con desparpajo que iba a los bailes del Acapulco Tropical! ¿Te acuerdas  cómo llegó desvelada y ojerosa, diciendo que estuvo en un baile con los Socios del Ritmo? ¡Qué naca!»
     Esa era yo. Si tan sólo en toda esa conducta hubiese habido un mínimo de honestidad, no sentiría náuseas. Pero a lo hecho pecho y ni modo. Ya con el tiempo, me quité esas rémoras que no me funcionaban para un andar más ligero. La hipocresía sólo sirve para atorarte en el camino, de subida o de bajada. Si haz de subir o bajar, que sea rápido. Pero en aquellos tiempos me sirvió para romperle los desplantes a aquel majadero y degenerado antiprofesional que teníamos como instructor. Me di permiso, hasta aquella vez de sostener esa actitud. La maestra desorbitó los ojos cuando le dije: « Ese hombre me acusa de algo vil ¿Por qué no está aquí ese hombre y me sostiene su acusación cara a cara?» En ese momento la maestra, a quien creí que se había sorprendido por mi madurez ante el escarnio, le indignó que al instructor le dijera “hombre”. Me llamó la atención con una mirada reprobatoria y sólo dijo: «Maestro».
     Fue mi retórica tan rica en adjetivos hacia ese “hombre” y mis cuestionamientos oportunos con otros tantos sustantivados hacia las chicas que sólo en esa materia tenían  la calificación perfecta, que la maestra gritó la orden de que guardara silencio, porque el alumnado me miraba con la boca abierta, al tiempo que yo  decía : Ese haragán se atreve a enviar una nota reprobatoria,  pero no la sostiene con ningún testigo, pero a usted su simple palabra escrita , la persuade,  profesora, que decepción; ese greñudo que rompe las normas civiles para los educandos que estamos ¡pagando! mes a mes, con enorme sacrificio el querer salir adelante, ese displicente que ningunea a las que no osamos lucir, una prenda de vestir que muestra más de lo debido y lo dictado por las añejas buenas costumbres, pero claro, ese “hombre” hace favoritas y pone diez de calificación a aquellas furcias, pero inocentes doncellas, que lo perfecto de su anatomía parece corromper al holgazán que no viene, que no da la cara por amor a Dios, y esa conducta es un ataque al pudor, profesora, o dígame, ¿Cree usted profesora, es convincente que las jóvenes que antes cité tengan honorables comentarios cuando usted las conoce? Usted sabe, profesora, cuán bajo es el desempeño de mis compañeras…

     Las feas y los varones, pero más, las bonitas, o bien, las fáciles, se impresionaron cuando leyeron la circular, pegada en la puerta principal anunciando el cese del profesor, o bien, de la clase de educación física. Notificaron al alumnado, que hacíamos un total de veintiocho personas, que quedábamos exentos de esta materia. Por lo tanto, ya no era necesario que nos presentáramos en las canchas del auditorio Benito Juárez las tardes del sábado. Todos obtendríamos nueve de calificación, y a mí me jodieron la oportunidad de obtener una beca. Necesitaba todas las calificaciones con excelencia y de paso se jodieron a las que tendrían su único diez del resto de las asignaturas. Firmado por la directora, sellado por el plantel y vetada la información sobre el paradero del salaz profesor.
     Pasado el tiempo y ahora suelo decir: La que no es bonita que lo acepte con hidalguía, o si no, que recurra a la cirugía, y veo de un modo resignado que el tiempo enfatiza su huella día a día sobre todo, sobre las cosas, sobre los cuerpos. Pero me sorprende aún más el giro que dan las cosas, y las sorpresas que te da la vida.
     De entre las jóvenes que conocí por aquellos tiempos, volví a encontrarme con la joven que huyera  con su novio, apenas cumplidos los quince años, y me selló la boca al verla, viviendo frugalmente pero feliz, con mucha dignidad en su hogar, con su esposo y sus hijos. Yo que la acusé de naca, y yo,  idolatrando secretamente a Rigo Tovar. A Mercedes, una de las que fuera manoseada por el instructor de deportes, no me extrañó verla fichando en un burdel sórdido de focos rojos, en una isla ardiente; pero si la vi, es porque yo me encontraba también allí, y no era precisamente la dueña del negocio, aunque sí la cajera, y de vez en vez, cuando la patrona se ausentaba, me delegaba la responsabilidad de poner a raya a quien quisiera pasarse. Una noche lánguida de cumbias rítmicas con el "Acapulco Tropical" pero acerbos tristes, platicábamos Mercedes y yo, con una cerveza helada que se puso tibia por nuestras lágrimas, y le dije que una de las mojigatas, se tomó tan en serio eso de la decencia, que jamás se casó, siguió viviendo en una casa, bueno, en una mansión que ocupaba dos cuadras de una inmensidad solitaria, y ni el saludo me respondía cuando la veía pasar adentro de su flamante automóvil. Le comenté sobre Evangelina,  quien soportaba estoicamente las dos horas sabatinas y aburridas, llegó a ser electa reina del Carnaval, y sedujo al pueblo por su belleza rubia y sus ojos verdes, pero algunos años después, asesinó a sus hijos y los enterró en unas enormes macetas que tenía en su departamento.  Mercedes maldecía a la vida porque no le gustaba su propia vida, sin embargo, le hice hincapié en que no debía echarle sal a su herida, si no, que me mirara a mí. Yo, que despotriqué contra las liberales, cuando en el fondo deseaba ser como ellas, aunque al mismo tiempo anhelaba conseguir una beca para seguir estudiando, pero como no pude, fue más fácil caer en el légamo de la concupiscencia, y me embriagué de gusto al saber que era bella porque era flaca, pero la belleza se terminó cuando me hice gorda. Me atacó una erisipela recurrente y necia que me tiene siempre sentada. Ahora de poco me sirve mi verborrea de la que tanto alardeé, tengo que ser procaz para que me entiendan las putas de poca monta que estamos aquí, que mal haya sea nuestra suerte, que a veces se me tienen que cuadrar a mí, como si yo fuera la gran cosa. Si no es con mentadas jamás me entenderían. Mercedes dijo: « Eso sí, calladita te ves más bonita» Y yo le dije, recordándole aquellos tiempos y señalándole mi pierna herida e infectada: « No. Sentadita me veo más bonita ¡Salud!»

lunes, 31 de octubre de 2016

NOSOTROS NO TEMIMOS A LOS MUERTOS

LOS VIEJOS MUERTOS Y LOS NUEVOS MUERTOS
Panteón Particular
(el panteón de los "ricos")






     Los muertos no nos asustaban, aunque éramos niños. Eso de temer a los muertos, quizá nunca ha sido cosa de chicos o grandes, sino de otras cosas, como supersticiones o cosas más rebuscadas. La situación era, que los muertos andaban entre nosotros, y nada disturbaba nuestros juegos de la pájara pinta, el amo-a-to, y don Juan Pirulero. 
     Había cerca de nuestra escuela un panteón muy grande, que era el panteón municipal, mejor conocido como el panteón de los pobres. Se decía esto, debido a que junto a este, estaba el panteón particular, que sigue ahí hasta la fecha, conocido como el panteón de los ricos. Pero lo que habita ahí, no es de ricos ni pobres. Sólo quedan los mausoleos ostentosos y la mayoría sembrados en el olvido. 
     Nos llegó la noticia que iban a desaparecer el panteón de los pobres. Los que tuvieran una cantidad de dinero precisa, podían desenterrar a sus familiares, o si no, perderían las osamentas inútiles. Y vaya que si vimos infinidad de huesos amarillos a las afueras de la escuela. Esa fue nuestra nueva diversión. Hasta los profesores se enterraban en los montículos arenosos que dejaban los camiones, para encontrar los cráneos más completos. Era casi imposible, sin embargo hubo un maestro joven que se sintió afortunado, al encontrar uno, que le faltaban algunos dientes. 
     Se paseó por todos los salones explicando las partes del cráneo. Era perfectamente perceptible las líneas del parietal, del occipital, del frontal, y la mandíbula milagrosamente rescatada la atornilló para decirnos que era la parte móvil de la cabeza. También nos explicó cómo se llamaban los dientes, y nos dejó claro, que la persona que hubo tenido ese hueso, era una persona de nariz chueca. Se notaba claramente el hueso virado a la izquierda. Lo demás estaba hueco, y fue cuando nos dijo que lo que seguía de ese hueso, era el cartílago, y que por ser una pieza blanda, se perdía con facilidad. 
     Llegamos a encontrar pedazos de cráneo con cabello pegado. Huesecillos menudos que quizá eran falanges, o sabrá Dios qué.  
     Más nos asustaban las leyendas de la llorona y la Condesa de Malibrán, que tenían los abuelos, la costumbre de platicar, las noches de luna llena, y con las luces eléctricas apagadas.
     Una tarde lánguida, en que todos parecíamos bobos por el calor y teníamos la mirada parda de cansancio, aburridos por la monotonía del día a día, un ruido espantoso, cruento,  fuera de todo contexto, nos hizo saltar, a todos, al mismo tiempo.

     La gente que vivía en la colonia más cercana al colegio, se descolgaba corriendo, aunque, este colegio quedara a un kilómetro de distancia. Todos se veían angustiados y el desasosiego los hizo correr sin pensar, que no llevaban los pies calzados y la arena ardiente los derribaría en algún momento. La mayoría eran mujeres, pensando en sus críos. Todos escucharon el estruendo, un motor extremadamente ruidoso, un avión, ¿una avioneta? ¡Quién sabe! Algo en el cielo que perdía el control, y se avistó, aproximadamente a un kilómetro, a la altura de la escuela primaria, el golpe mortal, y enseguida una altísima llamarada.
     No quedó claro, quién y cómo organizó a los párvulos para abandonar el plantel. Dentro del desorden, alguien, encontró el modo. Los estudiantes ilesos. La avioneta calló a un lado de la escuela. No había tiempo para indagaciones. Estaban llegando bomberos, ambulancias, carros de policía y reporteros de periódicos, radio ¡y televisión! Yo quería quedarme, era mi oportunidad de salir en la televisión. Vi mi sueño alejarse, al tiempo que me alejaba mi hermana la mayor del lugar del siniestro. Me levantó en vilo, y me di cuenta cuán pequeño era yo, y qué grandes eran mis ilusiones ya desde entonces. Entonces ya no querría ser bombero jamás en la  vida, sería un reportero de televisión. Mientras eso se daba, si acaso pude ver como acordonaban la zona de la avioneta siniestrada, con una lazo amarillo chillante. 
     Fueron cuatro hombres quienes venían en una avioneta, tipo Cessna 206; eso fue lo que estuve oyendo por casi un mes, en lo que duró la impactante noticia. No se hablaba de otra cosa, incluso en el noticiero de la capital. Y me desentendí del asunto e ignoré lo que la gente trataba de suponer, que si el piloto intentó un aterrizaje de emergencia en la cancha escolar, que si buscó evitar el colegio y busco una zona más plana, como la zona de al lado, justo donde estaban los montículos con los restos de osamentas de sabrá Dios quienes. Que si esto, que si lo otro. Yo, estuve extasiado vagando con mis amigos y gozando unas vacaciones inesperadas. Decían que, hasta nuevo aviso reingresaríamos a las clases, porque tuvieron que levantar los cadáveres, que quedaron esparcidos en muchos, muchísimos pedazos, y que desinfectarían el lugar para evitar epidemias.
     Una mañana de recreo, cuando todo el desastre del avión  parecía que había sucedido hacía muchísimo tiempo, estaba tratando de dirigir un juego. Quería trazar unas porterías para que jugáramos fútbol cuando me encontré un  dedo humano. Sí, un dedo. Parecía un dedo pulgar. Se veía inflado y amorcillado; la uña pugnaba por salirse de su sitio. Ignoro si la cal que esparcieron para desinfectar, hizo algún efecto para que el dedo no tuviera tan fuerte el olor a putrefacción. Sin ningún mohín de miedo y de asco lo tomé, tracé la cancha y las porterías. Lancé el dedo a los montículos de tierra que aún tenían en sus entrañas infinidad de huesos de aquellos muertos viejos, lo dejé ahí. Este fue un hueso invitado, era de los muertos nuevos.
*Nota. Me encantaría que sobre este breve cuento, se documentaran más, con el excelente trabajo que hizo mi gran amigo y paisano veracruzano ALEJANDRO SANCHEZ TAGLE (Jack Tagle) con una EXTRAORDINARIA película-documental "REINO MÁGICO Y LA LEYENDA DE BLANCA NIEVES.

MUERTO EL PERRO, SE ACABA LA RABIA

MUERTO EL PERRO, SE ACABA LA RABIA




... Nunca confundas el silencio con ignorancia
la calma con aceptación
la amabilidad con debilidad...



     Parecía perdida por la zona de la Boticaria, más adelante de la zona militar, ya ni siquiera era el puerto de Veracruz, ya era la zona de Boca del Río. Pero empezó a ser exhibida en los matutinos y vespertinos que circulaban, no sólo en el puerto, sino en el estado. Por desgracia siempre en la nota roja aparecía el nombre de esa escuela secundaria federal.
    El director de la escuela, habló a los estudiantes sólo una vez al respecto, terminada una ceremonia cívica. Habló sobre al hacer caso omiso de las notas en los periódicos y que se enfocaran en lo que era menester, que era, su aprendizaje. Aunque en la materia de historia, quién sabe qué tanto podrían aprender. El maestro faltaba a menudo, y cuando se presentaba, tenía hálito a alcohol, y solía echar muchas pastillas dentro de un refresco de cola y se lo tomaba de un solo trago. 
     El nombre de Víctor René Martínez Guzmán no era muy familiar para muchos estudiantes en un principio. Le conocían como René, a secas. Fue por las notas periodísticas que se enteraron del nombre completo. Cuando no era una riña en una cantina, era porque había chocado su automóvil por manejar borracho, y el colmo, una menor se había embarazado del profesor. No se supo por qué, este señor no fue encarcelado, ni despedido del plantel educativo. Tenía a cargo la materia de historia y ¡cuánta ironía! también civismo. Los muchachos dicharacheros optaban por decirle “cinismo” a esta, que como de la otra materia, no aprendían absolutamente nada. 
     Irasema fue el nombre hecho público por otra  menor, que resultara embarazada del maestro René. No exigía cárcel, sino matrimonio. Esto no pudo ser, ya que, el profesor era casado.  En fin, que hubo algunos padres, que hartos de la situación, sacaron a sus hijas de esa escuela. Los que pudieron, quienes no, se aguantaron. 
     Una muchacha que gozaba de popularidad por su belleza dijo — Quiero tener relaciones sexuales con el maestro René. Ante esta afirmación, hubo quien enmudeció de susto, otras de asco, algunas otras de pudor, pero hubo quién se sumó — Yo también. ¡Hasta lo sueño! No me importan las consecuencias, no me importa que esté casado, no me importa si me embarazo.
     El refrán que versa, verbo, mata carita, aquí se aplicaba a la perfección, porque el susodicho no era guapo propiamente dicho. Por eso crea fama y échate a dormir, estaba haciendo que muchas jóvenes desbordaran su imaginación y querían conocer el misterio que lo hacía sensual. 
     Cuando se supo de una tercera joven que abandonaba la escuela por embarazo, el escándalo ya era algo desquiciante. Y es que René decía: levanten más la alambrada, que las gallinas andas con ganas, porque no mostraba el mínimo asomo de vergüenza. Era al contrario, parecía ufano con su etiqueta de conquistador. Era un sujeto absurdo y de pacotilla, que mostraba su caza de palomas mensajeras, muertas y clavadas en su concupiscencia.
Obviamente, era perceptible que ante sus compañeros de trabajo era un ser nefasto y lo tenían como apestado. Nadie le hablaba, y las maestras y secretarias del plantel lo evitaban, hasta para darle los buenos días. Quien quita la ocasión, quita la tentación; y no fuera la de malas, porque cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo mata moscas.

     La escuela, por desgracia, siguió ocupando la nota roja un par de veces más, pero no por culpa de René. Una joven muerta por atropellamiento y unos jóvenes en pandilla, asaltaron una tienda de ultramarinos. Y se observó el afán de protagonismo del maestro René cuando organizó, exigiendo se le obedeciera por su investidura de profesor, que tanto las mujeres como los varones, portaran un moño negro en la manga izquierda del uniforme, y consiguiendo autobuses, quién sabe cómo, llevó a más de una veintena de estudiantes en tropel, a dar el pésame a la madre de la joven acaecida, y a montar guardias alrededor del ataúd. Así mismo lo organizó con el sepelio, en donde, a la vista de todos, tenía seleccionadas nuevas víctimas, ya que, estas tres jóvenes, no ocuparon ningún autobús, sino que fueron a darle el último adiós a la infortunada muchacha, pero en el coche blanco del maestro René. 
    En cuanto al desastre del asalto y estropicios contra la tienda de ultramarinos; abogó para que no se levantaran cargos contra los jóvenes identificados. Se supo por todos los rincones, que el maestro dio una bonificación a los ofendidos, y esto salió de su propia bolsa. Y no era como para creer que: Nunca es tarde para bien hacer, haz hoy lo que no hiciste ayer. Consentir una acción de esta naturaleza, hablaba de un carácter torcido del profesor. No parecía un ser en sus cabales. O quizá estaba arreglando un tinglado por si alguna vez, requería ayuda de simpatizantes; algo así como dar el alón y comerse la pechuga.
     Aun con sus cacareadas buenas acciones, de los recientes sucesos,  el profesor no se congratuló con nadie de sus compañeros de trabajo. No querían aprender a aullar como lo hacía él; y es que su copa estaba a punto de rebosarse de abominaciones. Apenas a dos meses del funesto día de la estudiante fallecida, una joven llamada Shirley anunciaba su deserción por embarazo y no tuvo empacho alguno al decir que el autor era René. Y nadie lo puso en duda, todos la vieron muy oronda ocupar el asiento del copiloto la tarde fría del entierro. Aparentemente se escaparon las otras dos que lo acompañaran también. Estas dos jóvenes, a quienes las más mojigatas ya les asqueaba su presencia, también fueron expelidas de la mayoría de círculos de estudiantes, por aquello de las cochinas dudas, y porque la virginidad que todos tenían en la mente, parecía que ellas ya no la llevaban… donde la tenían que llevar. 
     Y sucedió de nuevo. Era Marzo y como todo Marzo engañador, uno día bueno y el otro peor, esta vez la nota, aunque roja, ocupó el titular de muchos diarios. El profesor Víctor René Martínez Guzmán fue baleado hasta morir, y se desconocían al homicida y los motivos que lo llevaron al cruento incidente. Hecho consumado, y no hubo ni siquiera un llamado al alumnado en ninguna ceremonia cívica, ni se les informó a donde se le harían las pompas fúnebres.  Apareció un profesor con muchas huellas de acné en su rostro y unos lentes de fondo de botella, con los dientes superiores de fuera, y dijo amablemente que él se haría cargo de las materias del profesor difunto. Se adelantó a decir, que no sabía nada de lo pasado, ni de lo presente, y fue lo mejor, pues se dice que en boca cerrada no entran moscas, y aunque el tipo tenía las características antes citadas, creyó que calladito, se miraba más bonito, incluso más, que el extinto René, y a darle que es mole de olla. Se concretó a dar las clases y se aplicó de modo tal, que no dio tregua a los estudiantes acostumbrados a flojear en una clase que hasta ese día, empezó a ser importante. 
     Una aparente calma reinó entonces, y empezaron a cabecear de aburrimiento los que se habían hecho adictos a los sobresaltos y los impactantes sucesos que envolvían aquella institución;  porque ya había pasado mucho tiempo, que se  leyó  la auditoría de la vibrante vida que llevara el occiso, sumando el total de las entradas y salidas bajo caución, por escandalizar y manejar ebrio. Se supieron los nombres de las estudiantes que parieron un hijo de él,  que sumaron siete, y se conoció la suma total de dividendos a favor, por una cooperativa escolar que había empezado a manejar, poco antes de su partida.
    Y tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe; que, se rompió el silencio y se develó el misterio, cuando se le quebró la paciencia a su mujer. Cuando todo arrojó que era la autora intelectual del asesinato, y se le detuvo por sospecha, no puso la mínima resistencia, y en el diario pudieron enterarse que esta mujer, fue ninguneada pública e impunemente por un narcisista perverso, que se ufanaba de sus fechorías y la golpeaba salvajemente cuando esta, exigía al menos una disculpa ante el descaro. Envió a sus hijos a la capital del estado, y ni así, pudo esconder la conducta reprochable del profesor, puesto que, se había convertido en un foco de atención para los ávidos periodistas. Ellos y él, se romancearon y le encontraron gusto al juego maquiavélico, sin pensar que dañaban sobremanera a gente inocente. Gorgojo, más chico que un piojo, así de chiquito produce enojo. Esta señora fue acumulando ira sobre ira, y reventó contra todos. Por eso figuró también en primeras planas, porque arremetió contra la prensa escrita, y por ello, fue exhibida ante la radio y la televisión. Y les gritó: Cuando fuiste martillo no tuviste clemencia, ahora que eres yunque ten paciencia. No rogaba piedad,  ni quiso conseguir abogado que la defendiera, puesto que asumió súbitamente que sí, ella lo había mandado matar. Decidió que el profesor no debía vivir más, porque era un ser pernicioso para su familia y para la sociedad. Los de la prensa escrita trataron de defenderse contestándole que entre bueyes no hay cornadas, entre marido y mujer nadie se debe meter. Y lo decían porque los exhibió como exhortadores a una conducta viciosa, porque al “profe” le resultaba exultante verse retratado en los periódicos como si se tratara de una celebridad.
      « Que hablen de mí, bien o mal, pero que hablen, que se sepa quién es Víctor René Martínez Guzmán, que no deja títere con cabeza» Dijo la auto viuda que solía decir su difunto marido, inflamado de vanidad. Y les aseveró entonces, que si querían seguir haciendo circo ante la fatalidad de otros, buscaran un nuevo protagonista, porque René estaba muerto y tieso dentro de su tumba. Se propuso mirar, con los ojos bien abiertos, cómo le caían paladas de tierra, y selló  el sepulcro con una loza de maldiciones y escupitajos para que no se le ocurriera regresar jamás. Ahí lo tenían, pútrido, inerte, frío… muerto el perro, se acabó la rabia. 
FIN.
   





















domingo, 30 de octubre de 2016

TOMA CHOCOLATE, PAGA LO QUE DEBES

TOMA CHOCOLATE, PAGA LO QUE DEBES


En la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre.
Friefrich Nietzche 
Imgaen: Hopper Edward







     No era posible que no lo recordara. Lo recordó y lo reconoció desde el instante en que él le dijo: « ¿Ya no te acuerdas de mí?» Le dio gusto ver que permanecía intacta la cicatriz que rompía el camino de su ceja izquierda. Saboreó el recuerdo que tenía tatuado en la mente de cómo consiguió esa huella.
     Lo que no le quedó claro fue,  por qué él le habló así. Con qué derecho, o qué esperaba que ella le respondiera. De hecho, a ella no se le ocurrió de momento qué hacer o decir. 
     Eran estudiantes de secundaria cuando lo conoció. Le rescató para bien, el lunar en el centro del labio inferior, y lo hermoso que lucían sus ojos con el marco de aquellas cejas tan pobladas y sus pestañas densas y rizadas. Sin embargo, a ella le gustó para novio el hermano mayor de él, de nombre Gustavo. Pero este no le prestó atención, si acaso, cuando se enteró que ella estaba interesada en él,  tuvo el atrevimiento de dos y hasta tres veces por semana, pedirle prestados cincuenta centavos que nunca solía pagar. Pero ella se los siguió prestando hasta que dejó de estudiar ahí.
    Este otro, se llamaba Roberto y le gustaba tener novias por un mes, las terminaba, y luego las volvía a rescatar, y las terminaba de nuevo. Más tarde, se descosía hablando de todo cuanto, supuestamente les había hecho. Aun así, siempre había quien caía en la trampa. 
    La mortificaba el hecho de que la mirara a los ojos con tanto descaro.  Emilia dio por perdido el sueño de hacerse novia de Gustavo,  siempre necesitando cincuenta centavos, y sucumbió pisando, como muchas, la trampa de  Roberto. Todo parecía bien, excepto lo chaparro. Una tarde en que le insistió por enésima vez, ella le dijo que sí. Le trató de mantener esas manitas calientes en paz, pero el tipo era extremadamente necio y Emilia no toleró que el joven intentara tocarla grotescamente.
     Como bofetada le cayó el grito de: ¡te vas a la chingada! Y lo dejó el mismo día que aceptó ser su novia,  con un palmo de narices en medio de la plaza cívica del colegio. El se sintió un náufrago en una isla perdida y tiritó de rabia al grado que se le congeló la sangre. Entonces optó por hacer lo de siempre: hablar mal, y de ella, hablaría un tanto peor.
      La puso en una picota para exhibirla ante todos como el monumento a la hipocresía. Esa joven, se empezó a decir, era lasciva, era rapaz, era ofrecida, tenía mucho de todo eso, menos vergüenza. En fin que Roberto, con la lengua desvirgó a la muchacha que tuvo que soportar estoicamente, las murmuraciones que la denigraron por un tiempo.
     Alguna otra joven víctima de las trapacerías de este tipo Roberto, se enredó con un aspirante a delincuente profesional, que iba a la escuela, no a aprender lecciones, sino a tratar de reclutar a todos aquellos que llevaran en la sangre el mismo fervor que él, y  tener una pandilla que soñó con liderar. Desgraciadamente este sueño no  se concretó. Dos años después de abandonar la escuela, recibió un disparo en la espalda y murió, cuando huía de la policía por haberse robado algo que le arrebató a un transeúnte distraído. Cuando al fin voltearon el cuerpo, que ante el estertor de la muerte,  apretó entre sus puños lo hurtado, se dieron cuenta que había robado una bolsa de plástico que contenía frascos con muestras de orina y excremento para ser analizados. 


     Este infortunado muchacho, le decían Chonina, y nunca se supo por qué. Y fue él, Chonina, quien le propinó una madriza descomunal a Roberto. Le hizo una abertura profunda en la ceja izquierda y lo marcó para siempre. Lo hizo escupir sangre y lo clavó sobre sus rodillas para que le pidiera perdón a la joven que había ofendido con su lanceta de víbora,  que cada vez era más larga y perniciosa. Emilia se sintió complacida pero no aliviada. No fue a ella a quien le pidieron perdón.  Trató de seguir su vida lo mejor que pudo y sortear ese traspié. 
     No pasaron muchos años. Sucedió que Emilia resultó una excelente diseñadora de modas, que iniciara aprendiendo a coser en el taller de corte y confección de la escuela; y salió con el título de excelencia. Sus vecinas tuvieron que coserse una cremallera en la boca, a fin de que no se les escaparan comentarios incisivos y Emilia no se negara a hacerles vestidos, faldas y blusas.  Creció vertiginosamente su prestigio  y se involucró con gente que le dio cada vez más nombradía y pudo salir de aquel paraíso de viejas chismosas. 
   Lo logró.
   Pronto era una de las damas más famosas y sofisticadas de su estado. Salía retratada en los periódicos, en la sección de sociales, y sus diseños eran requeridos para vestir a celebridades e incluso, a primeras damas de otros estados. Medró a tal grado, que obtuvo una propiedad que hubo sido un edificio histórico. Respetó la arquitectura y la fachada, pero por dentro lo acondicionó para tener su casa, oficinas,  departamentos de diseño y costura. También una enorme bodega al fondo en donde estaban las telas finas, hilos, agujas, botones, lentejuelas, plumas, encajes…  

     Regresó de un viaje corto hacia su empresa, tras sortear los flashes que la enceguecían, y tras responder la infinidad de preguntas que le hacían los reporteros cada que llegaba al aeropuerto. Se veía feliz caminando con sus sandalias de pedrería, un traje de lino, diseñado por ella e inspirado en Jawaharlal Nehru, primer ministro de la India, y dando pasos que dejaban la idea de un brote de primavera en su andar, por el hálito de su discreto y delicioso perfume francés.
     Enseguida fue informada por su secretaria de los pormenores, y le dijo que tenía en espera a una persona, que estaba solicitando el trabajo para la bodega. Revisó su documentación y ni la foto en la esquina de la solicitud amarilla, ni el nombre con apellidos le pellizcaron alguna pieza en su memoria. Leyó que tenía la instrucción de bachiller trunca, y encontró en la solicitud que había trabajado como chofer, ayudante de mecánico, empleado de limpieza y maletero en la estación de autobuses foráneos. Parecía que podía funcionar, porque  para que alguien operara la bodega, sólo necesitaban gente que supiera leer, escribir y hacer sumas y restas.  Fue entonces que por medio de un interfono le pidió a su secretaria, que hiciera pasar al solicitante. Se presentó con desparpajo y fue muy osado al decirle: « Emilia, soy Roberto y fuimos novios en la secundaria». Optó una pose fanfarrona y le dijo: « ¿Ya no te acuerdas de mí?»
     A Emilia no se le desdibujó la sonrisa que le iluminaba el rostro,  y lo divisó lentamente, de pies a cabeza, percatándose lo disminuido que lucía en tan poco tiempo. La vestimenta estaba sucia y raída, y le faltaban dientes a su boca. Fue entonces que  pidió a su asistente que estuviera en su oficina inmediatamente. Sólo en ese instante perdió el estilo; cuando tronó los dedos para indicar que ese sujeto, no podía estar  en su empresa ni un segundo más. Por esta razón fue escoltado hasta la salida. No estaba preparada para un encuentro fortuito con ese gañán, pero estaba doctorada para sobresalir y triunfar. Por esto,  recobró la compostura y decidió darle alcance. Llegó justo cuando los escoltas y el bocón, estaban muy cerca del portón de salida.
        Le dio una moneda de cincuenta centavos. Roberto, quiso hacer gala de su verborrea diciendo: « Voy a guardar esto como una reliquia Emilia » A lo que Emilia, haciendo señales a sus empleados para que pusieran a Roberto totalmente fuera de la propiedad, le dijo, dándole la espalda y caminando con donaire  « Esa moneda no es para ti, es para tu hermano Gustavo».
FIN.